LUNES XXIX
PRIMERA LECTURA
Año I
Del libro del profeta Nahúm
1, 1-8; 3, 1-7. 12-15a
JUICIO DE DIOS CONTRA NÍNIVE
Oráculo contra Nínive: texto de la visión de Nahúm, el elcasita.
El Señor es un Dios celoso y vengador, el Señor se venga con cólera, se venga el
Señor de sus enemigos, se irrita contra sus contrarios. El Señor es lento a la
ira, poderoso, pero no deja impune; el Señor camina en la tormenta y tempestad,
las nubes son el polvo de sus pasos. Ruge sobre el mar, y lo seca, evapora todos
los ríos; aridecen Basán y Carmelo, se marchita la flor del Líbano. Los montes
tiemblan ante él, los collados se derriten; la tierra se hunde en su presencia,
el orbe y sus
habitantes. ¿Quién resistirá su cólera, quién se mantendrá en pie ante el incendio
de su ira? Su furor se derrama como fuego, y las rocas se rompen ante él.
El Señor es bueno: refugio en el día de la angustia, acoge a los que se refugian
en él, en medio del torrente desbordado. Extermina a sus contrarios y persigue
en las tinieblas a sus enemigos. ¡Ay, de la ciudad sanguinaria y, traidora,
llena de crueldades, insaciable de despojos! Escuchad: látigos, estrépito de
ruedas, caballos al galope, carros rebotando, jinetes al asalto, llamear de
espadas, relampagueo de lanzas, muchos heridos, masas de cadáveres, cadáveres
sin fin, se tropieza en cadáveres.
Por las muchas fornicaciones de la prostituta, tan hermosa y seductora, que
compraba pueblos con sus seducciones y tribus con sus hechicerías, ¡aquí estoy
yo contra ti! -oráculo del Señor de los ejércitos-. Te levantaré hasta, la cara
las faldas, enseñaré tu desnudez a los pueblos, tu afrenta a los reyes. Arrojaré
basura sobre ti, haré de ti un espectáculo vergonzoso. Quien te vea, se apartará
de ti diciendo: «Desolada está Nínive, ¿quién lo sentirá?, ¿dónde encontrar
quien la consuele?»
Tus plazas fuertes son higueras cargadas de higos, al sacudirlas, caen y se los
comen. Mira: tus soldados se han vuelto mujeres ante el enemigo; se abrirán las
puertas de tu tierra, el fuego consumirá tus cerrojos. Haz acopio de agua para
el asedio, fortifica las defensas, pisa el lodo, aplasta la arcilla, métela en
el molde. El fuego te consumirá, la espada te destruirá.
Responsorio Na 1, 6. 7; Rm 5, 9
R. ¿Quién se mantendrá en pie ante el incendio de la ira del Señor?,
¿quién resistirá su cólera? * El Señor es bueno:
acoge a los que se refugian en él.
V. Justificados por la sangre de Cristo, seremos
salvados por él de la cólera divina.
R. El Señor es bueno: acoge a los que se refugian
en él.
Año II
Del libro de Ben Sirá 27, 25-28, 9
CONTRA LA IRA Y LA VENGANZA
El que guiña el ojo trama algo malo, y nadie lo apartará de ello; en tu
presencia su boca es melosa, admira
tus palabras; después cambia de lenguaje y procura cogerte en tus palabras.
Muchas cosas detesto, pero ninguna como a él, porque el Señor mismo lo detesta.
Tira una piedra a lo alto y te caerá en la cabeza: un' golpe a traición reparte
heridas; el que cava una fosa caerá en ella, el que tiende una red quedará
cogido en ella; al que hace el mal se le volverá contra él, aunque no sepa de
dónde le viene. Burlas e insultos le tocarán al insolente, pues la venganza le
acecha como un león. Los que se alegran de la caída de los buenos se consumirán
de pena antes de morir.
Furor y cólera son odiosos: el pecador los posee. Del vengativo se vengará el
Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas. Perdona la ofensa a tu prójimo, y
se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar
rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y
pide perdón de sus pecados? Si él, que es carne, conserva la ira, ¿quién expiará
por sus pecados?
Piensa en tu fin, y cesa en tu enojo; en la muerte y corrupción, y guarda los
mandamientos. Recuerda los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo; la
alianza del Señor, y perdona el error.
Responsorio Sir 28, 1-2; Mt 6, 14
R. Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas.
* Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los
pecados cuando lo pidas.
V. Si vosotros perdonáis al prójimo sus faltas, también os perdonará las vuestras
vuestro Padre celestial.
R. Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los
pecados cuando lo pidas.
SEGUNDA LECTURA
Del Tratado de san Fulgencio de Ruspe, obispo, Contra Fabiano
(Cap. 28, 16-19: CCL 91 A, 813-814)
LA PARTICIPACIÓN DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO NOS SANTIFICA
Cuando ofrecemos nuestro sacrificio realizamos aquello mismo que nos mandó el
Salvador; así nos lo atestigua el Apóstol, al decir: Jesús, el Señor, en la
noche en
que iba a ser entregado, tomó pan y, después de pronunciar la Acción de
Gracias, lo partió y dijo: «Éste es mi cuerpo, que se da por vosotros. Haced
esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con la copa después de la cena, diciendo:
«Esta copa es la nueva alianza que se sella con Mi sangre. Cada vez que la bebáis
hacedlo en memoria mía.» Porque cuantas veces coméis de este pan y bebéis de este
cáliz, vais anunciando la muerte del Señor hasta que él venga.
Nuestro sacrificio, por tanto, se ofrece para anunciar la muerte del Señor y
para reavivar, con esta conmemoración, la memoria de aquel que por nosotros
entregó su propia vida. Ha sido el mismo Señor quien ha dicho: Nadie tiene más
amor que el que da la vida por sus amigos. Y porque Cristo murió por nuestro
amor, cuando hacemos conmemoración de su muerte en nuestro sacrificio pedimos
que venga el Espíritu Santo y nos comunique el amor; suplicamos fervorosamente
que aquel mismo amor que impulsó a Cristo a dejarse crucificar por nosotros sea
infundido por el Espíritu Santo en nuestros propios corazones, con objeto de que
consideremos al mundo como crucificado para nosotros y nosotros sepamos vivir
crucificados para el mundo; así, imitando la muerte de nuestro Señor, como
Cristo murió al pecado de una vez para siempre, y su vida es vida para Dios,
también nosotros vivamos una vida nueva, y, llenos de caridad, muertos para el
pecado vivamos para Dios.
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo
que se nos ha dado y la participación del cuerpo y sangre de Cristo, cuando
comemos el pan y bebemos el cáliz, nos lo recuerda, insinuándonos, con ello, que
también nosotros debemos morir al mundo y tener nuestra vida escondida con la de
Cristo en: Dios, crucificando nuestra carne con sus concupiscencias y pecados.
Debemos decir, pues, que todos los fieles que aman a Dios y a su prójimo, aunque
no lleguen a beber el cáliz de una muerte corporal, deben beber, sin embargo, el
cáliz del amor del Señor, embriagados con el cual, mortificarán sus miembros en
la tierra y, revestidos de nuestro Señor Jesucristo, no se entregarán ya a los
deseos y placeres de la carne ni vivirán dedicados a los bienes
visibles, sino a los invisibles. De este modo, beberán el cáliz del Señor y
alimentarán con él la caridad, sin la cual, aunque haya quien entregue su propio
cuerpo a las llamas, de nada le aprovechará. En cambio, cuando poseemos el don
de esta caridad, llegamos a convertirnos realmente en aquello mismo que
sacramentalmente celebramos en nuestro sacrificio.
Responsorio Lc 22, 19; Jn 6, 59
R. Jesús tomó pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
* «Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros;
haced esto en memoria mía.»
V. Éste es el pan que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para
siempre.
R. Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros;
haced esto en memoria mía.
Oración
Dios todopoderoso y eterno, haz que nuestra voluntad sea siempre dócil a la tuya
y que te sirvamos con un corazón sincero. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.