LUNES XVII
PRIMERA LECTURA
Año I:
Del primer libro de los Reyes 10, 1-13
GLORIA DE SALOMÓN ANTE LA REINA DE SABA
En aquellos días, la reina de Saba oyó la fama de Salomón y fue a desafiarle con
enigmas. Llegó a Jerusalén con una gran caravana de camellos cargados de perfumes
y oro en gran cantidad y piedras preciosas. Entró en el palacio de Salomón y le
propuso todo lo que pensaba. Salomón resolvió todas sus consultas; no hubo una
cuestión tan oscura que el rey no pudiera resolver.
Cuando la reina de Saba vio la sabiduría de Salomón, la casa que había
construido, los manjares de su mesa, toda la corte sentada a la mesa, los
camareros con sus uniformes sirviendo, las bebidas, los holocaustos que ofrecía
en el templo del Señor, se quedó asombrada y dijo al rey:
«¡Es verdad lo que me contaron en mi país de ti y tu sabiduría! Yo no quería
creerlo; pero, ahora que he venido y lo veo con mis propios ojos, resulta que no
me habían dicho ni la mitad. En sabiduría y riquezas superas todo lo que yo
había oído. ¡Dichosa tu gente, dichosos los cortesanos que están siempre en tu
presencia aprendiendo de tu sabiduría! ¡Bendito sea el Señor, tu Dios, que, por
el amor eterno que tiene a Israel, te ha elegido para colocarte en el trono de
Israel y te ha nombrado rey para que gobiernes con justicia!»
La reina regaló al rey cuatro mil kilos de oro, gran cantidad de perfumes y
piedras preciosas. Nunca llegaron tantos perfumes como los que la reina de Saba
regaló al rey Salomón.
Por su parte, el rey Salomón regaló a la reina de Saba todo lo que a ella se le
antojó, aparte de lo que el mismo rey Salomón, con su esplendidez, le regaló.
Después, ella y su séquito emprendieron el viaje de vuelta a su país.
La flota de Jirán, que transportaba el oro de Ofir, trajo también madera de
sándalo en gran cantidad y piedras preciosas. Con la madera de sándalo el rey
hizo balaustradas para el templo del Señor y el palacio real, y cítaras y arpas
para los cantores. Nunca llegó madera de sándalo como aquélla, ni se ha vuelto a
ver hasta hoy.
Responsorio Lc 11, 31; 111 10, 4. 5
R. La reina del sur resucitará en el día del juicio con los hombres de esta raza,
y hará que Dios los condene, porque ella vino de un extremo del mundo para escuchar la
sabiduría de Salomón;
* mientras que en vuestro caso hay uno que es superior a Salomón.
V. Cuando la reina de Saba vio la sabiduría de Salomón, se quedó asombrada.
R. Mientras que en vuestro caso hay uno que es superior a Salomón.
Año II:
Del libro de Job 29, 1-10; 30, 1. 9-23
LAMENTACIÓN DE JOB EN SU AFLICCIÓN
Volvió Job a tomar la palabra, diciendo:
«¡Quién me diera volver a los antiguos días, cuando Dios velaba sobre mí, cuando
su lámpara brillaba sobre mi cabeza y a su luz cruzaba las tinieblas! Aquellos
días de mi otoño, cuando Dios era un íntimo en mi tienda, el Todopoderoso estaba
aún conmigo y mis hijos me rodeaban. Cuando mis pies en leche se bañaban y
arroyos de aceite la roca me vertía.
Cuando salía a la puerta de la ciudad y mi asiento en la plaza colocaba, los
jóvenes, al verme, se apartaban, los ancianos en pie permanecían, los jefes
suspendían sus palabras y la mano ponían sobre su boca, enmudecía la voz de los
notables y su lengua se pegaba al paladar.
Ahora, en cambio, se burlan de mí muchachos más jóvenes que yo, a cuyos padres
nunca juzgué dignos ni de mezclarse con los perros de mi grey. Ahora, en cambio,
soy el tema de sus coplas, soy el blanco de sus burlas, me aborrecen, aléjanse
de mí, y aun se atreven a escupirme hasta en la cara. Dios ha aflojado la cuerda
de mi arco, y me humillan, rompiendo todo freno en mi presencia.
A mi derecha se levanta una canalla que prepara el camino a mi exterminio;
deshacen mi sendero, trabajan en mi ruina y nadie los detiene; irrumpen al
asalto por una ancha brecha, en medio del estruendo. Los terrores se vuelven
contra mí, mi dignidad se disipa como el aire y pasa como nube mi ventura.
Y ahora desfallece en mí mi alma: de día me amenaza la aflicción, la noche me
taladra hasta los huesos,
pues no duermen las llagas que me roen. El me aferra con violencia por la ropa,
me sujeta por el cuello de la túnica, me ha tirado en el fango y me confundo con
el barro y la ceniza.
Grito hacia ti y tú no me respondes, espero en ti y tú no me haces caso. Te has
vuelto mi verdugo y me atacas con brazo vigoroso. Me levantas en vilo sobre el
viento y en medio del ciclón me zarandeas. Sí, ya sé que a la muerte me
conduces, a la cita de todos los
vivientes.»
Responsorio Jb 30, 17. 19; 7, 16
R. La noche me taladra hasta los huesos, pues no duermen las llagas que me roen.
* Me ha tirado en el fango y me confundo con el barro y la ceniza.
V. Déjame, Señor, que mis días son un soplo.
R. Me ha tirado en el fango y me confundo con el barro y la ceniza.
SEGUNDA LECTURA
De los Sermones de san Cesáreo de Arlés, obispo.
(Sermón 25, 1: CCL 103, 111-112)
LA MISERICORDIA DIVINA Y LA MISERICORDIA HUMANA
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dulce es el
nombre de misericordia, hermanos muy amados; y si el nombre es tan dulce,
¿cuánto más no lo será la cosa misma? Todos los hombres la desean, mas, por
desgracia, no todos obran de manera que se hagan dignos de ella; todos desean
alcanzar misericordia, pero son pocos los que quieren practicarla.
Oh hombre, ¿con qué cara te atreves a pedir, si tú te resistes a dar? Quien
desee alcanzar misericordia en el cielo debe él practicarla en este mundo. Y por
esto, hermanos muy amados, ya que todos deseamos la misericordia, actuemos de
manera que ella llegue a ser nuestro abogado en este mundo, para que nos libre
después en el futuro. Hay en el cielo una misericordia, a la cual se llega a
través de la misericordia terrena. Dice, en efecto, la Escritura: Señor, tu
misericordia llega al cielo.
Existe, pues, una misericordia terrena y humana, otra celestial y divina. ¿Cuál
es la misericordia humana? La que consiste en atender a las miserias de los
pobres. ¿Cuál es la misericordia divina? Sin duda, la que consiste en el perdón
de los pecados. Todo lo que da la misericordia humana en este tiempo de
peregrinación se lo devuelve después la misericordia divina en la patria
definitiva. Dios, en este mundo, padece frío y hambre en la persona de todos los
pobres, como dijo él mismo: Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis
humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. El mismo Dios que se digna dar en el
cielo quiere recibir en la tierra.
¿Cómo somos nosotros, que cuando Dios nos da queremos recibir, y cuando nos pide
no le queremos dar? Porque cuando un pobre pasa hambre es Cristo quien pasa
necesidad, como dijo él mismo: Tuve hambre, y no me disteis de comer. No
apartes, pues, tu mirada de la miseria de los pobres, si quieres esperar
confiado el perdón de los pecados. Ahora, hermanos, Cristo pasa hambre, es él
quien se digna padecer hambre y sed en la persona de todos los pobres; y lo que
reciba aquí en la tierra lo devolverá luego en el cielo.
Os pregunto, hermanos, ¿qué es lo que queréis o buscáis cuando venís a la
iglesia? Ciertamente la misericordia, Practicad, pues, la misericordia terrena y
recibiréis la misericordia celestial. El pobre te pide a ti, y tú le pides a
Dios; aquél un bocado, tú la vida eterna. Da al indigente, y merecerás recibir
de Cristo, ya que él ha dicho: Dad y se os dará. No comprendo cómo te atreves o
esperar recibir, si tú te niegas a dar. Por esto, cuando vengáis a la iglesia,
dad a los pobres la limosna que podáis, según vuestras posibilidades.
Responsorio Lc 6, 36. 37-38; Mt 5, 7
R. Sed misericordiosos, como es misericordioso vuestro Padre.
* Perdonad y seréis perdonados, dad y se os dará.
V. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
R. Perdonad y seréis perdonados, dad y se os dará.
Oración
Oh Dios, protector de los que en ti esperan, sin ti nada es fuerte ni santo;
aumenta los signos de tu misericordia sobre nosotros, para que, bajo tu dirección,
de tal modo nos sirvamos de las cosas pasajeras que por ellas alcancemos con mayor
plenitud las eternas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.