LUNES IX
PRIMERA LECTURA
Año I:
De la carta del apóstol Santiago 2, 14-26
LA FE SIN OBRAS ESTÁ MUERTA
Hermanos, ¿qué provecho saca uno con decir: «Yo tengo fe», si no tiene obras?
¿Podrá acaso salvarlo la fe? Supongamos que un hermano o una hermana no tienen
qué ponerse y andan faltos de alimento diario, y que uno de vosotros les dice:
«Andad con Dios, calentaos y buen provecho», pero sin darles lo necesario para
el cuerpo; ¿de qué sirve eso? Pues lo mismo la fe: si no va acompañada de las
obras, está muerta en su soledad.
Y si alguno dijera: «Tú tienes fe y yo tengo obras», pruébame tu fe sin obras,
que yo por mis obras te probaré mi fe. Tú crees que hay un solo Dios; muy bien
hecho, pero eso lo creen también los demonios y los hace temblar. ¿Quieres
enterarte, estúpido, de que la fe sin obras es inútil?
Nuestro padre Abraham, ¿no fue justificado por las obras, por ofrecer a su hijo
Isaac sobre el altar? Fíjate en que la fe colaboraba con sus obras y que con las
obras se realizó la fe; así, llegó a cumplirse lo que dice aquel pasaje de la
Escritura: «Abraham se fió de Dios y eso le valió la justificación», y se le
llamó «amigo de Dios». Ya ves que un hombre es justificado por las obras, no por
la fe sola.
Lo mismo vale de Rajab, la prostituta: ¿no fue justificada por sus obras, por
acoger a los emisarios y hacerlos salir por otro camino? O sea, lo mismo que un
cuerpo que no respira está muerto, también la fe sin obras está muerta.
Responsorio Mt 7, 21; St 2, 17
R. No todo el que me diga: «¡Señor, Señor!» entrará en el reino de los cielos;
* el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial,
ese entrará en el reino de los cielos.
V. La fe, si no va acompañada de las obras, está
muerta en su soledad.
R. El que cumpla la voluntad de mi Padre celestial,
ése entrará en el reino de los cielos.
Año II:
De la carta a los Gálatas 1, 13-2, 10
VOCACIÓN Y APOSTOLADO DE PABLO
Hermanos: Habéis oído hablar de cómo me portaba yo en otro tiempo en el
judaísmo: cómo perseguía encarnizadamente a la Iglesia de Dios y la devastaba;
cómo, en el celo por el judaísmo, iba más allá que muchos compatriotas de mi
edad y me mostraba celoso partidario de las tradiciones paternas.
Pero, cuando aquel que me eligió desde el seno de mi madre me llamó por su
gracia y tuvo a bien revelarme a su Hijo para que lo anunciara a los gentiles,
en seguida, sin pedir consejo a hombre alguno y sin subir a Jerusalén para
hablar con los que eran apóstoles antes que yo, partí hacia Arabia, de donde
luego volví a Damasco. Tres años más tarde, subí a Jerusalén a visitar a Cefas,
y estuve con él quince días. No vi a ninguno otro de los apóstoles, fuera de
Santiago, el hermano del Señor. Por el Dios que me está viendo, que no miento en
lo que os escribo.
Después vine a las regiones de Siria y de Cilicia, pero las Iglesias de Judea,
que están en Cristo, no me conocían personalmente. Sólo oían decir: «El que
antaño nos perseguía ahora va anunciando la Buena Nueva de la fe, que en otro
tiempo quería destruir.» Y glorificaban a Dios, reconociendo su obra en mí.
Luego, al cabo de catorce años, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando
también a Tito. Y subí por
motivo de una revelación. Les expuse el Evangelio que predico entre los gentiles
y traté en particular con los más calificados, no fuera a ser que hubiese
corrido en vano.
Pues bien, ni siquiera a Tito, mi compañero, con todo y que era griego, lo
obligaron a circuncidarse. Y esto a pesar de los intrusos, de los falsos
hermanos, que solapadamente se habían infiltrado, para espiar arteramente la
libertad de que gozamos en Cristo Jesús, y que querían esclavizarnos. Pero
nosotros ni por un momento cedimos terreno para someternos a ellos, a fin de
salvaguardar firmemente para vosotros la verdad del Evangelio.
Las personas de más consideración -nada me interesa lo que hubieran sido antes,
pues en Dios no hay acepción de personas- no me impusieron ninguna nueva
obligación.
Al contrario, reconocieron que yo había recibido la misión de predicar el
Evangelio a los gentiles, como Pedro la de predicarlo a los judíos; porque aquel
que dio poder a Pedro para ejercer el apostolado entre los judíos me lo dio a mí
para ejercerlo entre los gentiles. De este modo reconocieron que Dios me había
dado esa gracia. Y Santiago, Cefas y Juan, los considerados como columnas, nos
dieron la mano a Bernabé y a mí en señal de comunión y conformidad: nosotros nos
dirigiríamos a los gentiles, ellos a los judíos. Sólo nos pidieron que nos
acordásemos de los pobres, cosa que he procurado yo cumplir con toda solicitud.
Responsorio 1Co 15, 10; Ga 2, 8
R. Por la gracia de Dios, soy lo que soy;
* y la gracia que él me concedió no quedó infecunda en mí,
y permanece siempre en mí.
V. Aquel que dio poder a Pedro para ejercer el apostolado
entre los judíos me lo dio a mí para ejercerlo entre los gentiles.
R. Y la gracia que él me concedió no quedó infecunda en mí,
y permanece siempre en mí.
SEGUNDA LECTURA
De las Instrucciones de san Doroteo, abad.
(Instrucción 7, Sobre la acusación de sí mismo, 1-2: PG 88, 1695-1699)
LA CAUSA DE TODA PERTURBACIÓN CONSISTE EN QUE NADIE SE ACUSA A SÍ MISMO
Tratemos de averiguar, hermanos, cuál es el motivo principal de un hecho que
acontece con frecuencia, a saber, que a veces uno escucha una palabra
desagradable y se comporta como si no la hubiera oído, sin sentirse molesto, y
en cambio, otras veces, así que la oye, se siente turbado y afligido. ¿Cuál, me
pregunto, es la causa de esta diversa reacción? ¿Hay una o varias explicaciones?
Yo distingo diversas causas y explicaciones y sobre todo una, que es origen de
todas las otras, como ha dicho alguien: «Muchas veces esto proviene del estado
de ánimo en que se halla cada uno.»
En efecto, quien está fortalecido por la oración o la meditación tolerará
fácilmente, sin perder la calma, a un hermano que lo insulta. Otras veces
soportará con paciencia a su hermano, porque se trata de alguien a quien profesa
gran afecto. A veces también por desprecio, porque tiene en nada al que quiere
perturbarlo y no se digna tomarlo en consideración, como si se tratara del más
despreciable de los hombres, ni se digna responderle palabra, ni mencionar a los
demás sus maldiciones e injurias.
De ahí proviene, como he dicho, el que uno no se turbe ni se aflija, si
desprecia y tiene en nada lo que dicen. En cambio, la turbación o aflicción por
las palabras de un hermano proviene de una mala disposición momentánea o del
odio hacia el hermano. También pueden aducirse otras causas. Pero, si examinamos
atentamente la cuestión, veremos que la causa de toda perturbación consiste en
que nadie se acusa a sí mismo.
De ahí deriva toda molestia y aflicción, de ahí deriva el que nunca hallemos
descanso; y ello no debe extrañarnos, ya que los santos nos enseñan que esta
acusación de sí mismo es el único camino que nos puede llevar a la paz. Que esto
es verdad, lo hemos comprobado en múltiples ocasiones; y nosotros, con todo,
esperamos con anhelo hallar el descanso, a pesar de nuestra desidia, o pensamos
andar por el camino recto, a pesar de nuestras repetidas impaciencias y de
nuestra resistencia en acusarnos a nosotros mismos.
Así son las cosas. Por más virtudes que posea un hombre, aunque sean
innumerables, si se aparta de este camino, nunca hallará el reposo, sino que
estará siempre afligido o afligirá a los demás, perdiendo así el mérito de todas
sus fatigas.
Responsorio lJn 1, 8. 9; Pr 28, 13
R. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos;
* pero si confesamos nuestros pecados,
fiel y bondadoso es Dios para perdonarnos y purificarnos de toda iniquidad.
V. Al que oculta sus crímenes no le irá bien en sus cosas.
R. Pero si confesamos nuestros pecados,
fiel y bondadoso es Dios para perdonarnos y purificarnos de toda iniquidad.
Oración
Señor Dios, cuya providencia no se equivoca en sus designios, te pedimos
humildemente que apartes de nosotros todo lo que pueda causarnos algún daño, y
nos concedas lo que pueda sernos de provecho. Por nuestro Señor Jesucristo, tu
Hijo.