VIERNES XI
PRIMERA LECTURA
Año I:
Del libro de los Jueces 8, 22-23. 30-32; 9, 1-15. 19-20
PRIMER INTENTO DEL PUEBLO DE DIOS POR TENER UN REY
En aquellos días, los hombres de Israel dijeron a Gedeón:
«Reina sobre nosotros tú, tu hijo y tu nieto, pues nos has salvado de la mano de
Madián.»
Pero Gedeón les respondió:
«No seré yo quien reine sobre vosotros, ni mi hijo: el Señor será vuestro rey.»
Gedeón tuvo setenta hijos, nacidos de él, pues tenía muchas mujeres. Y la
concubina que tenía en Siquem le dio a luz también un hijo, a quien puso por
nombre Abimelec. Murió Gedeón, hijo de Joás, después de una dichosa vejez y fue
enterrado en la tumba de su padre, Joás, en Ofrá de Abiezer.
Abimelec, hijo de Yerubbaal, marchó a Siquem, donde estaban los hermanos de su
madre, y les dijo a ellos y a todo el clan de su madre:
«Decid esto, por favor, a oídos de todos los jefes de Siquem: "¿Qué es mejor
para vosotros, que os estén mandando setenta hombres, todos los hijos de
Yerubbaal, o que os mande uno solo? Recordad, además, que yo soy de vuestros
huesos y de vuestra carne."»
Los hermanos de su madre hablaron de él en los mismos términos a todos los
vecinos de Siquem, y su corazón se inclinó hacia Abimelec, porque decían:
«Es nuestro hermano.»
Le dieron setenta siclos de plata del templo de Baal Berit, con los que Abimelec
contrató a hombres miserables y vagabundos, que marcharon con él. Fue entonces a
casa de su padre, en Ofrá, y mató a sus hermanos, los hijos de Yerubbaal,
setenta hombres, sobre una misma piedra. Sólo escapó Yotán, el hijo menor de
Yerubbaal, porque se escondió. Luego se reunieron todos los vecinos de Siquem y
todo Bet-Miló y proclamaron rey a Abimelec, junto al terebinto de la estela que
hay en Siquem.
Se lo anunciaron a Yotán, quien se colocó en la cumbre del monte Garizim, alzó
la voz y clamó:
«Escuchadme, vecinos de Siquem, y que Dios os escuche a vosotros. Un día los
árboles se pusieron en camino para buscarse un rey a quien ungir. Y dijeron al
olivo:
"Sé tú nuestro rey."
El olivo les respondió:
"¿Voy a renunciar al aceite con el que; gracias a mí, son honrados los dioses y
los hombres, para ir a balancearme por encima de los árboles?"
Entonces los árboles dijeron a la higuera:
"Ven tú a reinar sobre nosotros."
La higuera les respondió:
"¿Voy a renunciar a mi dulzura y a mi sabroso fruto, para ir a mecerme por
encima de los árboles?"
Dijeron luego los árboles a la vid:
"Ven tú a reinar sobre nosotros."
La vid les respondió:
"¿Voy a renunciar a mi vino, el que alegra a los dioses y a los hombres, para ir
a bambolearme por encima de los árboles?"
Finalmente, todos los árboles dijeron a la zarza:
"Ven tú a reinar sobre nosotros."
La zarza respondió a los árboles:
"Si venís con sinceridad a ungirme a mí para reinar sobre vosotros, llegad y
cobijaos a mi sombra. Y, si así no fuese, brote de la zarza fuego que devore a
los cedros del Líbano.",
Si, pues, habéis obrado vosotros con sinceridad y lealtad con Yerubbaal y con su
casa el día de hoy, que Abimelec sea vuestra alegría y vosotros la suya. Pero,
si no ha sido así, que salga fuego de Abimelec y devore a los vecinos de Siquem
y de Bet-Miló, y que salga fuego de los vecinos de Siquem y de Bet-Miló y devore
a Abimelec.»
Responsorio Jc 8, 23; Ap 5, 13
R. No seré yo quien reine sobre vosotros, ni mi hijo:
* el Señor será vuestro rey.
V. Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza,
el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.
R. El Señor será vuestro rey.
Año II:
Comienza el libro del profeta Zacarías 1, 1-21
VISIÓN SOBRE EL RESTABLECIMIENTO DE JERUSALÉN
En el mes octavo del año segundo de Darío, fue dirigida la palabra del Señor al
profeta Zacarías, hijo de Baraquías, hijo de Guedí, en estos términos:
«El Señor está irritado contra vuestros padres. Les dirás: "Así dice el Señor de
los ejércitos: Convertíos a mí, y me convertiré a vosotros. No seáis como
vuestros padres, a quienes predicaban los antiguos profetas: Así dice el Señor:
Convertíos de vuestra mala conducta y de vuestras malas obras', pero no me
obedecieron ni me hicieron caso -oráculo del Señor-. Vuestros padres ¿dónde
están ahora? Vuestros profetas ¿viven eternamente? Pero mis palabras y preceptos
que mandé a mis siervos los profetas ¿no es verdad que alcanzaron a vuestros
padres? Por eso ellos se convirtieron, diciendo: `Como el Señor de los ejércitos
había dispuesto tratarnos por nuestra conducta y obras, así nos ha sucedido.»
El día veinticuatro del mes undécimo -el mes de Sebat- del año segundo de Darío,
vino el siguiente mensaje del Señor al profeta Zacarías, hijo de Baraquías, hijo
de Guedí:
Tuve una visión nocturna: Vi un jinete sobre un caballo rojo, de pie entre los
mirtos de un valle; detrás de él había caballos rojos, castaños, negros y
blancos; pregunté:
«¿Quiénes son éstos, señor?»
Y me contestó el ángel del Señor que estaba entre los mirtos:
«Te mostraré quiénes son.»
Pero el jinete que estaba entre los mirtos dijo:
«A éstos los ha despachado el Señor para que recorran la tierra.»
Contestaron éstos al ángel del Señor que estaba entre los mirtos:
«Hemos recorrido la tierra, y toda ella está quieta y en paz.»
Preguntó el ángel del Señor:
«¿Hasta cuándo, Señor de los ejércitos, no te compadecerás de Jerusalén y de las
ciudades de Judá, contra las que estás irritado desde hace setenta años?»
Respondió el Señor al ángel que hablaba conmigo palabras buenas, palabras de
consuelo. El ángel que me hablaba me dijo:
«Proclama lo siguiente: "Así dice el Señor de los ejércitos: Siento gran celo
por Jerusalén y por Sión, y una gran cólera contra las naciones confiadas que
contribuyeron a la desgracia durante mi breve cólera. Por eso, así dice el Señor: Me
vuelvo con misericordia a Jerusalén. En ella será reedificado mi templo -oráculo
del Señor de los ejércitos-, el cordel de medir será tendido sobre Jerusalén."
Proclama también: "Así dice el Señor de los ejércitos: Otra vez rebosarán las
ciudades de bienes, el Señor consolará otra vez a Sión y elegirá de nuevo a
Jerusalén."»
Levanté luego los ojos y vi cuatro cuernos. Pregunté al ángel que hablaba
conmigo:
«¿Qué significan?»
Él contestó:
«Éstos son los cuernos que dispersaron a Judá, Israel y Jerusalén.»
Después el Señor me hizo ver cuatro herreros. Pregunté:
«¿Qué han venido a hacer?»
Respondió:
«Aquéllos eran los cuernos que dispersaron a Judá, hasta no dejar alzar cabeza a
un solo hombre; y éstos vinieron a abatirlos, para derribar los cuernos de las
naciones que levantaron su poder contra la tierra de Judá para dispersarla.»
Responsorio Za 1, 16; Ap 21, 23
R. Me vuelvo con misericordia a Jerusalén;
* en ella será reedificado mi templo.
V. La ciudad no necesita ni de sol ni de luna, porque su lámpara es el Cordero.
R. En ella será reedificado mi templo.
SEGUNDA LECTURA
Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.
(Cap. 23-24: CSEL 3, 284-285)
QUE LOS QUE SOMOS HIJOS DE DIOS PERMANEZCAMOS EN LA PAZ DE DIOS
El Señor añade una condición necesaria e ineludible, que es a la vez un mandato
y una promesa, esto es, que pidamos el perdón de nuestras ofensas en la medida
en que nosotros perdonamos a los que nos ofenden, para que sepamos que es
imposible alcanzar el perdón que pedimos de nuestros pecados si nosotros no
actuamos de modo semejante con los que nos han hecho alguna ofensa. Por ello
dice también en otro lugar: Con la medida con que midáis se os medirá a
vosotros. Y aquel siervo del Evangelio, a quien su amo había perdonado toda la
deuda y que no quiso luego perdonarla a su compañero, fue arrojado a la cárcel.
Por no haber querido ser indulgente con su compañero, perdió la indulgencia que
había conseguido de su amo.
Y vuelve Cristo a inculcarnos esto mismo, todavía con más fuerza y energía,
cuando nos manda severamente: Cuando estéis rezando, si tenéis alguna cosa contra alguien, perdonadle primero,
para que vuestro Padre celestial os perdone también vuestros pecados. Pero si
vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre celestial perdonará vuestros
pecados. Ninguna excusa tendrás en el
día del juicio, ya que serás juzgado según tu propia sentencia y serás tratado
conforme a lo que tú hayas hecho.
Dios quiere que seamos pacíficos y concordes y que habitemos unánimes en su
casa, y que perseveremos en nuestra condición de renacidos a una vida nueva, de
tal modo que los que somos hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios y los
que tenemos un solo espíritu tengamos también un solo pensar y sentir. Por esto
Dios tampoco acepta el sacrificio del que no está en concordia con alguien, y le
manda que se retire del altar y vaya primero a reconciliarse con su hermano; una
vez que se haya puesto en paz con él, podrá también reconciliarse con Dios en
sus plegarias. El sacrificio más importante a los ojos de Dios es nuestra paz y
concordia fraterna y un pueblo cuya unión sea un reflejo de la unidad que existe
entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Además, en aquellos primeros sacrificios que ofrecieron Abel y Caín, lo que
miraba Dios no era la ofrenda en sí, sino la intención del oferente, y por eso
le agradó la ofrenda del que se la ofrecía con intención recta. Abel, el
pacífico y justo, con su sacrificio irreprochable, enseñó a los demás que,
cuando se acerquen al altar para hacer su ofrenda, deben hacerlo con temor de
Dios, con rectitud de corazón, con sinceridad, con paz y concordia. En efecto, el
justo Abel, cuyo sacrificio había reunido estas cualidades, se convirtió más tarde
él mismo en sacrificio y así, con su sangre gloriosa, por haber obtenido la justicia
y la paz del Señor, fue el primero en mostrar lo que había de ser el martirio, que
culminaría en la pasión del Señor. Aquellos que lo imitan son los que serán
coronados por el Señor, los que serán reivindicados el día del juicio.
Por lo demás, los discordes, los disidentes, los que no están en paz con sus
hermanos no se librarán del pecado de su discordia, aunque sufran la muerte por
el nombre de Cristo, como atestiguan el Apóstol y otros lugares de la sagrada
Escritura, pues está escrito: Quien aborrece a su hermano es un homicida, y el
homicida no puede alcanzar el reino de los cielos y vivir con Dios. No puede
vivir con Cristo el que prefiere imitar a Judas y no a Cristo.
Responsorio Ef 4, 1. 3. 4; Rm 15, 5. 6
R. Os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados:
esforzaos por mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz,
* como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados.
V. Dios os conceda tener un mismo sentir entre vosotros; así con un mismo corazón y una misma boca le daréis gloria.
R. Como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados.
Oración
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto
que el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia,
para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por
nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.