LUNES XXV
PRIMERA LECTURA
Año I:
Del libro del profeta Isaías 3, 1-15
REPROCHES A JERUSALÉN
Mirad que el Señor de los ejércitos aparta de Jerusalén y de Judá todo apoyo y
sostén: todo sustento de pan, todo sustento de agua, capitán y soldado, juez y
profeta, adivino y anciano, alférez y notable, consejero y artesano, y experto
en encantamientos.
Nombraré jefes a muchachos, los gobernarán mozalbetes, se atacará la gente, unos
a otros, un hombre a su prójimo; se amotinarán muchachos contra ancianos,
plebeyos contra nobles. Un hombre tomará a su hermano en la casa paterna y le
dirá:
«Tienes un manto, sé nuestro jefe, toma el mando de esta ruina.»
El otro protestará:
«No soy médico y en mi casa no hay pan, ni tengo manto: no me nombréis jefe del
pueblo.»
Se desmorona Jerusalén, Judá se derrumba: porque hablaban y actuaban contra el
Señor rebelándose en presencia de su gloria. Su descaro testimonia contra ellos,
publican sus pecados, no los ocultan: ¡Ay de ellos, que se acarrean su
desgracia! Dichoso el justo: le irá bien, comerá el fruto de sus acciones. ¡Ay
del malvado!: le irá mal, le darán la paga de sus obras. Pueblo mío, te oprimen
jovenzuelos, te gobiernan mujeres; pueblo mío, tus guías te extravían, destruyen
tus senderos.
El Señor se levanta a juzgar, se ha puesto en pie para sentenciar a su pueblo.
El Señor viene a juzgar a los jefes y príncipes de su pueblo: Vosotros
devastabais las viñas y tenéis en vuestra casa lo robado al pobre. ¿Por qué
trituráis a mi pueblo y aplastáis el rostro de los desvalidos? -oráculo del
Señor de los ejércitos-.
Responsorio Is 3, 10-11. 13
R. Dichoso el justo: le irá bien, comerá el fruto de sus acciones.
* ¡Ay del malvado!: le irá mal, le darán la paga de sus obras.
V. El Señor se levanta a juzgar, se ha puesto en pie para sentenciar a su pueblo.
R. ¡Ay del malvado!: le irá mal, le darán la paga de sus obras.
Año II
Del libro de Tobit 2, 1-3, 6
DESGRACIA DE TOBIT, HOMBRE JUSTO
En nuestra fiesta de Pentecostés (la fiesta de las Semanas), me prepararon una
buena. comida. Cuando me puse a la mesa, llena de platos variados, dije a mi
hijo Tobías:
«Hijo, anda a ver si encuentras a algún pobre de nuestros compatriotas
deportados a Nínive, uno que se acuerde de Dios con toda el alma, y tráelo para
que coma con nosotros. Te espero, hijo, hasta que vuelvas.»
Tobías marchó a buscar a algún israelita pobre y, cuando volvió, me dijo:
«Padre.»
Respondí:
«¿Qué hay, hijo?»
Repuso:
«Padre, han asesinado a un israelita. Lo han estrangulado hace un momento, y lo
han dejado tirado ahí en la plaza.»
Yo pegué un salto, dejé la comida sin haberla probado, recogí el' cadáver de la
plaza y lo metí en una habitación, para enterrarlo cuando se pusiera el sol.
Cuando volví, me lavé y comí entristecido, recordando la frase del profeta Amós
contra Betel: «Se cambiarán vuestras fiestas en luto, vuestros cantos en
elegías», y lloré. Cuando se puso el sol, fui a cavar una fosa y lo enterré. Los
vecinos se reían de mí:
«¡Ya no tiene miedo! Lo anduvieron buscando para matarlo por eso mismo, y
entonces se escapó; pero ahora, ahí lo tenéis, enterrando muertos.»
Aquella noche, después del baño, fui al patio y me tumbé junto a la tapia, con
la cara destapada porque hacía calor. Yo no sabía que en la tapia, encima de mí,
había un nido de gorriones; su excremento caliente me cayó en los ojos y se me
formaron unas manchas blancas. Fui a los médicos a que me curaran; pero cuantos
más ungüentos me daban, más vista perdía, hasta que
quedé completamente ciego. Estuve sin vista cuatro años. Todos mis parientes se
apenaron por mi desgracia; y Ajicar me cuidó dos años, hasta que marchó a
Elimaida.
En aquella situación, mi mujer, Ana, se puso a hacer labores para ganar dinero.
Los clientes le daban el importe cuando les llevaba la labor terminada; el siete
de marzo, al acabar una pieza y mandársela a los clientes, éstos le dieron el
importe íntegro y le regalaron un cabrito para que lo trajese a casa. Cuando
llegó, el cabrito empezó a balar. Yo llamé a mi mujer y le dije:
«¿De dónde viene ése cabrito? ¿No será robado? Devuélveselo al dueño, que no
podemos comer nada robado.»
Ana me respondió:
«Me lo han dado de propina, además de la paga.»
Pero yo no la creía, y, abochornado por su acción, insistí en que se lo
devolviera al dueño. Entonces me replicó:
«¿Dónde están tus limosnas? ¿Dónde están tus obras de caridad? ¡Ya ves lo que te
pasa!»
Profundamente afligido, sollocé, me eché a llorar y empecé a rezar entre
sollozos:
«Señor, tú eres justo, todas tus obras son justas; tú actúas con misericordia y
lealtad, tú eres el juez del mundo. Tú, Señor, acuérdate de mí y mírame; no me
castigues por mis pecados, mis errores y los de mis padres, cometidos en tu
presencia, desobedeciendo tus mandatos. Nos has entregado al saqueo, al
destierro y a la muerte, nos has hecho refrán, comentario y burla de todas las
naciones donde nos has dispersado. Sí, todas tus sentencias .son justas cuando
me tratas así por mis pecados, porque no hemos cumplido tus mandatos ni hemos
procedido lealmente en tu presencia.
Haz ahora de mí lo que te guste. Manda que me quiten la vida, y desapareceré de
la faz de la tierra y en tierra me convertiré. Porque más me vale morir que
vivir después de oír ultrajes que no merezco y verme invadido de tristeza.
Manda, Señor, que yo me libre de esta prueba; déjame marchar a la eterna morada
y no me apartes tu rostro, Señor. Porque más me vale morir que vivir pasando
esta prueba y escuchando tales ultrajes.»
Responsorio Tb 3, 15. 3; cf. Sir 51, 12; Tb 3, 2. 3
R. Manda; Señor, que yo desaparezca de la tierra para no oír más insultos;
no me castigues por mis pecados, mis errores y los de mis padres.
* Porque libras a los que se acogen a ti, Señor.
V. Todas tus obras son justas; tú actúas con misericordia y lealtad,
tú eres el juez del mundo; acuérdate de mí, Señor.
R. Porque libras a los que se acogen a ti, Señor.
SEGUNDA LECTURA
Del Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores
(Sermón 46, 14.15: CCL 41,
541-542)
INSISTE CON OPORTUNIDAD O SIN ELLA
No recogéis las descarriadas ni buscáis a las perdidas. En cierta. manera puede
decirse que vivimos en este mundo rodeados de ladrones y de lobos rapaces; por
ello os exhortamos a que, ante tales peligros, no dejéis de orar. Además las
ovejas son rebeldes; si, cuando se descarrían vamos tras ellas, ellas, para
engaño y perdición suya, huyen de nosotros, diciendo: «¿Qué queréis de
nosotras? ¿Por qué nos buscáis?» Como si no fuera un mismo y único motivo el que
nos hace desear tenerlas cercanas y el que nos obliga a buscarlas cuando las
vemos lejos; las deseamos, en efecto, cerca, porque cuando se alejan se
descarrían y se pierden. «Si vivo en el error -dicen-, si camino hacia la
perdición, ¿por qué me buscas?, ¿por qué me deseas?» Precisamente porque vives
en el error quiero llevarte de nuevo al buen camino; porque te estás perdiendo
deseo encontrarte de nuevo.
«Pero yo -dice la oveja- deseo vivir en el error, quiero perecer.» Así pues,
¿quieres vivir en el error y caminar a la perdición? Pues si tú deseas esto, yo,
con mayor ahínco, deseo lo contrario. Y además no dejaré de írtelo repitiendo,
aunque con ello llegue a importunarte, pues escucho al Apóstol que me dice:
Proclama la palabra, insiste con oportunidad o sin ella. ¿A quiénes se anuncia
la buena nueva con oportunidad? ¿A quiénes se les anuncia sin ella? Con
oportunidad se anuncia a quienes desean escucharla, sin oportunidad a quienes no
lo desean. Por
tanto, aunque sea importuno, me atreveré a decirte: «Tú deseas andar por el
camino del error, tú deseas perecer, pero yo deseo todo lo contrario.» Aquel que
puede hacerme temer en el último día no me permite abandonarte; si te abandonara
en tu error, él me increparía, diciéndome: No recogéis las descarriadas ni buscáis a
las perdidas. ¿Acaso piensas que te temeré más a ti que a él? Pues,
todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo.
Iré, por tanto, tras la descarriada, buscaré a la perdida. Lo haré tanto si lo
deseas como si no lo deseas. Y aunque, mientras voy tras ella, las zarzas de las
selvas desgarraren mi carne, estoy dispuesto a pasar por los más difíciles y
estrechos caminos y a penetrar en todos los cercados. Mientras el Señor, el
único a quien temo, me dé fuerzas haré cuanto esté en mi mano. Forzaré a la
descarriada al retorno, buscaré a la perdida. Si quieres que no sufra, no te
descarríes, no te apartes del buen camino. Y aun es poco el dolor que siento al
ver que vas descarriada y en camino de perdición; temo, además, que si a ti te
abandonara daría incluso muerte a las ovejas sanas. Mira, si no, lo que se dice
en el texto a continuación. Maltratáis brutalmente a las fuertes. Si descuido,
pues, a la que se descarría y se pierde, la que está fuerte deseará también
andar por los caminos del error y de la perdición.
Responsorio Sir 4, 28-29; 2Tm 4, 2
R. No retengas tu palabra ni ocultes tu sabiduría, cuando puedan ser ellas
instrumento de salvación; * pues la sabiduría se da a
conocer en el hablar, y los conocimientos en las palabras de la lengua.
V. Proclama la palabra, insiste con oportunidad o sin ella, persuade, reprende,
exhorta, armado de toda paciencia y doctrina.
R. Pues la sabiduría se da a conocer en el hablar, y los conocimientos en las
palabras de la lengua.
Oración
Oh Dios, has hecho del amor a ti y a los hermanos la plenitud de la ley; concédenos
cumplir tus mandamientos y llegar así a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo,
tu Hijo.