JUEVES XXIII
PRIMERA LECTURA
Año I
Del libro del profeta Oseas 2,16-24
ISRAEL, CASTIGADO POR SU INFIDELIDAD, VOLVERÁ A DIOS
Esto dice el Señor:
¡Acusad a vuestra madre, ponedle pleito! Porque ella no es ya mi mujer,
ni yo soy su marido. Arrancadle de su rostro sus prostituciones y de su pecho
sus adulterios.
Pues yo voy a cercar su sendero con espinos, derribaré sus tapias, y no encontrará
su camino. Irá tras sus amantes y no los hallará, los buscará y no los encontrará,
y entonces dirá: "Voy a volver a mi marido, al primero, porque entonces me
iba mejor que ahora."
Y he aquí que yo la cortejaré, me la llevaré al desierto, y allí le hablaré al
corazón. Le devolveré sus antiguos huertos, y a Acor, Valle de la Desgracia, lo
convertiré en Puerta de la Esperanza, y ella me responderá allí como en los días
de su juventud, como el día en que la saqué de Egipto. Aquel día -oráculo del
Señor- me llamará: "Esposo mío", no me llamará: "Baal mío".
Quitaré de su boca los nombres de los ídolos, y no se acordará más de invocarlos.
Aquel día haré para ellos una alianza con las fieras del campo y las aves del cielo
y los reptiles de la tierra. Romperé en su país arco, espada v armas, y los haré
vivir tranquilos.
Te desposaré conmigo para siempre, me casaré contigo en derecho y justicia, en
la benignidad y en el amor, me casaré contigo en fidelidad, y tú conocerás al
Señor. Aquel día -oráculo del Señor- yo responderé a los cielos, ellos
responderán a la tierra, la tierra responderá al trigo y al vino v al aceite, y
ellos responderán a Yizreel. Y la sembraré para mí en el país, me compadeceré de
la "No-compadecida", y diré a "No-es-mi-pueblo": "Tú eres
mi pueblo", y él responderá: "Tú eres mi Dios."»
Responsorio Ap 19, 7. 9; Os 2, 20
R. Llegó la boda del Cordero, y su esposa se ha embellecido.
* Dichosos los invitados al banquete de bodas.
V. Me casaré contigo en fidelidad, y tú conocerás al Señor.
R. Dichosos los invitados al banquete de bodas.
Año II
De la segunda carta del apóstol san Pedro 3, 1-10
DIOS ES FIEL A SUS PROMESAS
Hermanos: Ésta es ya la segunda carta que os escribo. En las dos he procurado
excitar con mi recuerdo vuestro sano criterio. Así traeréis a la memoria las
palabras predichas por los santos profetas y la enseñanza del Señor y Salvador,
que os comunicaron vuestros apóstoles.
Ante todo habéis de saber que en los últimos tiempos vendrán escarnecedores con
sus burlas, que llevarán una vida en conformidad con sus concupiscencias y que
dirán: «¿Qué se ha hecho de la promesa de su venida? Desde que murieron nuestros
padres, todo sigue lo mismo que desde el principio de la creación.» Estos tales
se olvidan de propósito que ya en tiempos muy antiguos hubo cielos y hubo tierra
que salió del agua y adquirió estabilidad en medio de las aguas por la palabra
de Dios, y que por ellas pereció el mundo de entonces, anegado en el diluvio.
Pero los cielos y la tierra actuales están guardados por la misma palabra de
Dios para el fuego; están reservados para el día del juicio y de la destrucción
de los impíos.
Una cosa importantísima, carísimos, no debéis olvidar. Y es que para el Señor un
día es como mil años, y mil años como un día. No es tardo el Señor en el
cumplimiento de sus promesas, como algunos piensan. Lo que hace es aguardaros
pacientemente, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos vengáis a
arrepentiros.
Pero vendrá el día del Señor corno un ladrón: entonces desaparecerán los cielos
con estruendo, los elementos abrasados se disolverán y la tierra con todas sus
obras dejará de existir.
Responsorio Mt 24, 43-44; 2Pe 3, 10
R. Si el amo de la casa supiera a qué hora de la noche ha de venir el ladrón,
estaría en vela y no le dejaría horadar la pared de su casa.
* Así, también vosotros estad preparados.
V. El día del Señor vendrá como un ladrón:
entonces desaparecerán los cielos con estruendo.
R. Así, también vosotros estad preparados.
SEGUNDA LECTURA
Del Comentario de san Bruno, presbítero, sobre los salmos
(Salmo 83: Edición Cartusia de Pratis, 1891, 376-377)
SI ME OLVIDO DE TI, JERUSALÉN
¡Qué deseables son tus moradas! Mi alma se consume y anhela llegan a los atrios
del Señor, es decir, desea llegar a la Jerusalén del cielo, la gran ciudad del
Dios vivo.
El profeta nos muestra cuál sea la razón por la que desea llegar a los atrios
del Señor: «Lo deseo, Señor Dios de los ejércitos celestiales, Rey mío y Dios
mío, porque son dichosos los que viven en tu casa, la Jerusalén celestial.» Es
como si dijera: «¿Quién no anhelará llegar a tus atrios, siendo tú el mismo
Dios, el Señor de los ejércitos, el Rey del universo? ¿Quién no anhelará
penetrar en tu tabernáculo si son dichosos los que viven en tu casa?» Atrios y
casa significan aquí lo mismo. Y cuando dice aquí dichosos ya se sobrentiende
que tienen tanta dicha cuanto el hombre es capaz de concebir. Por ello son
dichosos los que habitan en sus atrios, porque alaban a Dios con un amor
totalmente definitivo, que durará por los siglos de los siglos, es decir,
eternamente; y no podrían alabar eternamente, sino fueran eternamente dichosos.
Esta dicha nadie puede alcanzarla por sus propias fuerzas, aunque posea ya la
esperanza, la fe y el amor; únicamente la logra el hombre dichoso que encuentra
en ti su fuerza y con ella dispone su corazón para que llegue a ,esta suprema
felicidad, que es lo mismo que decir: únicamente alcanza esta suprema dicha
aquel que, después de ejercitarse en las diversas virtudes y buenas obras,
recibe, además el auxilio de la gracia divina; pues por sí mismo nadie puede llegar
a esta suprema felicidad, como lo afirma el mismo Señor: Nadie sube al cielo
-se entiende por sí mismo-, sino el Hijo del hombre, que está en el cielo.
Afirmo que dispone su corazón para subir hasta esta suprema felicidad porque, de
hecho, el hombre se encuentra en un árido valle de lágrimas, es decir, en un
mundo que, en comparación con la vida eterna, que viene a ser como un monte
repleto de alegría, es un valle profundo donde abundan los sufrimientos y las
tribulaciones.
Pero como sea que el profeta declara dichoso al hombre que encuentra en ti su
fuerza, podría alguien preguntarse: «¿Concede Dios su ayuda para conseguir
esto?» A ello respondo: Sin duda alguna, Dios concede a los santos este auxilio.
En efecto, nuestro legislador, Cristo, el mismo que nos dio la ley, nos ha dado
y continuará dándonos sin cesar sus bendiciones; con ellas nos irá elevando
hacia la dicha suprema y así subiremos, de altura en altura, hasta que lleguemos
a contemplar a Cristo, el Dios de los dioses; él nos divinizará en la futura
Jerusalén del cielo: por ello allí podremos contemplar al Dios de los dioses, es
decir, a la Santa Trinidad en sus mismos santos; es decir, nuestra inteligencia
sabrá descubrir en nosotros mismos a aquel Dios a quien nadie en este mundo pudo
ver y de esta forma Dios lo será todo en todos.
Responsorio 1Jn 3, 2-3
R.
Ahora somos hijos de Dios, aunque todavía no se ha manifestado lo que hemos de ser.
* Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
V. Todo el que tiene esta esperanza en él se vuelve santo como él es santo.
R. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
Oración
Dios nuestro, que nos has enviado la redención y concedido la filiación adoptiva,
protege con bondad a los hijos que tanto amas, y concédenos, por nuestra fe en Cristo,
la verdadera libertad y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.