Domingo XXI
PRIMERA LECTURA
Año I:
De la carta a los Efesios 4, 17-24
VESTIRSE DE LA NUEVA CONDICIÓN HUMANA
Hermanos: Esto es lo que digo y aseguro en el Señor: que no andéis ya como lo
hacen los gentiles, que andan en la vaciedad de sus criterios, sumergido
su pensamiento en las tinieblas y excluidos de la vida de Dios por la
ignorancia que hay en ellos, por la dureza de su cabeza, los cuales,
habiendo perdido el sentido moral, se entregaron al libertinaje, hasta
practicar con desenfreno toda suerte de impurezas.
Vosotros, en cambio, no es así como habéis aprendido a Cristo, si es que es él a
quien habéis oído y en él fuisteis adoctrinados, tal como es la verdad en Cristo
Jesús. Cristo os ha enseñado a abandonar el anterior modo de vivir, el hombre
viejo corrompido por deseos de placer, a renovaros en la mente y en el espíritu
y a vestiros de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y
santidad verdaderas.
Responsorio Cf. Ef 4, 23-24; cf. Col 3, 9.10
R. Renovaos en la mente y en el espíritu y vestíos del hombre nuevo,
* creado a imagen de Dios, con justicia y santidad verdaderas.
V. Despojaos del hombre viejo con sus malas pasiones y revestíos de ese hombre nuevo.
R. Creado a imagen de Dios, con justicia y santidad verdaderas.
Año II:
Comienza la carta del apóstol san Pablo a Tito 1, 1-16
LA MISIÓN DE TITO
Pablo, esclavo de Dios, y apóstol de Cristo Jesús para llevar a los elegidos de
Dios a la fe y al conocimiento de la verdadera doctrina, ordenada al culto de
Dios: él me ha comisionado para inculcar la esperanza de la vida eterna; él, que
no puede faltar a sus promesas, la prometió desde antiguo, y ahora, a su debido
tiempo, nos ha dado a conocer su mensaje de salvación por medio de la
predicación, esta predicación que me ha sido confiada según el mandato de Dios,
salvador nuestro: Desea la gracia y la paz de parte de Dios Padre y de Cristo
Jesús, nuestro salvador, a Tito, mi verdadero hijo en la fe que nos une a los
dos.
Te dejé en Creta para que acabases de organizar lo que faltaba y para que
constituyeses presbíteros en cada ciudad, según las instrucciones que yo mismo
te di. Los candidatos deben ser irreprochables, casados una sola vez, y tener
los hijos educados en la misma fe, sin que éstos sean tachados de liviandad o de
desobediencia. Porque es preciso que el obispo sea irreprochable, como
administrador que es de la casa de Dios: que no sea soberbio ni iracundo, ni
dado al vino ni pendenciero, ni codicioso de torpes ganancias. Más bien, debe
ser hospitalario, amigo de todo lo bueno, discreto, recto, religioso, dueño de
sí y muy adicto al auténtico mensaje de la verdad transmitida. Así podrá
exhortar y animar con sana instrucción y rebatir a los contradictores.
Hay, en verdad, muchos insubordinados, charlatanes y embaucadores, sobre todo de
entre los partidarios de la circuncisión. Es necesario irles tapando la boca,
porque van revolviendo familias enteras, enseñando lo que no se debe, con la
mira puesta en vergonzosas ganancias. Bien dijo uno que salió de entre ellos y
fue su profeta: «Los cretenses, eternos embusteros, malas bestias, vientres
perezosos.»
Y es verdad esta aseveración. Por eso, corrígelos severamente para que mantengan
la fe íntegra y en todo su vigor. Y que no den oídos a esas leyendas judías ni a
esos preceptos de hombres que viven de espaldas a la verdad. Todo es puro para
los puros; mas para los que están contaminados y para los que no tienen fe, nada
es limpio, pues su mente y su conciencia 'están contaminadas. Hacen profesión de
conocer a Dios, pero lo van negando con sus obras; son execrados por Dios,
rebeldes e incapaces de hacer cosa buena.
Responsorio Ef 3, 8. 12; Rm 1, 5
R. A mí, el más insignificante de todos los consagrados, me concedieron este don: anunciar a los gentiles la inimaginable riqueza de Cristo.
* Por la fe en él, tenemos libertad para acercarnos confiados.
V. Hemos recibido la gracia y el apostolado, para predicar la sumisión de la fe a todos los gentiles.
R. Por la fe en él, tenemos libertad para acercarnos confiados.
SEGUNDA LECTURA
De la Constitución pastoral Gáudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo
actual, del Concilio Vaticano segundo
(Núm. 39)
LA TIERRA NUEVA Y EL CIELO NUEVO
Ni conocemos el tiempo de la nueva tierra y de la nueva humanidad, ni sabemos el
modo cómo el universo se
transformará. Se termina la presentación de este mundo
deformado por el pecado, pero sabemos que Dios prepara una nueva morada y una
nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y
sobrepasará todos los deseos de paz que brotan en el corazón del hombre.
Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo y lo que se
había sembrado en vileza y corrupción se vestirá de incorrupción y,
permaneciendo la caridad y sus frutos, este mundo que Dios creó para el
hombre se verá liberado de la esclavitud de la corrupción.
Aunque se nos advierta con toda razón que de nada le aprovecha al hombre ganar
todo el mundo si se pierde a sí mismo, sin embargo, la esperanza de la tierra
nueva no Jebe debilitar, al contrario, debe acrecentar nuestro deseo de
perfeccionar esta tierra, en la que crece aquella nueva humanidad que presenta
ya en sí un vislumbre del mundo futuro. Por eso, aunque hay que distinguir
cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, con todo,
este progreso tiene gran importancia para el reino de Dios, por cuanto puede
contribuir a una mejor organización de la sociedad humana.
En efecto, los valores de la dignidad humana, de la comunión fraterna y de la
libertad, es decir, todos aquellos bienes que son fruto de la misma naturaleza
humana o del esfuerzo de los hombres y que nosotros hayamos propagado en la
tierra, según el mandato del Señor y por la fuerza de su Espíritu, los
volveremos a encontrar, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados,
cuando Cristo devuelva a su Padre «el reino eterno y universal, el reino de la
verdad y de la vida, el reino de la santidad y. de la gracia, el reino de la
justicia, del amor y de la paz». En esta tierra el reino está ya presente de una
manera misteriosa, pero, cuando el Señor vuelva, llegará a su plenitud.
Responsorio Sal 95, 11; Is 49,113; Sal 71, 7
R. Alégrese el cielo, goce la
tierra, romped a cantar,
montañas, porque el Señor, nuestro Dios, va a venir,
* y se compadecerá de los desamparados.
V. En sus días florecerá la justicia y abundará la paz.
R. Y se compadecerá de los desamparados.
La oración conclusiva como en las Laudes.