SÁBADO XXXI
PRIMERA LECTURA
Año I
Comienza el libro del profeta Ezequiel 1, 3-14.22 - 2, 1b
VISIÓN DE LA GLORIA DEL SEÑOR TENIDA POR EZEQUIEL EN EL DESTIERRO
En aquellos días, fue dirigida la palabra del Señor a Ezequiel, sacerdote, hijo
de Buz, en el país de los caldeos, a orillas del río Kebar, y fue allí arrebatado
en éxtasis:
Vi que venía del norte un viento huracanado, una gran nube con resplandores en torno
y zigzagueo de relámpagos, y en su centro como el fulgor del electro. En medio
aparecía la figura de cuatro seres vivientes que tenían forma humana, pero cada uno
tenía cuatro caras y cuatro alas. Sus piernas eran rectas y sus pies como pezuñas de
novillo, y relucían como bronce bruñido Bajo sus alas tenía brazos humanos. Las caras
de los cuatro estaban vueltas hacia las cuatro direcciones, y sus alas estaban unidas
de dos en dos. No se volvían al caminar, cada uno marchaba de frente.
En cuanto al aspecto de su semblante: una cara era de hombre y por el lado derecho
los cuatro tenían cara de león, por el lado izquierdo la cara de los cuatro era de
toro, y tenían también los cuatro una cara de águila. Sus alas estaban extendidas
hacia arriba. Cada uno tenía un par de alas que se tocaban entre sí, y otro par que
les cubría el cuerpo. Los cuatro caminaban de frente, avanzaban hacia donde el
espíritu los impulsaba y no se volvían al caminar.
Entre esos seres vivientes había como ascuas encendidas, parecían como antorchas que se
agitaban entre ellos. El fuego brillaba con un vivo resplandor y de él saltaban rayos.
Y los cuatro seres iban y venían como relámpagos. Sobre la cabeza dedos seres vivientes
había una especie de plataforma, refulgente como el cristal. Bajo la plataforma estaban
extendidas sus alas horizontalmente, mientras las otras dos alas de cada uno les cubrían
el cuerpo.
Y oí el rumor de sus alas cuando se movían, como el fragor de aguas caudalosas,
como el trueno del Todopoderoso, como gritería de multitudes o como el estruendo
de un ejército en batalla. Cuando se detenían plegaban sus alas. Entonces resonó
una voz sobre la plataforma que estaba sobre sus cabezas.
Encima de la plataforma había una como piedra de zafiro en forma de trono, y
sobre esta especie de trono sobresalía una figura de aspecto semejante al de un
hombre. Y vi luego un brillo, como el fulgor del electro, algo así como un fuego
que lo envolvía, desde lo que parecía ser su cintura para arriba; y, desde lo
que parecía ser su cintura para abajo, vi también algo así como un fuego, que
producía un resplandor en torno. El resplandor que lo nimbaba era como el arco
iris que aparece en las nubes cuando llueve. Tal era la apariencia visible de
la gloria del Señor. Al contemplarla, caí rostro en tierra, y oí la voz de uno
que me hablaba.
Responsorio Cf. Ez 1, 26; 3, 12; Ap 5, 13
R. Vi sobre una espacie de trono una figura de aspecto semejante al de un hombre,
y escuché una voz, como el estruendo de un terremoto, que decía:
* «Bendita sea la gloria del Señor en su morada.»
V. Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza,
el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.
R. Bendita sea la gloria del Señor en su morada.
Año II:
Del libro de la Sabiduría 18, 1-16; 19, 3-9
LA NOCHE DE LA PASCUA
Tus santos disfrutaban de espléndida luz; los egipcios, que oían sus voces sin
ver su figura, los felicitaban por no haber padecido como ellos; les daban las
gracias porque no se desquitaban de los malos tratos recibidos y les pedían por
favor que se marcharan. Entonces, les proporcionaste una columna de fuego, que
los guiara en el viaje desconocido, y un sol, inofensivo, para sus andanzas
gloriosas. En cambio, bien merecían verse privados de luz, prisioneros de las
tinieblas, los que tuvieron encerrados en prisión a tus hijos, los cuales habían
de dar al mundo la luz imperecedera de la ley.
Cuando decidieron matar a los niños de los santos -y se salvó uno solo, expósito-,
en castigo les arrebataste sus hijos en masa, y los eliminaste a todos juntos en
las aguas formidables. Aquella noche fue anunciada de antemano a nuestros padres,
para que tuvieran ánimo, al conocer con certeza la promesa de que se fiaban. Tu
pueblo esperaba ya la salvación de los inocentes y la perdición de los enemigos,
pues con una misma acción castigabas a los adversarios y nos honrabas llamándonos
a ti.
Los piadosos herederos de las bendiciones ofrecían sacrificios a escondidas y, de
común acuerdo, se imponían esta ley sagrada: que todos los santos serían solidarios
en los peligros y en los bienes, y empezaron a entonar los himnos tradicionales.
Hacían eco los gritos destemplados de los enemigos, y cundía el clamor quejumbroso
del duelo por sus hijos; idéntico castigo sufrían el esclavo y el amo, el plebeyo y
el rey padecían lo mismo; todos sin distinción tenían muertos innumerables, víctimas
de la misma muerte; los vivos no daban abasto para enterrarlos, porque en un momento
pereció lo mejor de su raza. Aunque la magia los había hecho desconfiar de todo,
cuando el exterminio de los primogénitos confesaron que el pueblo aquel era hijo de
Dios.
Cuando un sosegado silencio todo lo envolvía y la noche se encontraba en la mitad de
su carrera, tu palabra omnipotente, como paladín inexorable, descendió del cielo
desde el trono real al país condenado; llevaba la espada afilada de tu orden
terminante; se detuvo y lo lleno todo de muerte pisaba la tierra y tocaba el cielo.
Pero aquéllos, antes de terminar los funerales, llorando junto a las tumbas de
los muertos, tramaron otro plan insensato, y a los .que habían expulsado con
súplicas, los perseguían como fugitivos. Hasta este extremo los arrastró su
merecido destino y los hizo olvidarse del pasado, para que remataran con sus
torturas el castigo pendiente, y, mientras tu pueblo realizaba un viaje
sorprendente, toparan ellos con una muerte insólita.
Porque la creación entera, cumpliendo tus órdenes, cambió radicalmente de
naturaleza, para guardar incólumes a tus hijos. Se vio la nube dando sombra al
campamento, la tierra firme emergiendo donde había antes agua, el mar Rojo
convertido en camino practicable y el violento oleaje hecho una vega verde; por
allí pasaron, en formación compacta, los que iban protegidos por tu mano,
presenciando prodigios asombrosos. Retozaban como potros y triscaban como
corderos, alabándote a ti, Señor, su libertador.
Responsorio Cf. Sb 19, 5. 6. 7; 10, 20
R. Tus santos, Señor, realizaron un viaje sorprendente, cumpliendo tus órdenes, y los guardaste incólumes en medio del violento oleaje.
* Emergió la tierra firme, convertido el mar Rojo en camino practicable.
V. Cantaron, Señor, un himno a tu santo nombre, ensalzando a coro tu mano victoriosa.
R. Emergió la tierra firme, convertido el mar Rojo en camino practicable.
SEGUNDA LECTURA
Del Tratado de san Ambrosio, obispo, Sobre el bien de la muerte
(Cap. 3, 9; 4, 15: CSEL 32, 710. 716-717)
LLEVEMOS SIEMPRE EN NOSOTROS LOS SUFRIMIENTOS MORTALES DE JESÚS
Dice el Apóstol: El mundo está crucificado para mí y yo para el mundo.
Existe, pues, en esta vida una muerte que es buena; por ello se nos exhorta a
que llevemos siempre en nosotros por todas partes los sufrimientos mortales
de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nosotros.
Que la muerte vaya, pues, actuando en nosotros, para que también se manifieste
en nosotros la vida, es decir, para que obtengamos aquella vida buena que sigue
a la muerte, vida dichosa después de la victoria, vida feliz, terminado el
combate, vida en la que la ley de la carne no se opone ya a la ley del espíritu,
vida, finalmente, en la que ya no es necesario luchar contra el cuerpo mortal,
porque el mismo cuerpo mortal ha alcanzado ya la victoria.
Yo mismo no sabría decir si la grandeza de esta muerte es mayor incluso que la
misma vida. Pues me hace dudar la autoridad del Apóstol que afirma: En nosotros
va trabajando la muerte, y en vosotros va actuando la vida. En efecto, ¡cuántos
pueblos no fueron engendrados a la vida por la muerte de uno solo! Por ello
enseña el Apóstol que los que viven en esta vida deben apetecer que la muerte
feliz de Cristo brille en sus propios cuerpos y deshaga nuestra condición física
para que nuestro interior se renueve y, desmoronándose la morada terrestre en
que acampamos, dé lugar a la edificación de una casa eterna en el cielo.
Imita, pues, la muerte del Señor quien se aparta de la vida según la carne y
aleja de sí aquellas injusticias de las que el Señor dice por Isaías: Abre las
prisiones injustas, haz saltar las coyundas de los yugos, deja libres a los
oprimidos, rompe todos los cepos.
El Señor, pues, quiso morir y penetrar en el reino de la muerte para destruir
con ello toda culpa; pero, a fin de que la naturaleza humana no acabara
nuevamente en la muerte, se nos dio la resurrección de los muertos: así
por la muerte fue destruida la culpa y por la resurrección la naturaleza humana
recobró la inmortalidad.
La muerte de Cristo es, pues, como la transformación
del universo. Es necesario, por tanto, que también tú te vayas transformando sin
cesar: debes pasar de la corrupción a la incorrupción, de la muerte a la vida,
de la mortal dad a la inmortalidad; de la turbación a la paz. No te perturbe,
pues, el oír el nombre de muerte, antes bien, deléitate en los dones que te
aporta este tránsito feliz. ¿Qué significa en realidad para ti la muerte sino la
sepultura de los vicios y la resurrección de las virtudes? Por eso dice la
Escritura: Muera yo con la muerte de los justos, es decir, sea yo sepultado como
ellos, para que desaparezcan mis culpas y sea revestido de la santidad de los
justos, es decir, de aquellos que llevan en su cuerpo y en su alma la muerte de
Cristo.
Responsorio 2Tm 2, 11-12; Sir 1, 29
R. Verdadera es la sentencia que dice: Si hemos muerto con él, viviremos también con él;
* si tenemos constancia en el sufrir, reinaremos también con él.
V. El hombre paciente resiste hasta el momento preciso, mas luego
brotará para él abundantemente la alegría.
R. Si tenemos constancia en el sufrir, reinaremos también con él.
Oración
Señor de poder y de misericordia, cuyo favor hace digno y agradable el servicio de tus fieles,
concédenos caminar sin tropiezos hacia los bienes que nos prometes. Por nuestro Señor Jesucristo,
tu Hijo.