MARTES XXIII
PRIMERA LECTURA
Año I:
Del libro del profeta Amós 9, 1-15
SALVACIÓN DE LOS JUSTOS
En aquellos días, vi al Señor de pie junto al altar, y me dijo:
«¡Golpea los capiteles y que se desplomen los umbrales! Hazlos trizas sobre las
cabezas de todos, y a los que queden los mataré yo a espada; no escapará ni un
fugitivo, ni un evadido se salvará. Aunque perforen hasta el infierno, de allí
los sacará mi mano; aunque suban hasta el cielo, de allí los derribaré; aunque
se escondan en la cumbre del Carmelo, allí los descubriré y prenderé; aunque se
oculten de mis ojos en lo profundo del mar, allá enviaré la serpiente que los
muerda; aunque vayan prisioneros delante de sus enemigos, allá enviaré la espada
que los mate; volveré contra ellos mis ojos para mal, y no para bien.»
El Señor de los ejércitos toca la tierra y se derrite, y desfallecen sus
habitantes. La hace crecer como el Nilo, y menguar como el río de Egipto;
construye en el cielo su morada, cimienta sobre la tierra su bóveda; convoca las
aguas del mar, y las derrama sobre la superficie de la tierra. «El Señor» es su
nombre.
«¿No sois para mí como etíopes, hijos de Israel? -dice el Señor-. ¿No hice subir
a Israel del país de Egipto, como a los filisteos de Creta y a los sirios de Quir?
Mirad, los ojos del Señor se vuelven contra el reino pecador, lo aniquilaré de la
superficie de la tierra; pero no aniquilaré a la casa de Jacob -oráculo del Señor-.
Daré órdenes para que zarandeen a Israel entre las naciones, como se zarandea una
criba sin que caiga un grano a tierra. Los pecadores de mi pueblo morirán a espada,
los que dicen: "No se acerca, no nos alcanza la desgracia."
Aquel día levantaré la tienda caída de David, taparé sus brechas, levantaré sus
ruinas como en otros tiempos. Para que posean las primicias de Edom y de todas
las naciones donde se invocó mi nombre -oráculo del Señor-.
Mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que el que ara seguirá de cerca al
segador; el que pisa las uvas, al sembrador; los montes manarán vino, y fluirán
los collados. Haré volver los cautivos de Israel, reconstruirán las ciudades
destruidas y las habitarán, plantarán viñas y beberán de su vino, cultivarán
huertos y comerán de sus frutos. Los plantaré en su suelo, y no serán arrancados
de su tierra que yo les di -dice el Señor, tu Dios-.»
Responsorio Cf. Hch 15, 16-17. 14
R. «Para que busquen al Señor todos los hombres y todas las naciones que invocan mi nombre,
* volveré y reconstruiré la tienda de David que está caída», dice el Señor.
V. Dios intervino para procurarse entre los gentiles un pueblo para su nombre, según lo dice la Escritura.
R. «Volveré y reconstruiré la tienda de David que está caída», dice el Señor.
Año II
De la segunda carta del apóstol san Pedro 2, 1-9
LOS FALSOS DOCTORES
Hermanos: Hubo también falsos profetas en el pueblo, como también entre vosotros
habrá falsos maestros. Éstos introducirán sectas perniciosas, llegarán hasta a
negar al Señor que los rescató y atraerán sobre sí una rápida ruina. Muchos
seguirán sus torpezas y a causa de ellos será difamada la doctrina de la verdad.
Llevados de su avaricia, se aprovecharán de vosotros con cuentos y engaños; pero
su condena hace ya tiempo que está en acción y su ruina está en vela.
Dios no perdonó a los ángeles pecadores: después de haberlos precipitado en el
infierno, los recluyó en sus cavernas tenebrosas y los reservó para el juicio.
No perdonó al mundo antiguo: hizo caer el diluvio sobre aquel mundo de impíos,
preservando sólo a Noé, heraldo de la justicia divina, con otras siete personas.
Condenó a la destrucción a las ciudades de Sodoma y Gomorra, reduciéndolas a
cenizas, para escarmiento de los futuros impíos.
"Pero libró al justo Lot, que era acosado por la conducta desenfrenada de
aquellos disolutos y que, viviendo entre ellos, sentía día tras día su alma
justa atormentada por las iniquidades que tenía que ver y oír, pues el Señor
sabe librar de la prueba a los hombres justos y reserva a los malvados para
castigarlos en el día del juicio.
Responsorio Mt 7, 15; 24, 11. 24
R. Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros disfrazados de ovejas,
* pero por dentro son lobos rapaces.
V. Surgirán muchos falsos profetas, que obrarán grandes señales y prodigios y engañarán a muchos.
R. Pero por dentro son lobos rapaces.
SEGUNDA LECTURA
De las Cuestiones de san Máximo Confesor, abad, a Talasio
(Cuestión 63: PG 90, 667-670)
LA LUZ QUE ILUMINA A TODO HOMBRE
La lámpara colocada sobre el candelero, de la que habla la Escritura, es nuestro
Señor Jesucristo, luz verdadera del Padre, que viniendo a este mundo ilumina a
todo hombre; al tomar nuestra carne, el Señor se ha convertido en lámpara y por
esto es llamado «luz», es decir, Sabiduría y Palabra del Padre y de su misma
naturaleza. Como tal es proclamado en la Iglesia por la fe y por la piedad de
los fieles. Glorificado y manifestado ante las naciones por su vida santa y por
la observancia de los mandamientos, alumbra a todos los que están en la casa (es
decir, en este mundo), tal como lo afirma en cierto lugar esta misma Palabra de
Dios: No se enciende una lámpara para meterla bajo el celemín, sino para ponerla
sobre el candelero, así alumbra a todos los que están en la casa. Se llama a sí
mismo claramente lámpara, como quiera que siendo Dios por naturaleza quiso hacerse
hombre por una dignación de su amor.
Según mi parecer, también el gran David se refiere a esto cuando, hablando del
Señor, dice: Lámpara es tu
palabra para mis pasos, luz en mi sendero. Con razón,
pues, la Escritura llama lámpara a nuestro Dios y Salvador, ya que él nos libra
de las tinieblas de la ignorancia y del mal.
El, en efecto, al disipar, a semejanza de una lámpara, la oscuridad de nuestra
ignorancia y las tinieblas de nuestro pecado, ha venido a ser como un camino de
salvación para todos los hombres: con la fuerza que comunica y con el
conocimiento que otorga, el Señor conduce hacia el Padre a quienes con él
quieren avanzar por el camino de la justicia y seguir la senda de los mandatos
divinos. En cuanto al candelero, hay que decir que significa la santa Iglesia,
la cual, con su predicación, hace que la palabra luminosa de Dios brille e
ilumine a los hombres del mundo entero, como si fueran los moradores de la casa,
y sean llevados de este modo al conocimiento de Dios con los fulgores de la
verdad.
La palabra de Dios no puede, en modo alguno, quedar oculta bajo el celemín; al
contrario, debe ser colocada en lo más alto de la Iglesia, como el mejor de sus
adornos. Si la palabra quedara disimulada bajo la letra de la ley, como bajo un
celemín, dejaría de iluminar con su luz eterna a los hombres. Escondida bajo el
celemín, la palabra ya no sería fuente de contemplación espiritual para los que
desean librarse de la seducción de los sentidos, que, con su engaño, nos
inclinan a captar solamente las cosas pasajeras y materiales; puesta, en cambio,
sobre el candelero de la Iglesia, es decir, interpretada por el culto en
espíritu y verdad, la palabra de Dios ilumina a todos los hombres. La letra, en
efecto, si no se interpreta según su sentido espiritual, no tiene más valor que
el sensible y está limitada a lo que significan materialmente sus palabras, sin
que el alma llegue a comprender el sentido de lo que está escrito.
No coloquemos, pues, bajo el celemín, con nuestros pensamientos racionales, la
lámpara encendida (es decir, la palabra que ilumina la inteligencia), a fin de
que no se nos pueda culpar de haber colocado bajo la materialidad de la letra la
fuerza incomprensible de la sabiduría; coloquémosla, más bien, sobre el candelero
(es decir, sobre la interpretación que le da la Iglesia), en lo más elevado de la
genuina contemplación; así iluminará a todos los hombres con los fulgores de la
revelación divina.
Responsorio Jn 12, 35. 36; 9, 39
R. Caminad mientras tenéis luz, para que las tinieblas no os sorprendan.
* Mientras tenéis luz, creed en la luz, para que seáis hijos de la luz.
V. Yo he venido a este mundo para que los que no ven vean.
R. Mientras tenéis luz, creed en la luz, para que seáis hijos de la luz.
Oración
Dios nuestro, que nos has enviado la redención y concedido la filiación adoptiva,
protege con bondad a los hijos que tanto amas, y concédenos, por nuestra fe en Cristo,
la verdadera libertad y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.