LUNES XVI
PRIMERA LECTURA
Año I:
Del segundo libro de Samuel 18, 6-17. 24-19, 4
MUERTE DE ABSALÓN Y DUELO DE DAVID
En aquellos días, el ejército de David salió al campo al encuentro de Israel, y
se trabó la batalla en el bosque de
Efraím. El pueblo de Israel fue derrotado allí por los veteranos de David, y
hubo aquel día un gran estrago de veinte mil hombres. La batalla se extendió por
todo aquel contorno y aquel día devoró el bosque más hombres que la espada.
Absalón chocó contra los veteranos de David. Iba Absalón montado en un mulo, y
el mulo se metió bajo el ramaje de una gran encina. La cabeza de Absalón se
trabó en la encina y quedó colgado entre el cielo y la tierra, mientras que el
mulo que estaba debajo de él siguió adelante. Lo vio un hombre y se lo avisó a
Joab, diciendo:
«He visto a Absalón colgado de una encina.» Joab dijo al hombre que le avisaba:
«Y viéndole, ¿por qué no lo has derribado allí mismo en tierra? Y yo te habría
dado diez siclos de plata y un cinturón.»
El hombre respondió a Joab:
«Aunque pudiera pesar en la palma de mi mano mil siclos de plata, no alzaría mi
mano contra el hijo del rey, pues ante nuestros oídos te ordenó el rey, a ti, a
Abisay y a Ittay: "Guardad por amor a mí al joven Absalón." Si hubiera
cometido yo esta perfidia, expondría mi vida, pues al rey riada se le oculta y tú
mismo te hubieras puesto contra mí.»
Respondió Joab:
«No voy a estarme mirando tu cara.»
Y tomando tres dardos en su mano, los clavó en el corazón de Absalón, que estaba
todavía vivo en medio de la encina. Luego se acercaron diez jóvenes escuderos de
Joab, que hirieron a Absalón y lo remataron. Joab mandó tocar el cuerno y el
ejército dejó de perseguir a Israel, porque Joab retuvo al ejército. Tomaron a
Absalón, lo echaron en un gran hoyo en el bosque, y pusieron encima un gran
montón de piedras; y todo Israel huyó, cada uno a su tienda.
Estaba David entre las dos puertas. El centinela que estaba en el terrado de la
puerta, sobre la muralla, alzó la vista y vio a un hombre que venía corriendo
solo. Gritó el centinela y se lo comunicó al rey, y el rey dijo:
«Si viene solo hay buenas noticias en su boca.»
Mientras éste se acercaba corriendo, vio el centinela
otro hombre también corriendo, y gritó el centinela de la
puerta:
«Ahí viene otro hombre solo corriendo.» Dijo el rey:
«También éste trae buenas noticias.» Dijo el centinela:
«Ya distingo el modo de correr del primero: por su
modo de correr es Ajimaas, hijo de Sadoq.» El rey comentó:
«Es un hombre de bien; viene para dar buenas noticias.
Se acercó Ajimaas y dijo al rey
«¡Paz!»
Y se postró ante el rey, rostro en tierra. Luego prosiguió:
«Bendito sea el Señor tu Dios, que ha sometido a los
hombres que alzaban la mano contra mi señor el rey.» Preguntó el rey:
«¿Está bien el joven Absalón?» Ajimaas respondió:
«Yo vi un gran tumulto cuando el siervo del rey, Joab,
envió a tu siervo, pero no sé qué era.»
El rey dijo:
«Pasa y ponte acá.»
Él pasó y se quedó. En eso llegó el cusita y dijo: «Recibe, oh rey mi señor, la
buena noticia, pues hoy te
ha librado el Señor de la mano de todos los que se alzaban contra ti.»
Dijo el rey al cusita:
«¿Está bien el joven Absalón?»
Respondió el cusita:
«Que les suceda como a ese joven a todos los enemigos del rey mi señor, y a
todos los que se levanten contra ti para hacerte mal.»
Entonces el rey se estremeció. Subió a la estancia que
había encima de la puerta y rompió a llorar. Decía entre sollozos:
«¡Hijo mío, Absalón, hijo mío, hijo mío, Absalón!
¡Quién me diera haber muerto en tu lugar, Absalón, hijo mío!»
Avisaron a Joab:
«Mira que el rey está llorando y lamentándose por Absalón.»
La victoria se trocó en duelo aquel día para todo el pueblo, porque aquel día
supo el pueblo que el rey estaba desolado por su hijo. Y aquel día fue entrando
el ejército a escondidas en la ciudad, como cuando va a escondidas un ejército
que huye avergonzado de la batalla. El rey, tapado el rostro, decía con grandes
gemidos:
«¡Hijo mío, Absalón; Absalón, hijo mío!
Responsorio Sal 54, 13. 14. 15; cf. 40, 10; 2S 18, 33
R. Si mi enemigo me injuriase, lo aguantaría;
* pero eres tú, mi compañero, mi amigo y confidente,
a quien me unía una dulce intimidad, el primero en traicionarme.
V. El rey se estremeció, subió a la estancia que había
encima de la puerta y rompió a llorar, decía entre sollozos:
R. Pero eres tú, mi compañero, mi amigo y confidente,
a quien me unía una dulce intimidad, el primero en traicionarme.
Año II:
Del libro de Job 12, 1-25
DOMINIO DE DIOS SOBRE TODA HUMANA SABIDURÍA Y GRANDEZA
Job tomó la palabra y dijo:
«Realmente sois gente importante y con vosotros morirá la sabiduría; pero
también yo tengo inteligencia y no soy menos que vosotros: ¿quién no sabe todo eso?
Soy el hazmerreír de mi vecino, yo, que llamaba a Dios y me escuchaba. (¡El
hazmerreír, siendo honrado y cabal!) Y los que se sienten satisfechos exclaman:
"Que vaya a la desgracia, al desprecio, dad un último golpe al que vacila."
Y, con todo, están en paz las tiendas de los salteadores, y viven tranquilos los que
desafían a Dios, pensando que lo tienen en su puño.
Pregunta a las bestias y te instruirán, a las aves del cielo y te informarán, a los
reptiles del suelo y te darán lecciones, te lo contarán los peces del mar: con tantos
maestros, ¿quién no sabe que la mano de Dios lo ha hecho todo? En su
mano está el alma de los vivientes y el espíritu del hombre de carne.
¿No distingue el oído las palabras, y no saborea el paladar los manjares? ¿No
está en los ancianos la sabiduría, y la prudencia en los viejos?
Pues él posee sabiduría y poder; la perspicacia y la prudencia son suyas. Lo que
él destruye, nadie lo levanta; si él aprisiona, nadie escapará; si retiene la
lluvia, viene la sequía: si la suelta; se inunda la tierra.
El posee fuerza y eficacia, suyos son el engañado y el que engaña; él puede
hacer estúpidos a los consejeros, y hacer enloquecer a los gobernantes; él
arranca a los reyes sus insignias, y les ata una soga. a la cintura; él despoja
a los sacerdotes de su gloria, y derriba los poderes establecidos; quita la
palabra a los elocuentes, y priva de sensatez a los ancianos; arroja desprecio
sobre los nobles, y afloja el cinturón de los robustos; arranca a las tinieblas
sus secretos, y saca a luz lo que estaba entre las sombras; levanta pueblos y
los arruina, dilata naciones y las destierra; quita el talento a los jefes, y
los extravía por una inmensidad sin caminos, donde van a tientas en lóbrega
tiniebla, tropezando como ebrios.»
Responsorio Jb 12, 13. 14; 23, 13
R. Dios posee sabiduría y poder; la perspicacia y la prudencia son suyas.
* Lo que él destruye, nadie lo levanta; si él aprisiona, nadie escapará.
V. El no cambia, ¿quién podrá disuadirlo? Él realiza lo que quiere.
R. Lo que él destruye, nadie lo levanta; si él aprisiona, nadie escapará.
SEGUNDA LECTURA
De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Magnesios.
(Cap. 6, 1-9, 2: Funk 1, 195-199)
UNA SOLA ORACIÓN Y UNA SOLA ESPERANZA EN LA CARIDAD Y EN LA SANTA ALEGRÍA
Como en las personas de vuestra comunidad que tuve la suerte de ver, os
contemplé en la fe a todos vosotros y a todos cobré amor, yo os exhorto a que
pongáis empeño
por hacerlo todo en la concordia de Dios, bajo la presidencia del obispo, que
ocupa el lugar de Dios; y de los presbíteros, que representan al colegio de los
apóstoles; desempeñando los diáconos, para mí muy queridos, el ejercicio que les
ha sido confiado del ministerio de Jesucristo, el cual estaba junto al Padre
antes de los siglos y se manifestó en estos últimos tiempos.
Así pues, todos, conformándoos al proceder de Dios, respetaos mutuamente y nadie
mire a su prójimo bajo un punto de vista meramente humano, sino amaos unos a
otros en Jesucristo en todo momento. Que nada haya en vosotros que pueda
dividiros, antes bien, formad un solo cuerpo con vuestro obispo y con los que os
presiden, para que seáis modelo y ejemplo de inmortalidad.
Por consiguiente, a la manera que el Señor nada hizo sin contar con su Padre, ya
que formaba una sola cosa con él -nada, digo, ni por sí mismo ni por sus
apóstoles-, así también vosotros, nada hagáis sin contar con vuestro obispo y
con los presbíteros, ni tratéis de colorear como laudable algo que hagáis
separadamente, sino que, reunidos en común, haya una sola oración, una sola
esperanza en la caridad y en la santa alegría, ya que uno solo es Jesucristo,
mejor que el cual nada existe. Corred todos a una como a un solo templo de Dios,
como a un solo altar, a un solo Jesucristo que procede de un solo Padre, que en
un solo Padre estuvo y a él solo ha vuelto.
No os dejéis engañar por doctrinas extrañas ni por cuentos viejos que no sirven
para nada. Porque si hasta el presente seguimos viviendo según la ley judaica,
confesamos no haber recibido la gracia. En efecto, los santos
profetas vivieron según Jesucristo. Por eso justamente
fueron perseguidos, inspirados que fueron por su gracia
para convencer plenamente a los incrédulos de que hay un solo Dios, el cual se
habría de manifestar a sí mismo por medio de Jesucristo, su Hijo, que es su
Palabra que procedió del silencio, y que en todo agradó a aquel que
lo había enviado.
Ahora bien, si los que se habían criado en el antiguo orden de cosas vinieron a
una nueva esperanza, no guardando ya el sábado, sino considerando el domingo
como el principio de su vida, pues en ese día amaneció también nuestra vida
gracias al Señor y a su muerte, ¿cómo podremos nosotros vivir sin aquel a quien
los mismos profetas, discípulos suyos ya en espíritu, esperaban como a su. Maestro?
Y por eso, el mismo a quien justamente esperaban, una vez llegado, los resucitó de
entre los muertos.
Responsorio 1Pe 3, 8. 9; Rin 12, 10. 11
R. Procurad todos tener un mismo pensar y un mismo sentir: con afecto fraternal,
con ternura, con humildad. * Porque vuestra vocación mira
a esto: a heredar una bendición.
V. En punto a caridad fraterna, amaos entrañablemente unos
a otros; en cuanto a la mutua estima, tened por más dignos a los demás; sirviendo al Señor.
R. Porque vuestra vocación mira a esto: a heredar una bendición.
Oración
Mira con misericordia a estos tus hijos, Señor, y multiplica tu gracia sobre
nosotros, para que, fervorosos en la fe, la esperanza y el amor, perseveremos en
el fiel cumplimiento: de tus mandamientos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu. Hijo.