LUNES XX
PRIMERA LECTURA
Año I:
De la carta a los Efesios 1, 15-23
ORACIÓN DE PABLO PARA QUE LOS FIELES SEAN ILUMINADOS
Hermanos: Después que he oído hablar de vuestra fe en Jesús,
el Señor, y de vuestra caridad para con todos los fieles, no ceso de dar gracias
por vosotros, y siempre os recuerdo en mis oraciones. Quiera el Dios de nuestro
Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, concedernos el don de sabiduría y de
revelación, para que lleguemos al pleno conocimiento de él e, iluminados así los
ojos de nuestra mente, conozcamos cuál es la esperanza a que nos ha llamado y
cuáles las riquezas de gloria otorgadas por él como herencia a su pueblo santo.
Y ¡qué soberana grandeza despliega su poder en nosotros, los creyentes, según
la eficacia de su fuerza poderosa! Este poder lo ejercitó en Cristo,
resucitándolo de entre los muertos y constituyéndolo a su diestra en los cielos,
por encima de todo principado, potestad, virtud y dominación, y de todo ser que
exista no sólo en el mundo presente, sino también en el futuro. Puso todas las
cosas bajo sus pies y lo dio como cabeza a la Iglesia, que es su cuerpo, es
decir, la plenitud de aquel que lo llena todo en todo.
Responsorio Ef 1, 17. 18; 1Co 2, 12
R. Quiera Dios concedernos el don de sabiduría v de revelación,
* para que conozcamos cuál es la esperanza a que nos ha
llamado y cuáles las riquezas de gloria otorgadas por él como herencia a su pueblo santo.
V. Y nosotros no hemos recibido él espíritu del mundo,
sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado.
R. Para que conozcamos cuál es la esperanza a que nos ha
llamado y cuáles las riquezas de gloria otorgadas por él como herencia a su pueblo santo.
Año II:
Del libro del Qohelet 2, 1-3. 12-26
VANIDAD DE LOS PLACERES Y DE LA SABIDURÍA HUMANA
Yo me dije en mi corazón: «¡Adelante! ¡Voy a hacerte probar el placer,
a hacer que disfrutes del bienestar!» Pero vi que también esto es vanidad. A la risa la llamé:
«¡Locura!»; y del placer dije: «¿Para qué vale?» Traté de regalar mi cuerpo con el vino,
mientras guardaba mi corazón en la sabiduría, y entregarme al desvarío hasta ver en qué consistía
la felicidad de los humanos, lo que hacen bajo el cielo durante los contados días de su vida.
Dirigí luego mi reflexión sobre la sabiduría, la locura y el desvarío. Porque
¿qué hará el hombre que suceda al rey, sino lo que ya otros hicieron? Yo vi que la sabiduría
aventaja al desvarío, como la luz a las tinieblas.
El sabio tiene sus ojos en la cabeza, mas el necio camina en las tinieblas.
Pero también yo sé que la misma suerte alcanza a ambos. Entonces me dije: «Como la suerte del
necio será la mía. ¿Para qué vale, pues, mi sabiduría?» Y pensé que hasta eso mismo es vanidad.
No hay recuerdo duradero ni del sabio ni del necio; al correr de los días, todos son olvidados.
Pues el sabio muere igual que el necio.
He detestado la vida, porque me disgusta cuanto se hace bajo el sol, pues todo
es vanidad y atrapar vientos. Detesté todos mis fatigosos afanes bajo el sol, y los dejo a mi
sucesor. ¿Quién sabe si será sabio o necio? Y, sin embargo, él será dueño de toda mi fatiga, la
que realicé con afán y sabiduría bajo el sol. También esto es vanidad. Entregué mi corazón al
desaliento por todos mis fatigosos afanes bajo el sol, al considerar cómo algún hombre que se ha
afanado con sabiduría, ciencia y destreza deja su bien a otro que en nada se afanó para ello.
También esto es vanidad y mal grave. Pues ¿qué le queda a aquel hombre de toda su fatiga y esfuerzo
con que se fatigó bajo el sol? ¿De todos sus días de dolor, de penosas ocupaciones, de todas sus
noches de insomnio? También esto es vanidad.
No hay mayor felicidad humana que comer y beber y pasarlo bien en medio de los
afanes. Yo veo que también esto viene de la mano de Dios, pues quien come y goza lo tiene de Dios.
Porque a quien le agrada da él sabiduría, ciencia y alegría; mas al pecador da el trabajo de
amontonar y atesorar para dejárselo a quien a él le plazca. También esto es vanidad y atrapar vientos.
Responsorio Qo 2, 26; lTm 6, 10
R. Dios da a quien le agrada sabiduría, ciencia y alegría; mas al pecador
da el trabajo de amontonar y atesorar para dejárselo a quien a él le plazca.
* También esto es vanidad y atrapar vientos.
V. Raíz de todos los males es el afán del dinero;
y algunos, por dejarse llevar de él, han quedado sumergidos en un mar de tormentos.
R. También esto es vanidad y atrapar vientos.
SEGUNDA LECTURA
De las Homilías de san Gregorio de Nisa, obispo, sobre el Eclesiastés
(Homilía 5: PG 44,683-686)
EL SABIO TIENE SUS OJOS PUESTOS EN LA CABEZA
Si el alma eleva sus ojos a su cabeza, que es Cristo, según la
interpretación de Pablo, habrá que considerarla dichosa por la penetrante mirada
de sus ojos, ya que los tiene puestos allí donde no existen las tinieblas del
mal. El gran Pablo y todos los que tuvieron una grandeza semejante a la suya
tenían los ojos fijos en su cabeza, así como todos los que viven, se mueven y
existen en Cristo. Pues, así como es imposible que el que está en la luz vea
tinieblas, así también lo es que el que tiene los ojos puestos en Cristo los
fije en cualquier cosa vana. Por tanto, el que tiene los ojos puestos en la
cabeza, y por cabeza entendemos aquí al que es principio de todo, los tiene
puestos en toda virtud (ya que Cristo es la virtud perfecta y totalmente
absoluta), en la verdad, en la justicia, en la incorruptibilidad, en todo bien.
Porque el sabio tiene sus ojos puestos en la cabeza, mas el necio camina en las
tinieblas. El que no pone su lámpara sobre el candelero, sino que la pone bajo
el lecho, hace que la luz sea para él tinieblas.
Por el contrario, cuántos hay que viven entregados a la lucha por
las cosas de arriba y a la contemplación de las cosas verdaderas, y son tenidos
por ciegos e inútiles, como es el caso de Pablo, que se gloriaba de ser insensato
por Cristo. Porque su prudencia y sabiduría no consistía en las cosas que retienen
nuestra atención aquí abajo. Por esto dice: Nosotros somos insensatos por Cristo,
que es lo mismo que decir: «Nosotros somos ciegos con relación a la vida de este
mundo, porque miramos hacia arriba y tenemos los ojos puestos en la cabeza.» Por
esto vivía privado de hogar y de mesa, pobre, errante, desnudo, padeciendo hambre
y sed.
¿Quién no lo hubiera juzgado digno de lástima, viéndolo encarcelado,
sufriendo la ignominia de los azotes, viéndolo entre las olas del mar al ser la
nave desmantelada, viendo cómo era llevado de aquí para allá entre cadenas? Pero,
aunque tal fue su vida entre los hombres, él nunca dejó de tener los ojos puestos
en la cabeza, según aquellas palabras suyas: ¿Quién podrá apartarnos del amor de
Cristo? ¿La aflicción? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez?
¿El peligro? ¿La espada? Que es como si dijese: «¿Quién apartará mis ojos de la
cabeza y hará que los ponga en las cosas que son despreciables?» A nosotros nos
manda hacer lo mismo, cuando nos exhorta a poner nuestro corazón en las cosas del
cielo, lo que equivale a decir «tener los ojos puestos en la cabeza».
Responsorio Sal 122, 2; Jn 8, 12
R. Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores,
* así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia.
V. Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.
R. Así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia.
Oración
Oh Dios, que has preparado bienes invisibles para los que te aman,
infunde el amor de tu nombre en nuestros corazones, para que, amándote en todo y
sobre todas las cosas, consigamos tus promesas que superan todo deseo. Por
nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.