LUNES XXXII
PRIMERA LECTURA
Año I
Del libro del profeta Ezequiel 5, 1-17
CON UNA ACCIÓN SIMBÓLICA SE PREDICE LA DESTRUCCIÓN DE JERUSALÉN
En aquellos días, el Señor me dirigió la palabra dijo:
«Hijo de hombre, coge una cuchilla afilada, coge una navaja barbera y pásatela
por la cabeza y la barba. Después, coge una balanza y haz porciones. Un tercio
lo quemarás en la lumbre en medio de la ciudad, cuando se cumplan los días del asedio;
un tercio lo sacudirás con la espada en torno a la ciudad; un tercio lo
esparcirás al viento, y los perseguiré con la espada desnuda. Recogerás unos
cuantos pelos y los meterás en el orillo del manto; de éstos apartarás algunos y
los echarás al fuego, y dejarás que se quemen.
Dirás a la casa de Israel: Esto dice el Señor: Se trata de Jerusalén: la puse
en el centro de los pueblos, rodeada de países, y se rebeló contra mis leyes y
mandatos pecando más que otros pueblos, más que los países vecinos; rechazaron
mis mandatos y no siguieron mis leyes.
Por eso, así dice el Señor: Porque fuisteis más rebeldes que los pueblos
vecinos, porque no seguisteis mis leyes ni cumplisteis mis mandatos, ni
obrasteis como es costumbre de los pueblos vecinos, por eso, así dice el Señor:
Aquí estoy contra ti para hacer justicia en ti a la vista de los pueblos. Por
tus abominaciones haré en ti cosas que jamás hice ni volveré a hacer. Por eso,
los padres se comerán a sus hijos en medio de ti, y los hijos se comerán a sus
padres; haré justicia en ti, y a tus supervivientes los esparciré a todos los
vientos.
Por eso, ¡por mi vida! -oráculo del Señor-, por haber profanado mi santuario con
tus ídolos y abominaciones, juro que te rechazaré, no me apiadaré de ti ni te
perdonaré. Un tercio de los tuyos morirán de peste, y el hambre los consumirá
dentro de ti; un tercio caerán a espada alrededor de ti; y al otro tercio los
esparciré a todos los vientos y los perseguiré con la espada desnuda. Agotaré mi
ira contra ellos y desfogaré mi cólera hasta quedarme a gusto; y sabrán que yo,
el Señor, hablé con pasión, cuando agote mi cólera contra ellos.
Te haré escombro y escarnio para los pueblos vecinos, a la vista de los que
pasen. Serás escarnio y afrenta, escarmiento y espanto para los pueblos vecinos,
cuando haga en ti justicia con ira y cólera, con castigos terribles. Yo, el
Señor, lo he dicho: Dispararé contra vosotros las flechas fatídicas del hambre,
que acabarán con vosotros, pues para acabar con vosotros las dispararé. Os daré
hambre con creces y os cortaré el sustento del pan. Mandaré contra vosotros
hambre y fieras salvajes, que os dejarán sin hijos; pasarán por ti peste y
matanza y mandaré contra ti la espada. Yo, el Señor, lo he dicho.»
Responsorio Lc 13, 34; Ez 5, 14
R. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas!
* ¡Cuántas veces he querido agrupar a tus hijos!
Pero no lo habéis querido.
V. Te haré escombro y escarnio para los pueblos vecinos.
R. ¡Cuántas veces he querido agrupar a tus hijos! Pero no lo habéis querido.
Año II
Del primer libro de los Macabeos 1, 43-67
PERSECUCIÓN DESATADA POR ANTÍOCO
En aquellos días, Antíoco, rey de Siria, publicó un edicto en todo su reino,
ordenando que todos formaran un único pueblo y abandonaran para ello sus
peculiares costumbres. Los gentiles acataron todos el edicto real y muchos
israelitas aceptaron su culto, sacrificaron a los ídolos y profanaron el sábado.
También a Jerusalén y a las ciudades de Judá hizo el rey llegar, por medio de
mensajeros, el edicto que ordenaba seguir costumbres extrañas al país.
Debían suprimir en el santuario holocaustos, sacrificios y libaciones; profanar
sábados y fiestas; mancillar el santuario y los lugares santos; levantar
altares, recintos sagrados y templos idolátricos; sacrificar puercos y animales
inmundos; dejar a sus hijos incircuncisos; volver abominables sus almas con toda
clase de impurezas y profanaciones, de modo que olvidasen la ley y cambiasen
todas sus costumbres. El que no obrara conforme a la orden del rey moriría. En
el mismo tono escribió a todo su reino.
Los inspectores, nombrados por el rey para todo el pueblo, ordenaron a las
ciudades de Judá que en cada una de ellas se ofrecieran sacrificios. Muchos del
pueblo, todos los que abandonaban la ley, se unieron a ellos. Causaron males al
país y obligaron a Israel a ocultarse en toda suerte de refugios.
El día quince del mes de Kisléu del año ciento cuarenta y cinco levantaron sobre
el altar la abominación de la desolación. También construyeron altares por todas
las ciudades de Judá. A las puertas de las casas y en las plazas hacían quemar incienso.
Rompían y echaban al fuego los libros de la ley que podían hallar. Al que encontraban
con un ejemplar de la alianza en su poder, o al que descubrían que observaba los
preceptos de la ley, lo condenaban a muerte en virtud del decreto real.
Hacían sentir su brutal poder sobre los israelitas que sorprendían cada mes en
las ciudades contraviniendo lo mandado por ellos. El día veinticinco del mes
ofrecían sacrificios en el altar construido sobre el altar antiguo. A las
mujeres que hacían circuncidar a sus hijos las llevaban a la muerte, conforme al
edicto, con sus criaturas colgadas al cuello. Y la misma suerte corrían sus
familiares y todos los que habían intervenido en la circuncisión.
Murieron también muchos israelitas que con entereza y valor se negaron a comer
cosa impura, prefiriendo la muerte antes que contaminarse con aquella comida y
profanar la santa alianza. Inmensa fue la cólera que se desencadenó sobre
Israel.
Responsorio Dn 9, 18; Hch 4, 29
R. Abre tus ojos, Señor, y mira nuestra aflicción: nos han rodeado las naciones
para castigarnos; * extiende tu brazo y salva nuestras vidas.
V. Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y haz que tus siervos anunciemos tu
palabra con toda entereza y libertad.
R. Extiende tu brazo y salva nuestras vidas.
SEGUNDA LECTURA
De la Homilía de un autor del siglo segundo
(Cap. 3, 1-4, 5; 7, 1-6: Funk 1, 149-152)
CONFESEMOS A DIOS CON NUESTRAS OBRAS
Mirad cuán grande ha sido la misericordia del Señor para con nosotros: En primer
lugar no ha permitido que quienes teníamos la vida sacrificáramos ni adoráramos
a dioses muertos, sino que quiso que, por Cristo, llegáramos al conocimiento del
Padre de la verdad. ¿Qué significa conocerlo a él sino el no apostatar de aquel
por quien lo hemos conocido? El mismo Cristo afirma: A todo aquel que me
reconozca ante los hombres lo reconoceré yo también ante mi Padre. Ésta será
nuestra recompensa
si confesamos a aquel que nos salvó. ¿Y cómo lo confesaremos? Haciendo lo que
nos dice y no desobedeciendo nunca sus mandamientos; honrándolo no solamente con
nuestros labios, sino también con todo nuestro corazón y con toda nuestra
mente. Dice, en efecto, Isaías: Este pueblo me glorifica con los labios,
mientras su corazón está lejos de mí.
No nos contentemos, pues, con llamarlo: «Señor», pues esto solo no nos salvará.
Está escrito, en efecto: No todo el que me diga: «¡Señor, Señor!» se salvará,
sino el que practique la justicia. Por tanto, hermanos, confesémoslo con
nuestras obras, amándonos los unos a los otros. No seamos adúlteros, no nos
calumniemos ni nos envidiemos mutuamente, antes al contrario, seamos castos,
compasivos, buenos; debemos también compadecernos de las desgracias de nuestros
hermanos y no buscar desmesuradamente el dinero. Mediante el ejercicio de estas
obras confesaremos al Señor, en cambio no lo confesaremos si practicamos lo
contrario a ellas. No es a los hombres a quienes debemos temer, sino a Dios. Por
eso a los que se comportan mal les dijo el Señor: Aunque vosotros estuviereis
reunidos conmigo, si no cumpliereis mis mandamientos, os rechazaré y os diré:
«Apartaos de mí vosotros, nunca jamás os he conocido, obradores de maldad.»
Por esto, hermanos míos, luchemos, pues sabemos que el combate ya ha comenzado y
que muchos son llamados a los combates corruptibles, pero no todos son
coronados, sino que el premio se reserva a quienes se han esforzado en combatir
debidamente. Combatamos nosotros de tal forma que merezcamos todos ser
coronados. Corramos por el camino recto, el combate incorruptible, y naveguemos
y combatamos en él para que podamos ser coronados; y si no pudiéramos todos ser
coronados, procuremos acercarnos lo más posible a la corona. Recordemos, sin
embargo, que si uno lucha en los combates corruptibles y es sorprendido
infringiendo las leyes de la lucha, recibe azotes y es expulsado fuera del
estadio.
¿Qué os parece? ¿Cuál será el castigo de quien infringe las leyes del combate
incorruptible? De los que no guardan el sello, es decir, el compromiso de su
bautismo, dice la Escritura: Su gusano no muere, su fuego no se apaga y serán el
horror de todos.
Responsorio 1Ts 1, 9-10; lJn 2, 28
R. Os convertisteis para consagraros al Dios vivo y verdadero, y esperar a su
Hijo que ha de venir de los cielos, al cual resucitó de entre los muertos;
* él nos ha salvado de la ira venidera.
V. Y ahora permaneced en él, para que, cuando se manifieste, cobremos plena
confianza y no nos apartemos de él, confundidos, en su advenimiento.
R. Él nos ha salvado de la ira venidera.
Oración
Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que,
con el alma y el cuerpo bien dispuestos, podamos libremente cumplir tu voluntad.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.