MARTES XI
PRIMERA LECTURA
Año I:
Del libro de los Jueces 4, 1-24
DÉBORA Y BARAQ
En aquellos días, después que murió Ehud, los hijos de Israel volvieron a hacer
lo que desagradaba al Señor, y el Señor los dejó a merced de Yabín, rey de
Canaán, que reinaba en Jasor. El jefe de su ejército era Sísara, que habitaba
en Jaróshet Jag Goyim. Entonces los hijos de Israel clamaron al Señor, porque Yabín
tenía novecientos carros de hierro y había oprimido duramente a los israelitas
durante veinte años.
En aquel tiempo, Débora, una profetisa, mujer de Lappidot, era juez en Israel.
Se sentaba bajo la palmera de Débora, entre Ramá y Betel, en la montaña de
Efraím, y los hijos de Israel subían hacia ella para resolver sus litigios. Esta
mandó llamar a Baraq, hijo de Abinoam, de Quédesh de Neftalí, y le dijo:
«¿Acaso no te ordena esto el Señor Dios de Israel?: "Ve hacía el monte Tabor y
recluta diez mil hombres de los hijos de Neftalí y de los hijos de Zabulón. Yo
atraeré hacia ti, hacia el torrente Quisón, a Sísara, el jefe del ejército de
Yabín, con sus carros y sus tropas, y los pondré en tus manos."»
Baraq le respondió:
«Si vienes conmigo, iré. Pero, si no vienes conmigo, no iré, porque no sé en qué
día me dará la victoria el ángel del Señor.»
Dijo ella:
«Iré contigo, pero entonces no será tuya la gloria del camino que emprendas,
porque el Señor entregará a Sísara en manos de una mujer.»
Débora se levantó y marchó con Baraq a Quédesh, y Baraq convocó allí a Zabulón y
a Neftalí. Subieron tras él diez mil hombres, y Débora subió con él.
Jéber, el quenita, se había separado de la tribu de Caín y del clan de los hijos
de Jobab, el suegro de Moisés, y había plantado su tienda cerca de la encina de
Saananim, cerca de Quédesh.
Le comunicaron a Sísara que Baraq, hijo de Abinoam, había subido al monte Tabor.
Sísara reunió todos sus carros, novecientos carros de hierro, y todas las tropas
que tenía y las llevó de Jaróshet Jag Goyim al torrente Quisón. Débora dijo a
Baraq:
«Levántate, porque éste es el día en que el Señor ha entregado a Sísara en tus
manos. ¿No va acaso el Señor delante de ti?»
Y Baraq descendió del monte Tabor con sus diez mil hombres. Y el Señor sembró el
pánico en Sísara, en todos sus carros y en todo su ejército ante Baraq. Sísara
bajó de su carro y huyó a pie. Baraq persiguió a los carros y al ejército hasta
Jaróshet Jag Goyim. Todo el ejército de Sísara cayó a filo de espada; ni uno
solo quedó.
Pero Sísara huyó a pie hacia la tienda de Yael, mujer de Jéber, el quenita,
porque reinaba la paz entre Yabín, rey de Jasor, y la casa de Jéber, el quenita.
Yael salió al encuentro de Sísara y le dijo:
«Ven, señor mío, ven hacia mí. No temas.»
Él se detuvo en su tienda y ella lo tapó con un cobertor. Él le dijo:
«Por favor, dame de beber un poco de agua, porque tengo sed.»
Ella abrió el odre de la leche, le dio de beber y lo volvió a cubrir. Él le
dijo:
«Estate a la entrada de la tienda y si alguno viene y te pregunta: "¿Hay alguien
aquí", respóndele que no.»
Pero Yael, mujer de Jéber, cogió un clavo de la tienda, tomó un martillo en su
mano, se le acercó silenciosamente y le hundió el clavo en la sien hasta
clavarlo en tierra. Él estaba profundamente dormido, agotado de cansancio, y
murió. Cuando llegó Baraq persiguiendo a Sísara, Yael salió a su encuentro y le
dijo:
«Ven, que te voy a enseñar al hombre que buscas.»
Entró con ella: Sísara yacía muerto con el clavo en la sien.
Así humilló Dios aquel día a Yabín, rey de Canaán,
ante los hijos de Israel. La mano de los israelitas fue
haciéndose cada vez más pesada sobre Yabín, rey de
Canaán, hasta que llegaron a acabar con él.
Responsorio 1Co 1, 27. 29; cf. 2Co 12, 9; 1Co 1, 28
R. Lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder,
de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor;
* que en la debilidad se muestra perfecto el poder de Dios.
V. Dios ha escogido lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta.
R. Que en la debilidad se muestra perfecto el poder de Dios.
O bien:
Del libro de los Jueces 5, 1-32
CÁNTICO DE DÉBORA
Aquel día, Débora y Baraq, hijo de Abinoam, cantaron:
«Porque cuelgan las melenas en Israel, por los voluntarios del pueblo, ¡bendecid
al Señor! Oíd, reyes; príncipes, escuchad: que voy a cantar, a cantar al Señor,
y a tocar para el Señor, Dios de Israel.
Señor, cuando salías de Seír, avanzando desde los campos de Edom, la tierra
temblaba, los cielos destilaban, agua destilaban las nubes, los montes se
agitaban, ante el Señor, el de Sinaí, ante el Señor, Dios de Israel.
En tiempo de Sangar, hijo de Anat, en tiempo de Yael, los caminos no se usaban,
las caravanas andaban por sendas tortuosas; ya no había aldeanos, no los había
en Israel, hasta que te pusiste en pie, Débora, te pusiste en pie, madre de
Israel. Se había escogido dioses nuevos: ya la guerra llegaba a las puertas. Ni
un escudo ni una lanza se veían entre cuarenta mil israelitas.
¡Mi corazón por los capitanes de Israel, por los voluntarios del pueblo!
¡Bendecid al Señor! Los que cabalgáis borricas pardas, sentados sobre albardas,
de camino, atended: tocando timbales y tambores, celebrad las
victorias de los aldeanos de Israel, cuando el pueblo del Señor acudió a las
puertas.
¡Despierta, despierta, Débora! ¡Despierta, despierta, entona un canto! ¡En pie,
Baraq! ¡Toma tus cautivos, hijo de Abinoam! Superviviente, somete a los
poderosos; pueblo del Señor, sométeme a los guerreros.
De Efraim, que arraiga en Amalec, siguiéndote Benjamín con sus familias; de
Maquir bajaron los capitanes, de Zabulón los que empuñan el bastón de mando; los
príncipes de Isacar con Débora, Isacar también con Baraq, los infantes
destacados al valle. Rubén, entre las acequias, decide cosas grandes. ¿Qué haces
sentado en los apriscos, escuchando la flauta de los pastores? ¡Rubén, entre las
acequias, decide cosas grandes! Galaad se ha quedado al otro lado del Jordán,
Dan sigue con sus barcos; Aser se ha quedado a la orilla del mar y sigue en sus
ensenadas. Zabulón es un pueblo que despreció la vida, como Neftalí en sus
campos elevados.
Llegaron los reyes al combate, combatieron los reyes de Canaán: en Taanac, junto
a las aguas de Meguido, no ganaron ni una pieza de plata. Desde el cielo
combatieron las estrellas, desde sus órbitas combatieron contra Sísara. El
torrente Quisón los arrolló, el torrente Quisón les hizo frente, el torrente
pisoteó a los valientes. Martillaban los cascos de los caballos al galope, al
galope de los bridones.
Maldecid a Meroz, maldecidla, dice el mensajero del Señor, maldecid a sus
habitantes, porque no vinieron en auxilio del Señor, en auxilio del Señor con
sus tropas.
¡Bendita entre las mujeres Yael, mujer de Jéber, el quenita, bendita entre las
que habitan en tiendas! Agua le pidió, y le dio leche, en taza de príncipes le
ofreció nata. Con la izquierda cogió el clavo, con la derecha el martillo del
obrero, golpeó a Sisara, machacándole el cráneo, lo destrozó atravesándole las
sienes. Se encorvó entre sus pies, cayó acostado, se encorvó entre sus pies,
cayó, encorvado, allí mismo cayó deshecho.
Desde la ventana, asomada, grita la madre de Sisara por la celosía: "¿Por qué
tarda en llegar su carro, por qué se retrasan los pasos de su tiro?" La más
sabia de sus damas le responde, y ella se repite las palabras: "Están cogiendo y
repartiendo el botín, una muchacha
o dos para cada soldado, paños de colores para Sisara, bordados y recamados para
el cuello de las cautivas."
¡Perezcan así, Señor, tus enemigos! ¡Tus amigos sean fuertes como el sol al
salir!»
Y el país estuvo en paz cuarenta años.
Responsorio Sal 17, 2. 3. 4
R. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.
* Dios mío, mi escudo y peña en que me amparo.
V. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos.
R. Dios mío, mi escudo y peña en que me amparo.
Año II:
Del libro de Esdras 4, 1-5. 24-5, 5
OPOSICIÓN A LA RECONSTRUCCIÓN DEL TEMPLO
En aquellos días, cuando los rivales de Judá y Benjamín se enteraron de que los
desterrados estaban construyendo el templo del Señor, Dios de Israel, se
presentaron a Zorobabel, a Josué y a los cabezas de familia, y les dijeron:
«Vamos a ayudaros, porque también nosotros servimos a vuestro Dios, igual que
vosotros, y le ofrecemos sacrificios desde que Asaradón de Asiria nos instaló
aquí.»
Zorobabel, Josué y los demás cabezas de familia les respondieron:
«No edificaremos juntos el templo de nuestro Dios. Lo haremos nosotros solos,
como ha mandado Ciro de Persia.»
Entonces, los colonos extranjeros se dedicaron a desmoralizar a los judíos y a
intimidarlos para que dejasen de construir. Desde tiempos de Ciro hasta el
reinado de Darío de Persia, estuvieron sobornando consejeros que hiciesen
fracasar sus planes.
Se suspendieron, pues, las obras del templo de Jerusalén y estuvieron paradas
hasta el año segundo del reinado de Darío de Persia.
Entonces, el profeta Ageo y el profeta Zacarías, hijo de Idó, comenzaron a
profetizar a los judíos de Judá y
Jerusalén como legados en nombre del Dios de Israel. Zorobabel, hijo de
Salatiel, y Josué, hijo de Josadac, se pusieron a reconstruir el templo de
Jerusalén, acompañados y alentados por los profetas de Dios. Pero Tatenay,
sátrapa de Transeufratina, Setar Boznay y sus colegas se acercaron, y les
dijeron:
«¿Quién os ha ordenado construir este templo y armar ese maderamen? ¿Cómo se
llaman los hombres que han mandado construir este edificio?»
Pero Dios velaba por las autoridades de Judá y les permitieron seguir las obras
mientras no llegase un decreto de Darío y les entregasen el escrito.
Responsorio Sal 84, 2. 5. 3
R. Señor, has sido bueno con tu tierra, has restaurado la suerte de Jacob.
* Restáuranos, Dios Salvador nuestro; cesa en tu rencor contra nosotros.
V. Has perdonado la culpa de tu pueblo, has sepultado todos sus pecados.
R. Restáuranos, Dios Salvador nuestro; cesa en tu rencor contra nosotros.
SEGUNDA LECTURA
Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.
(Cap. 11-12: CSEL 3, 274-275)
SANTIFICADO SEA TU NOMBRE
Cuán grande es la benignidad del Señor, cuán abundante la riqueza de su
condescendencia y de su bondad para con nosotros, pues ha querido que, cuando
nos pongamos en su presencia para orar, lo llamemos con el nombre de Padre y
seamos nosotros llamados hijos de Dios, a imitación de Cristo, su Hijo; ninguno
de nosotros se hubiera nunca atrevido a pronunciar este nombre en la oración, si
él no nos lo hubiese permitido. Por tanto, hermanos muy amados, debemos recordar
y saber que, pues llamamos Padre a Dios, tenemos que obrar como hijos suyos, a
fin de que él se complazca en nosotros, como nosotros nos complacemos de tenerlo
por Padre.
Sea nuestra conducta cual conviene a nuestra condición de templos de Dios, para
que se vea de verdad que Dios habita en nosotros. Que nuestras acciones no desdigan
del Espíritu: hemos comenzado a ser espirituales y celestiales y, por consiguiente,
hemos de pensar y obrar cosas espirituales y celestiales, ya que el mismo Señor Dios
ha dicho: Yo honro a los que me honran, y serán humillados los que me desprecian.
Asimismo el Apóstol dice en una de sus cartas: No os pertenecéis a vosotros mismos;
habéis sido comprados a precio; en verdad glorificad y llevad a Dios en vuestro
cuerpo.
A continuación añadimos: Santificado sea tu nombre, no en el sentido de que Dios
pueda ser santificado por nuestras oraciones, sino en el sentido de que pedimos
a Dios que su nombre sea santificado en nosotros. Por lo demás, ¿por quién
podría Dios ser santificado, si es él mismo quien santifica? Mas, como sea que
él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo, por esto pedimos y rogamos que
nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en esta
santificación inicial. Y esto lo pedimos cada día. Necesitamos, en efecto, de
esta santificación cotidiana, ya que todos los días delinquimos, y por esto
necesitamos ser purificados mediante esta continua y renovada santificación.
El Apóstol nos enseña en qué consiste esta santificación que Dios se digna
concedernos, cuando dice: Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros,
ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los
borrachos, ni los calumniadores, ni los rapaces poseerán el reino de Dios. Y en
verdad que eso erais algunos; pero fuisteis lavados, fuisteis santificados,
fuisteis justificados en el nombre de Jesucristo, el Señor, por el Espíritu de
nuestro Dios. Afirma que hemos sido santificados en el nombre de Jesucristo, el
Señor, por el Espíritu de nuestro Dios. Lo que pedimos, pues, es que permanezca
en nosotros esta santificación y -acordándonos de que nuestro juez y Señor conminó
a aquel hombre que él había curado y vivificado a que no volviera a pecar más, no
fuera que le sucediese algo peor- no dejamos de pedir a Dios, de día y de noche,
que la santificación y vivificación que nos viene de su gracia sea conservada en
nosotros con ayuda de esta misma gracia.
Responsorio Ez 36, 23. 25. 26. 27; Lv 11, 44
R. Mostraré la santidad de mi nombre ilustre; derramaré sobre vosotros un agua pura, os daré un corazón nuevo y os infundiré mi Espíritu;
* para que caminéis según mis preceptos y guardéis y cumpláis mis mandatos.
V. Sed santos, porque yo soy santo.
R. Para que caminéis según mis preceptos y guardéis y cumpláis mis mandatos.
Oración
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto
que el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia,
para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por
nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.