EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL
VERBUM DOMINI
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL EPISCOPADO, AL CLERO,
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A LOS FIELES LAICOS
SOBRE LA PALABRA DE DIOS
EN LA VIDA Y EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA
ÍNDICE
Introducción[1]
Para que nuestra alegría sea perfecta [2]
De la «Dei Verbum» al Sínodo sobre la Palabra de Dios [3]
El Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios [4]
El Prólogo del Evangelio de Juan como guía [5]
Dios en diálogo [6]
Analogía de la Palabra de Dios [7]
Dimensión cósmica de la Palabra [8]
La creación del hombre [9]
Realismo de la Palabra [10]
Cristología de la Palabra [11-13]
Dimensión escatológica de la Palabra de Dios [14]
La Palabra de Dios y el Espíritu Santo [15-16]
Tradición y Escritura [17-18]
Sagrada Escritura, inspiración y verdad [19]
Dios Padre, fuente y origen de la Palabra [20-21]
La respuesta del hombre al Dios que habla
Llamados a entrar en la Alianza con Dios 43
Dios escucha al hombre y responde a sus interrogantes [23]
Dialogar con Dios mediante sus palabras [24]
Palabra de Dios y fe [25]
El pecado como falta de escucha a la Palabra de Dios [26]
María «Mater Verbi Dei» y «Mater fidei» [27-28]
La hermenéutica de la sagrada Escritura en la Iglesia
La Iglesia lugar originario de la hermenéutica de la Biblia [29-30]
«Alma de la Teología» [31]
Desarrollo de la investigación bíblica y Magisterio eclesial [32-33]
La hermenéutica bíblica conciliar: una indicación que se ha de
seguir [34]
El peligro del dualismo y la hermenéutica secularizada [35]
Fe y razón en relación con la Escritura [36]
Sentido literal y sentido espiritual [37]
Necesidad de trascender la «letra» [38]
Unidad intrínseca de la Biblia [39]
Relación entre Antiguo y Nuevo Testamento[40-41]
Las páginas «oscuras» de la Biblia [42]
Cristianos y judíos en relación con la Sagrada Escritura [43]
La interpretación fundamentalista de las Escrituras [44]
Diálogo entre pastores, teólogos y exegetas [45]
Biblia y ecumenismo [46]
Consecuencias en el planteamiento de los estudios teológicos [47]
Los santos y la interpretación de la Escritura [48-49]
SEGUNDA PARTE
VERBUM IN ECCLESIA
La palabra de Dios y la Iglesia
La Iglesia acoge la Palabra [50]
Contemporaneidad de Cristo en la vida de la Iglesia [51]
La liturgia, lugar privilegiado de la palabra de Dios
La Palabra de Dios en la sagrada liturgia [52]
Sagrada Escritura y sacramentos [53]
Palabra de Dios y Eucaristía [54-55]
Sacramentalidad de la Palabra [56]
La Sagrada Escritura y el Leccionario [57]
Proclamación de la Palabra y ministerio del lectorado [58]
Importancia de la homilía [59]
Oportunidad de un Directorio homilético [60]
Palabra de Dios, Reconciliación y Unción de los enfermos [61]
Palabra de Dios y Liturgia de las Horas [62]
Palabra de Dios y Bendicional [63]
Sugerencias y propuestas concretas para la animación litúrgica [64]
a) Celebraciones de la Palabra de Dios [65]
b) La Palabra y el silencio [66]
c) Proclamación solemne de la Palabra de Dios[67]
d) La Palabra de Dios en el templo cristiano [68]
e) Exclusividad de los textos bíblicos en la liturgia [69]
f) El canto litúrgico bíblicamente inspirado [70]
g) Especial atención a los discapacitados de la vista y el oído [71]
La palabra de Dios en la vida eclesial
Encontrar la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura [72]
La animación bíblica de la pastoral [73]
Dimensión bíblica de la catequesis [74]
Formación bíblica de los cristianos [75]
La Sagrada Escritura en los grandes encuentros eclesiales [76]
Palabra de Dios y vocaciones [77]
a) Palabra de Dios y ministros ordenados[78-81]
b) Palabra de Dios y candidatos al Orden sagrado [82]
c) Palabra de Dios y vida consagrada [83]
d) Palabra de Dios y fieles laicos [84]
e) Palabra de Dios, matrimonio y familia [85]
Lectura orante de la Sagrada Escritura y «lectio divina» [86-87]
Palabra de Dios y oración mariana [88]
Palabra de Dios y Tierra Santa [89]
La misión de la Iglesia: anunciar la palabra de Dios al mundo
La Palabra del Padre y hacia el Padre [90]
Anunciar al mundo el «Logos» de la esperanza [91]
De la Palabra de Dios surge la misión de laIglesia [92]
Palabra y Reino de Dios [93]
Todos los bautizados responsables del anuncio[94]
Necesidad de la «missio ad gentes» [95]
Anuncio y nueva evangelización [96]
Palabra de Dios y testimonio cristiano [97-98]
Palabra de Dios y compromiso en el mundo
Servir a Jesús en sus «humildes hermanos» (Mt 25,40) [99]
Palabra de Dios y compromiso por la justicia en la sociedad
[100-101]
Anuncio de la Palabra de Dios, reconciliación y paz entre los pueblos [102]
La Palabra de Dios y la caridad efectiva [103]
Anuncio de la Palabra de Dios y los jóvenes [104]
Anuncio de la Palabra de Dios y los emigrantes[105]
Anuncio de la Palabra de Dios y los que sufren [106]
Anuncio de la Palabra de Dios y los pobres [107]
Palabra de Dios y salvaguardia de la Creación [108]
El valor de la cultura para la vida del hombre [109]
La Biblia como un gran código para las culturas [110]
El conocimiento de la Biblia en la escuela y la universidad [111]
La Sagrada Escritura en las diversas manifestaciones artísticas [112]
Palabra de Dios y medios de comunicación social [113]
Biblia e inculturación [114]
Traducciones y difusión de la Biblia [115]
La Palabra de Dios supera los límites de las culturas [116]
Palabra de Dios y diálogo interreligioso
El valor del diálogo interreligioso [117]
Diálogo entre cristianos y musulmanes [118]
Diálogo con las demás religiones [119]
Diálogo y libertad religiosa [120]
La palabra definitiva de Dios [121]
Nueva evangelización y nueva escucha [122]
La Palabra y la alegría [123]
«Mater Verbi et Mater laetitiae»[124]
1. La palabra del Señor permanece para siempre. Y esa
palabra es el Evangelio que os anunciamos» (1 P 1,25: cf. Is
40,8). Esta frase de la Primera carta de san Pedro, que retoma
las palabras del profeta Isaías, nos pone frente al misterio de Dios que
se comunica a sí mismo mediante el don de su palabra. Esta palabra, que
permanece para siempre, ha entrado en el tiempo. Dios ha pronunciado su
palabra eterna de un modo humano; su Verbo «se hizo carne» (Jn1,14).
Ésta es la buena noticia. Éste es el anuncio que, a través de los
siglos, llega hasta nosotros. La
XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se
celebró en el Vaticano del 5 al 26 de octubre de 2008, tuvo como tema
La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia. Fue una
experiencia profunda de encuentro con Cristo, Verbo del Padre, que está
presente donde dos o tres están reunidos en su nombre (cf. Mt
18,20). Con esta Exhortación, cumplo con agrado la petición de los
Padres de dar a conocer a todo el Pueblo de Dios la riqueza surgida en
la reunión vaticana y las indicaciones propuestas, como fruto del
trabajo en común.[1] En esta
perspectiva, pretendo retomar todo lo que el Sínodo ha elaborado,
teniendo en cuenta los documentos presentados: los
Lineamenta, el
Instrumentum laboris, las Relaciones ante y post
disceptationem y los textos de las intervenciones, tanto leídas en
el aula como las presentadas in scriptis, las Relaciones de los
círculos menores y sus debates, el
Mensaje final al Pueblo de Dios y, sobre todo, algunas propuestas
específicas (Propositiones), que los Padres han considerado de
particular relieve. En este sentido, deseo indicar algunas líneas
fundamentales para revalorizar la Palabra divina en la vida de la
Iglesia, fuente de constante renovación, deseando al mismo tiempo que
ella sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial.
Para que nuestra alegría sea perfecta
2. En primer lugar, quisiera recordar la belleza y el
encanto del renovado encuentro con el Señor Jesús experimentado durante
la Asamblea sinodal. Por eso, haciéndome eco de la voz de los Padres, me
dirijo a todos los fieles con las palabras de san Juan en su primera
carta: «Os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos
manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos para que estéis
unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo
Jesucristo» (1 Jn 1,2-3). El Apóstol habla de
oír, ver, tocar y contemplar (cf. 1,1) al Verbo
de la Vida, porque la vida misma se manifestó en Cristo. Y nosotros,
llamados a la comunión con Dios y entre nosotros, debemos ser
anunciadores de este don. En esta perspectiva kerigmática, la Asamblea
sinodal ha sido para la Iglesia y el mundo un testimonio de la belleza
del encuentro con la Palabra de Dios en la comunión eclesial. Por tanto,
exhorto a todos los fieles a reavivar el encuentro personal y
comunitario con Cristo, Verbo de la Vida que se ha hecho visible, y a
ser sus anunciadores para que el don de la vida divina, la comunión, se
extienda cada vez más por todo el mundo. En efecto, participar en la
vida de Dios, Trinidad de Amor, es alegría completa (cf. 1 Jn
1,4). Y comunicar la alegría que se produce en el encuentro con la
Persona de Cristo, Palabra de Dios presente en medio de nosotros, es un
don y una tarea imprescindible para la Iglesia. En un mundo que
considera con frecuencia a Dios como algo superfluo o extraño,
confesamos con Pedro que sólo Él tiene «palabras de vida eterna» (Jn
6,68). No hay prioridad más grande que esta: abrir de nuevo al
hombre de hoy el acceso a Dios, al Dios que habla y nos comunica su amor
para que tengamos vida abundante (cf. Jn 10,10).
De la «Dei Verbum» al Sínodo sobre la Palabra de Dios
3. Con la
XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la
Palabra de Dios, somos conscientes de haber tocado en cierto sentido el
corazón mismo de la vida cristiana, en continuidad con la
anterior Asamblea sinodal sobre la Eucaristía como fuente y culmen de
la vida y de la misión de la Iglesia. En efecto, la Iglesia se funda
sobre la Palabra de Dios, nace y vive de ella.[2]
A lo largo de toda su historia, el Pueblo de Dios ha encontrado siempre
en ella su fuerza, y la comunidad eclesial crece también hoy en la
escucha, en la celebración y en el estudio de la Palabra de Dios. Hay
que reconocer que en los últimos decenios ha aumentado en la vida
eclesial la sensibilidad sobre este tema, de modo especial con relación
a la Revelación cristiana, a la Tradición viva y a la Sagrada Escritura.
A partir del pontificado del Papa León XIII, podemos decir que ha ido
creciendo el número de intervenciones destinadas a aumentar en la vida
de la Iglesia la conciencia sobre la importancia de la Palabra de Dios y
de los estudios bíblicos,[3]
culminando en el Concilio Vaticano II, especialmente con la promulgación
de la Constitución dogmática
Dei Verbum, sobre la divina Revelación. Ella representa un hito
en el camino eclesial: «Los Padres sinodales... reconocen con ánimo
agradecido los grandes beneficios aportados por este documento a la vida
de la Iglesia, en el ámbito exegético, teológico, espiritual, pastoral y
ecuménico».[4] En particular,
ha crecido en estos años la conciencia del «horizonte trinitario e
histórico salvífico de la Revelación»,[5]
en el que se reconoce a Jesucristo como «mediador y plenitud de toda la
revelación».[6] La Iglesia
confiesa incesantemente a todas las generaciones que Él, «con su
presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros,
sobre todo con su muerte y resurrección gloriosa, con el envío del
Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación».[7]
De todos es conocido el gran impulso que la Constitución dogmática
Dei Verbum ha dado a la revalorización de la Palabra de Dios en
la vida de la Iglesia, a la reflexión teológica sobre la divina
revelación y al estudio de la Sagrada Escritura. En los últimos cuarenta
años, el Magisterio eclesial se ha pronunciado en muchas ocasiones sobre
estas materias.[8] Con la
celebración de este Sínodo, la Iglesia, consciente de la continuidad de
su propio camino bajo la guía del Espíritu Santo, se ha sentido llamada
a profundizar nuevamente sobre el tema de la Palabra divina, ya sea para
verificar la puesta en práctica de las indicaciones conciliares, como
para hacer frente a los nuevos desafíos que la actualidad plantea a los
creyentes en Cristo.
El Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios
4. En la
XII Asamblea sinodal, Pastores provenientes de todo el mundo se
reunieron en torno a la Palabra de Dios y pusieron simbólicamente en el
centro de la Asamblea el texto de la Biblia, para redescubrir algo que
corremos el peligro de dar por descontado en la vida cotidiana: el
hecho de que Dios hable y responda a nuestras cuestiones.[9]
Juntos hemos escuchado y celebrado la Palabra del Señor. Hemos hablado
de todo lo que el Señor está realizando en el Pueblo de Dios y hemos
compartido esperanzas y preocupaciones. Todo esto nos ha ayudado a
entender que únicamente en el «nosotros» de la Iglesia, en la escucha y
acogida recíproca, podemos profundizar nuestra relación con la Palabra
de Dios. De aquí brota la gratitud por los testimonios de vida eclesial
en distintas partes del mundo, narrados en las diversas intervenciones
en el aula. Al mismo tiempo, ha sido emocionante escuchar también a los
Delegados fraternos, que han aceptado la invitación a participar en el
encuentro sinodal. Recuerdo, en particular, la meditación, profundamente
estimada por los Padres sinodales, que nos ofreció Su Santidad
Bartolomé I, Patriarca ecuménico de Constantinopla.[10]
Por primera vez, además, el Sínodo de los Obispos quiso invitar también
a un Rabino para que nos diera un valioso testimonio sobre las Sagradas
Escrituras judías, que también son justamente parte de nuestras Sagradas
Escrituras.[11]
Así, pudimos comprobar con alegría y gratitud que «también hoy en la
Iglesia hay un Pentecostés, es decir, que la Iglesia habla en muchas
lenguas; y esto no sólo en el sentido exterior de que en ella están
representadas todas las grandes lenguas del mundo, sino sobre todo en un
sentido más profundo: en ella están presentes los múltiples modos de la
experiencia de Dios y del mundo, la riqueza de las culturas; sólo así se
manifiesta la amplitud de la existencia humana y, a partir de ella, la
amplitud de la Palabra de Dios».[12]
Pudimos constatar, además, un Pentecostés aún en camino; varios pueblos
están esperando todavía que se les anuncie la Palabra de Dios en su
propia lengua y cultura.
No podemos olvidar, además, que durante todo el Sínodo nos ha
acompañado el testimonio del Apóstol Pablo. De hecho, fue providencial
que la XII Asamblea General Ordinaria tuviera lugar precisamente en el
año dedicado a la figura del gran Apóstol de los gentiles, con ocasión
del bimilenario de su nacimiento. Se distinguió en su vida por el celo
con que difundía la Palabra de Dios. Nos llegan al corazón las vibrantes
palabras con las que se refería a su misión de anunciador de la Palabra
divina: «hago todo esto por el Evangelio» (1 Co 9,23); «Yo
–escribe en la Carta a los Romanos– no me avergüenzo del
Evangelio: es fuerza de salvación de Dios para todo el que cree» (1,16).
Cuando reflexionamos sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión
de la Iglesia, debemos pensar en san Pablo y en su vida consagrada a
anunciar la salvación de Cristo a todas las gentes.
El Prólogo del Evangelio de Juan como guía
5. Con esta Exhortación apostólica postsinodal, deseo
que los resultados del Sínodo influyan eficazmente en la vida de la
Iglesia, en la relación personal con las Sagradas Escrituras, en su
interpretación en la liturgia y en la catequesis, así como en la
investigación científica, para que la Biblia no quede como una Palabra
del pasado, sino como algo vivo y actual. A este propósito, me propongo
presentar y profundizar los resultados del Sínodo en referencia
constante al Prólogo del Evangelio de Juan (Jn1,1-18), en
el que se nos anuncia el fundamento de nuestra vida: el Verbo, que desde
el principio está junto a Dios, se hizo carne y habitó entre nosotros
(cf. Jn 1,14). Se trata de un texto admirable, que nos ofrece una
síntesis de toda la fe cristiana. Juan, a quien la tradición señala como
el «discípulo al que Jesús amaba» (Jn 13,23; 20,2; 21,7.20), sacó
de su experiencia personal de encuentro y seguimiento de Cristo, una
certeza interior: Jesús es la Sabiduría de Dios encarnada, su Palabra
eterna que se ha hecho hombre mortal.[13]
Que aquel que «vio y creyó» (Jn 20,8) nos ayude también a nosotros
a reclinar nuestra cabeza sobre el pecho de Cristo (cf. Jn
13,25), del que brotaron sangre y agua (cf. Jn 19,34), símbolo de
los sacramentos de la Iglesia. Siguiendo el ejemplo del apóstol Juan y
de otros autores inspirados, dejémonos guiar por el Espíritu Santo para
amar cada vez más la Palabra de Dios.
VERBUM DEI
«En el principio ya
existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios...
y la Palabra se hizo carne» (Jn 1,1.14)
Dios en diálogo
6. La novedad de la revelación bíblica consiste en
que Dios se da a conocer en el diálogo que desea tener con nosotros.[14]
La Constitución dogmática
Dei Verbum había expresado esta realidad reconociendo que «Dios
invisible, movido de amor, habla a los hombres como amigos, trata con
ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía».[15]
Sin embargo, para comprender en su profundidad el mensaje del Prólogo de
san Juan no podemos quedarnos en la constatación de que Dios se nos
comunica amorosamente. En realidad, el Verbo de Dios, por quien «se hizo
todo» (Jn1,3) y que se «hizo carne» (Jn1,14), es el mismo
que existía «in principio» (Jn1,1). Aunque se puede
advertir aquí una alusión al comienzo del libro del Génesis (cf. Gn
1,1), en realidad nos encontramos ante un principio de carácter
absoluto en el que se nos narra la vida íntima de Dios. El Prólogo de
Juan nos sitúa ante el hecho de que el Logos existe realmente
desde siempre y que, desde siempre, él mismo es Dios. Así
pues, no ha habido nunca en Dios un tiempo en el que no existiera el
Logos. El Verbo ya existía antes de la creación. Por tanto, en el
corazón de la vida divina está la comunión, el don absoluto. «Dios es
amor» (1 Jn 4,16), dice el mismo Apóstol en otro
lugar, indicando «la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente
imagen del hombre y de su camino».[16]
Dios se nos da a conocer como misterio de amor infinito en el que el
Padre expresa desde la eternidad su Palabra en el Espíritu Santo. Por
eso, el Verbo, que desde el principio está junto a Dios y es Dios, nos
revela al mismo Dios en el diálogo de amor de las Personas divinas y nos
invita a participar en él. Así pues, creados a imagen y semejanza de
Dios amor, sólo podemos comprendernos a nosotros mismos en la acogida
del Verbo y en la docilidad a la obra del Espíritu Santo. El enigma de
la condición humana se esclarece definitivamente a la luz de la
revelación realizada por el Verbo divino.
Analogía de la Palabra de Dios
7. De todas estas consideraciones, que brotan de la
meditación sobre el misterio cristiano expresado en el Prólogo de Juan,
hay que destacar ahora lo que los Padres sinodales han afirmado sobre
las distintas maneras en que se usa la expresión «Palabra de Dios». Se
ha hablado justamente de una sinfonía de la Palabra, de una única
Palabra que se expresa de diversos modos: «un canto a varias voces».[17]
A este propósito, los Padres sinodales han hablado de un uso analógico
del lenguaje humano en relación a la Palabra de Dios. En efecto, esta
expresión, aunque por una parte se refiere a la comunicación que Dios
hace de sí mismo, por otra asume significados diferentes que han de ser
tratados con atención y puestos en relación entre ellos, ya sea desde el
punto de vista de la reflexión teológica como del uso pastoral. Como
muestra de modo claro el Prólogo de Juan, el Logos indica
originariamente el Verbo eterno, es decir, el Hijo único de Dios, nacido
del Padre antes de todos los siglos y consustancial a él: la Palabra
estaba junto a Dios, la Palabra era Dios. Pero esta misma Palabra,
afirma san Juan, se «hizo carne» (Jn1,14); por tanto, Jesucristo,
nacido de María Virgen, es realmente el Verbo de Dios que se hizo
consustancial a nosotros. Así pues, la expresión «Palabra de Dios» se
refiere aquí a la persona de Jesucristo, Hijo eterno del Padre, hecho
hombre.
Por otra parte, si bien es cierto que en el centro de la revelación
divina está el evento de Cristo, hay que reconocer también que la misma
creación, el liber naturae, forma parte esencialmente de esta
sinfonía a varias voces en que se expresa el único Verbo. De modo
semejante, confesamos que Dios ha comunicado su Palabra en la historia
de la salvación, ha dejado oír su voz; con la potencia de su Espíritu,
«habló por los profetas».[18]
La Palabra divina, por tanto, se expresa a lo largo de toda la historia
de la salvación, y llega a su plenitud en el misterio de la encarnación,
muerte y resurrección del Hijo de Dios. Además, la palabra predicada por
los apóstoles, obedeciendo al mandato de Jesús resucitado: «Id al mundo
entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15),
es Palabra de Dios. Por tanto, la Palabra de Dios se transmite en la
Tradición viva de la Iglesia. La Sagrada Escritura, el Antiguo y el
Nuevo Testamento, es la Palabra de Dios atestiguada y divinamente
inspirada. Todo esto nos ayuda a entender por qué en la Iglesia se
venera tanto la Sagrada Escritura, aunque la fe cristiana no es una
«religión del Libro»: el cristianismo es la «religión de la Palabra de
Dios», no de «una palabra escrita y muda, sino del Verbo encarnado y
vivo».[19] Por
consiguiente, la Escritura ha de ser proclamada, escuchada, leída,
acogida y vivida como Palabra de Dios, en el seno de la Tradición
apostólica, de la que no se puede separar.[20]
Como afirmaron los Padres sinodales, debemos ser conscientes de que
nos encontramos realmente ante un uso analógico de la expresión «Palabra
de Dios». Es necesario, por tanto, educar a los fieles para que capten
mejor sus diversos significados y comprendan su sentido unitario. Es
preciso también que, desde el punto de vista teológico, se profundice en
la articulación de los diferentes significados de esta expresión, para
que resplandezca mejor la unidad del plan divino y el puesto central que
ocupa en él la persona de Cristo.[21]
Dimensión cósmica de la Palabra
8. Conscientes del significado fundamental de la
Palabra de Dios en relación con el Verbo eterno de Dios hecho carne,
único salvador y mediador entre Dios y el hombre,[22]
y en la escucha de esta Palabra, la revelación bíblica nos lleva a
reconocer que ella es el fundamento de toda la realidad. El Prólogo de
san Juan afirma con relación al Logos divino, que «por medio de
la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha
hecho» (Jn1,3); en la Carta a los Colosenses, se afirma
también con relación a Cristo, «primogénito de toda criatura» (1,15),
que «todo fue creado por él y para él» (1,16). Y el autor de la Carta
a los Hebreos recuerda que «por la fe sabemos que la Palabra de Dios
configuró el universo, de manera que lo que está a la vista no proviene
de nada visible» (11,3).
Este anuncio es para nosotros una palabra liberadora. En efecto, las
afirmaciones escriturísticas señalan que todo lo que existe no es fruto
del azar irracional, sino que ha sido querido por Dios, está en sus
planes, en cuyo centro está la invitación a participar en la vida divina
en Cristo. La creación nace del Logos y lleva la marca imborrable
de la Razón creadora que ordena y guía. Los salmos cantan esta
gozosa certeza: «La palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su
boca, sus ejércitos» (Sal 33,6); y de nuevo: «Él lo dijo, y
existió, él lo mandó, y surgió» (Sal 33,9). Toda realidad expresa
este misterio: «El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento
pregona la obra de sus manos» (Sal 19,2). Por eso, la misma
Sagrada Escritura nos invita a conocer al Creador observando la creación
(cf. Sb 13,5; Rm 1,19-20). La tradición del pensamiento
cristiano supo profundizar en este elemento clave de la sinfonía de la
Palabra cuando, por ejemplo, san Buenaventura, junto con la gran
tradición de los Padres griegos, ve en el Logos todas las
posibilidades de la creación,[23]
y dice que «toda criatura es Palabra de Dios, en cuanto que proclama a
Dios».[24] La Constitución
dogmática
Dei Verbum había sintetizado esto declarando que «Dios, creando
y conservando el universo por su Palabra (cf. Jn 1,3), ofrece a
los hombres en la creación un testimonio perenne de sí mismo».[25]
La creación del hombre
9. La realidad, por tanto, nace de la Palabra como
creatura Verbi, y todo está llamado a servir a la Palabra. La
creación es el lugar en el que se desarrolla la historia de amor entre
Dios y su criatura; por tanto, la salvación del hombre es el motivo de
todo. La contemplación del cosmos desde la perspectiva de la historia de
la salvación nos lleva a descubrir la posición única y singular que
ocupa el hombre en la creación: «Y creó Dios al hombre a su imagen; a
imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó» (Gn 1,27). Esto
nos permite reconocer plenamente los dones preciosos recibidos del
Creador: el valor del propio cuerpo, el don de la razón, la libertad y
la conciencia. En todo esto encontramos también lo que la tradición
filosófica llama «ley natural».[26]
En efecto, «todo ser humano que llega al uso de razón y a la
responsabilidad experimenta una llamada interior a hacer el bien»[27]
y, por tanto, a evitar el mal. Como recuerda santo Tomás de Aquino, los
demás preceptos de la ley natural se fundan sobre este principio.[28]
La escucha de la Palabra de Dios nos lleva sobre todo a valorar la
exigencia de vivir de acuerdo con esta ley «escrita en el corazón» (cf.
Rm 2,15; 7,23).[29]
A continuación, Jesucristo dio a los hombres la Ley nueva, la Ley del
Evangelio, que asume y realiza de modo eminente la ley natural,
liberándonos de la ley del pecado, responsable de aquello que dice san
Pablo: «el querer lo bueno lo tengo a mano, pero el hacerlo, no» (Rm
7,18), y da a los hombres, mediante la gracia, la participación a la
vida divina y la capacidad de superar el egoísmo.[30]
Realismo de la Palabra
10. Quien conoce la Palabra divina conoce también
plenamente el sentido de cada criatura. En efecto, si todas las cosas
«se mantienen» en aquel que es «anterior a todo» (Col 1,17),
quien construye la propia vida sobre su Palabra edifica verdaderamente
de manera sólida y duradera. La Palabra de Dios nos impulsa a cambiar
nuestro concepto de realismo: realista es quien reconoce en el Verbo de
Dios el fundamento de todo.[31]
De esto tenemos especial necesidad en nuestros días, en los que muchas
cosas en las que se confía para construir la vida, en las que se siente
la tentación de poner la propia esperanza, se demuestran efímeras. Antes
o después, el tener, el placer y el poder se manifiestan incapaces de
colmar las aspiraciones más profundas del corazón humano. En efecto,
necesita construir su propia vida sobre cimientos sólidos, que
permanezcan incluso cuando las certezas humanas se debilitan. En
realidad, puesto que «tu palabra, Señor, es eterna, más estable que el
cielo» y la fidelidad del Señor dura «de generación en generación» (Sal
119,89-90), quien construye sobre esta palabra edifica la casa de la
propia vida sobre roca (cf. Mt 7,24). Que nuestro corazón diga
cada día a Dios: «Tú eres mi refugio y mi escudo, yo espero en tu
palabra» (Sal 119,114) y, como san Pedro, actuemos cada día
confiando en el Señor Jesús: «Por tu palabra, echaré las redes» (Lc
5,5).
Cristología de la Palabra
11. La consideración de la realidad como obra de la
santísima Trinidad a través del Verbo divino, nos permite comprender las
palabras del autor de la Carta a los Hebreos: «En distintas
ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres
por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el
Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido
realizando las edades del mundo» (1,1-2). Es muy hermoso ver cómo
todo el Antiguo Testamento se nos presenta ya como historia en la que
Dios comunica su Palabra. En efecto, «hizo primero una alianza con
Abrahán (cf. Gn 15,18); después, por medio de Moisés (cf. Ex
24,8), la hizo con el pueblo de Israel, y así se fue revelando a su
pueblo, con obras y palabras, como Dios vivo y verdadero. De este modo,
Israel fue experimentando la manera de obrar de Dios con los hombres, la
fue comprendiendo cada vez mejor al hablar Dios por medio de los
profetas, y fue difundiendo este conocimiento entre las naciones (cf.
Sal 21,28-29; 95,1-3; Is 2,1-4; Jr 3,17)».[32]
Esta condescendencia de Dios se cumple de manera insuperable con la
encarnación del Verbo. La Palabra eterna, que se expresa en la creación
y se comunica en la historia de la salvación, en Cristo se ha convertido
en un hombre «nacido de una mujer» (Ga 4,4). La Palabra aquí no
se expresa principalmente mediante un discurso, con conceptos o normas.
Aquí nos encontramos ante la persona misma de Jesús. Su historia única y
singular es la palabra definitiva que Dios dice a la humanidad. Así se
entiende por qué «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética
o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una
Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una
orientación decisiva».[33]
La renovación de este encuentro y de su comprensión produce en el
corazón de los creyentes una reacción de asombro ante una iniciativa
divina que el hombre, con su propia capacidad racional y su imaginación,
nunca habría podido inventar. Se trata de una novedad inaudita y
humanamente inconcebible: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre
nosotros» (Jn1,14a). Esta expresión no se refiere a una figura
retórica sino a una experiencia viva. La narra san Juan, testigo ocular:
«Y hemos contemplado su gloria; gloria propia del Hijo único del Padre,
lleno de gracia y de verdad» (Jn1,14b). La fe apostólica
testifica que la Palabra eterna se hizo Uno de nosotros. La Palabra
divina se expresa verdaderamente con palabras humanas.
12. La tradición patrística y medieval, al
contemplar esta «Cristología de la Palabra», ha utilizado una expresión
sugestiva: el Verbo se ha abreviado:[34]
«Los Padres de la Iglesia, en su traducción griega del antiguo
Testamento, usaron unas palabras del profeta Isaías que también cita
Pablo para mostrar cómo los nuevos caminos de Dios fueron preanunciados
ya en el Antiguo Testamento. Allí se leía: “Dios ha cumplido su palabra
y la ha abreviado” (Is 10,23; Rm 9,28)... El Hijo mismo es
la Palabra, el Logos; la Palabra eterna se ha hecho pequeña, tan
pequeña como para estar en un pesebre. Se ha hecho niño para que la
Palabra esté a nuestro alcance».[35]
Ahora, la Palabra no sólo se puede oír, no sólo tiene una voz,
sino que tiene un rostro que podemos ver: Jesús de Nazaret.[36]
Siguiendo la narración de los Evangelios, vemos cómo la misma
humanidad de Jesús se manifiesta con toda su singularidad precisamente
en relación con la Palabra de Dios. Él, en efecto, en su perfecta
humanidad, realiza la voluntad del Padre en cada momento; Jesús escucha
su voz y la obedece con todo su ser; él conoce al Padre y cumple su
palabra (cf. Jn 8,55); nos cuenta las cosas del Padre (cf. Jn
12,50); «les he comunicado las palabras que tú me diste» (Jn17,8).
Por tanto, Jesús se manifiesta como el Logos divino que se da a
nosotros, pero también como el nuevo Adán, el hombre verdadero, que
cumple en cada momento no su propia voluntad sino la del Padre. Él «iba
creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres»
(Lc 2,52). De modo perfecto escucha, cumple en sí mismo y nos
comunica la Palabra divina (cf. Lc 5,1).
La misión de Jesús se cumple finalmente en el misterio pascual: aquí
nos encontramos ante el «Mensaje de la cruz» (1 Co 1,18). El
Verbo enmudece, se hace silencio mortal, porque se ha «dicho» hasta
quedar sin palabras, al haber hablado todo lo que tenía que comunicar,
sin guardarse nada para sí. Los Padres de la Iglesia, contemplando este
misterio, ponen de modo sugestivo en labios de la Madre de Dios estas
palabras: «La Palabra del Padre, que ha creado todas las criaturas que
hablan, se ha quedado sin palabra; están sin vida los ojos apagados de
aquel que con su palabra y con un solo gesto suyo mueve todo lo que
tiene vida».[37] Aquí se
nos ha comunicado el amor «más grande», el que da la vida por sus amigos
(cf. Jn 15,13).
En este gran misterio, Jesús se manifiesta como la Palabra de la
Nueva y Eterna Alianza: la libertad de Dios y la libertad del hombre
se encuentran definitivamente en su carne crucificada, en un pacto
indisoluble, válido para siempre. Jesús mismo, en la última cena, en la
institución de la Eucaristía, había hablado de «Nueva y Eterna Alianza»,
establecida con el derramamiento de su sangre (cf. Mt 26,28;
Mc 14,24; Lc22,20), mostrándose como el verdadero Cordero
inmolado, en el que se cumple la definitiva liberación de la esclavitud.[38]
Este silencio de la Palabra se manifiesta en su sentido auténtico y
definitivo en el misterio luminoso de la resurrección. Cristo, Palabra
de Dios encarnada, crucificada y resucitada, es Señor de todas las
cosas; él es el Vencedor, el Pantocrátor, y ha recapitulado en sí
para siempre todas las cosas (cf. Ef 1,10). Cristo, por tanto, es
«la luz del mundo» (Jn8,12), la luz que «brilla en la tiniebla» (Jn1,54)
y que la tiniebla no ha derrotado (cf. Jn 1,5). Aquí se comprende
plenamente el sentido del Salmo 119: «Lámpara es tu
palabra para mis pasos, luz en mi sendero» (v. 105); la Palabra que
resucita es esta luz definitiva en nuestro camino. Los cristianos han
sido conscientes desde el comienzo de que, en Cristo, la Palabra de Dios
está presente como Persona. La Palabra de Dios es la luz verdadera que
necesita el hombre. Sí, en la resurrección, el Hijo de Dios surge como
luz del mundo. Ahora, viviendo con él y por él, podemos vivir en la luz.
13. Llegados, por decirlo así, al corazón de la
«Cristología de la Palabra», es importante subrayar la unidad del
designio divino en el Verbo encarnado. Por eso, el Nuevo Testamento, de
acuerdo con las Sagradas Escrituras, nos presenta el misterio pascual
como su más íntimo cumplimiento. San Pablo, en la Primera carta a los
Corintios, afirma que Jesucristo murió por nuestros pecados «según
las Escrituras» (15,3), y que resucitó al tercer día «según las
Escrituras» (1 Co 15,4). Con esto, el Apóstol pone el
acontecimiento de la muerte y resurrección del Señor en relación con la
historia de la Antigua Alianza de Dios con su pueblo. Es más, nos
permite entender que esta historia recibe de ello su lógica y su
verdadero sentido. En el misterio pascual se cumplen «las palabras de la
Escritura, o sea, esta muerte realizada “según las Escrituras” es
un acontecimiento que contiene en sí un logos, una lógica: la
muerte de Cristo atestigua que la Palabra de Dios se hizo “carne”,
“historia” humana».[39]
También la resurrección de Jesús tiene lugar «al tercer día según las
Escrituras»: ya que, según la interpretación judía, la corrupción
comenzaba después del tercer día, la palabra de la Escritura se cumple
en Jesús que resucita antes de que comience la corrupción. En este
sentido, san Pablo, transmitiendo fielmente la enseñanza de los
Apóstoles (cf. 1 Co 15,3), subraya que la victoria de Cristo
sobre la muerte tiene lugar por el poder creador de la Palabra de Dios.
Esta fuerza divina da esperanza y gozo: es éste en definitiva el
contenido liberador de la revelación pascual. En la Pascua, Dios se
revela a sí mismo y la potencia del amor trinitario que aniquila las
fuerzas destructoras del mal y de la muerte.
Teniendo presente estos elementos esenciales de nuestra fe, podemos
contemplar así la profunda unidad en Cristo entre creación y nueva
creación, y de toda la historia de la salvación. Por recurrir a una
imagen, podemos comparar el cosmos a un «libro» –así decía Galileo
Galilei– y considerarlo «como la obra de un Autor que se expresa
mediante la “sinfonía” de la creación. Dentro de esta sinfonía se
encuentra, en cierto momento, lo que en lenguaje musical se llamaría un
“solo”, un tema encomendado a un solo instrumento o a una sola voz, y es
tan importante que de él depende el significado de toda la ópera. Este
“solo” es Jesús... El Hijo del hombre resume en sí la tierra y el cielo,
la creación y el Creador, la carne y el Espíritu. Es el centro del
cosmos y de la historia, porque en él se unen sin confundirse el Autor y
su obra».[40]
Dimensión escatológica de la Palabra de Dios
14. De este modo, la Iglesia expresa su conciencia
de que Jesucristo es la Palabra definitiva de Dios; él es «el primero y
el último» (Ap 1,17). Él ha dado su sentido definitivo a la
creación y a la historia; por eso, estamos llamados a vivir el tiempo, a
habitar la creación de Dios dentro de este ritmo escatológico de la
Palabra; «la economía cristiana, por ser la alianza nueva y definitiva,
nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la
gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor (cf. 1 Tm
6,14; Tt 2,13)».[41]
En efecto, como han recordado los Padres durante el Sínodo, la
«especificidad del cristianismo se manifiesta en el acontecimiento
Jesucristo, culmen de la Revelación, cumplimiento de las promesas de
Dios y mediador del encuentro entre el hombre y Dios. Él, que nos ha
revelado a Dios (cf. Jn 1,18), es la Palabra única y definitiva
entregada a la humanidad».[42]
San Juan de la Cruz ha expresado admirablemente esta verdad: «Porque en
darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene
otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra...
Porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado a
Él todo, dándonos el todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora
quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo
haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos
totalmente en Cristo, sin querer otra cosa o novedad».[43]
Por consiguiente, el Sínodo ha recomendado «ayudar a los fieles a
distinguir bien la Palabra de Dios de las revelaciones privadas»,[44]
cuya función «no es la de... “completar” la Revelación definitiva de
Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época
de la historia».[45] El
valor de las revelaciones privadas es esencialmente diferente al de la
única revelación pública: ésta exige nuestra fe; en ella, en efecto, a
través de palabras humanas y de la mediación de la comunidad viva de la
Iglesia, Dios mismo nos habla. El criterio de verdad de una revelación
privada es su orientación con respecto a Cristo. Cuando nos aleja de Él,
entonces no procede ciertamente del Espíritu Santo, que nos guía hacia
el Evangelio y no hacia fuera. La revelación privada es una ayuda para
esta fe, y se manifiesta como creíble precisamente cuando remite a la
única revelación pública. Por eso, la aprobación eclesiástica de una
revelación privada indica esencialmente que su mensaje no contiene nada
contrario a la fe y a las buenas costumbres; es lícito hacerlo público,
y los fieles pueden dar su asentimiento de forma prudente. Una
revelación privada puede introducir nuevos acentos, dar lugar a nuevas
formas de piedad o profundizar las antiguas. Puede tener un cierto
carácter profético (cf. 1 Ts 5,19-21) y prestar una ayuda válida
para comprender y vivir mejor el Evangelio en el presente; de ahí que no
se pueda descartar. Es una ayuda que se ofrece pero que no es
obligatorio usarla. En cualquier caso, ha de ser un alimento de la fe,
esperanza y caridad, que son para todos la vía permanente de la
salvación.[46]
La Palabra de Dios y el Espíritu Santo
15. Después de habernos extendido sobre la Palabra
última y definitiva de Dios al mundo, es necesario referirse ahora a la
misión del Espíritu Santo en relación con la Palabra divina. En efecto,
no se comprende auténticamente la revelación cristiana sin tener en
cuenta la acción del Paráclito. Esto tiene que ver con el hecho de que
la comunicación que Dios hace de sí mismo implica siempre la relación
entre el Hijo y el Espíritu Santo, a quienes Ireneo de Lyon llama
precisamente «las dos manos del Padre».[47]
Por lo demás, la Sagrada Escritura es la que nos indica la presencia del
Espíritu Santo en la historia de la salvación y, en particular, en la
vida de Jesús, a quien la Virgen María concibió por obra del Espíritu
Santo (cf. Mt 1,18; Lc1,35); al comienzo de su misión
pública, en la orilla del Jordán, lo ve que desciende sobre sí en forma
de paloma (cf. Mt 3,16); Jesús actúa, habla y exulta en este
mismo Espíritu (cf. Lc10,21); y se ofrece a sí mismo en el
Espíritu (cf. Hb 9,14). Cuando estaba terminando su misión, según
el relato del Evangelista Juan, Jesús mismo pone en clara relación el
don de su vida con el envío del Espíritu a los suyos (cf. Jn
16,7). Después, Jesús resucitado, llevando en su carne los signos de la
pasión, infundió el Espíritu (cf. Jn 20,22), haciendo a los suyos
partícipes de su propia misión (cf. Jn 20,21). El Espíritu Santo
enseñará a los discípulos y les recordará todo lo que Cristo ha dicho
(cf. Jn 14,26), puesto que será Él, el Espíritu de la Verdad (cf.
Jn 15,26), quien llevará los discípulos a la Verdad entera (cf.
Jn 16,13). Por último, como se lee en los Hechos de los Apóstoles,
el Espíritu desciende sobre los Doce, reunidos en oración con María el
día de Pentecostés (cf. 2,1-4), y les anima a la misión de anunciar a
todos los pueblos la Buena Nueva.[48]
La Palabra de Dios, pues, se expresa con palabras humanas gracias a
la obra del Espíritu Santo. La misión del Hijo y la del Espíritu Santo
son inseparables y constituyen una única economía de la salvación. El
mismo Espíritu que actúa en la encarnación del Verbo, en el seno de la
Virgen María, es el mismo que guía a Jesús a lo largo de toda su misión
y que será prometido a los discípulos. El mismo Espíritu, que habló por
los profetas, sostiene e inspira a la Iglesia en la tarea de anunciar la
Palabra de Dios y en la predicación de los Apóstoles; es el mismo
Espíritu, finalmente, quien inspira a los autores de las Sagradas
Escrituras.
16. Conscientes de este horizonte pneumatológico,
los Padres sinodales han querido señalar la importancia de la acción del
Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y en el corazón de los creyentes
en su relación con la Sagrada Escritura.[49]
Sin la acción eficaz del «Espíritu de la Verdad» (Jn14,16) no se
pueden comprender las palabras del Señor. Como recuerda san Ireneo: «Los
que no participan del Espíritu no obtienen del pecho de su madre (la
Iglesia) el nutrimento de la vida, no reciben nada de la fuente más pura
que brota del cuerpo de Cristo».[50]
Puesto que la Palabra de Dios llega a nosotros en el cuerpo de Cristo,
en el cuerpo eucarístico y en el cuerpo de las Escrituras, mediante la
acción del Espíritu Santo, sólo puede ser acogida y comprendida
verdaderamente gracias al mismo Espíritu.
Los grandes escritores de la tradición cristiana consideran
unánimemente la función del Espíritu Santo en la relación de los
creyentes con las Escrituras. San Juan Crisóstomo afirma que la
Escritura «necesita de la revelación del Espíritu, para que descubriendo
el verdadero sentido de las cosas que allí se encuentran encerradas,
obtengamos un provecho abundante».[51]
También san Jerónimo está firmemente convencido de que «no podemos
llegar a comprender la Escritura sin la ayuda del Espíritu Santo que la
ha inspirado».[52] San
Gregorio Magno, por otra parte, subraya de modo sugestivo la obra del
mismo Espíritu en la formación e interpretación de la Biblia: «Él mismo
ha creado las palabras de los santos testamentos, él mismo las desvela».[53]
Ricardo de San Víctor recuerda que se necesitan «ojos de paloma»,
iluminados e ilustrados por el Espíritu, para comprender el texto
sagrado.[54]
Quisiera subrayar también, con respecto a la relación entre el
Espíritu Santo y la Escritura, el testimonio significativo que
encontramos en los textos litúrgicos, donde la Palabra de Dios es
proclamada, escuchada y explicada a los fieles. Se trata de antiguas
oraciones que en forma de epíclesis invocan al Espíritu antes de la
proclamación de las lecturas: «Envía tu Espíritu Santo Paráclito sobre
nuestras almas y haznos comprender las Escrituras inspiradas por él; y a
mí concédeme interpretarlas de manera digna, para que los fieles aquí
reunidos saquen provecho». Del mismo modo, encontramos oraciones al
final de la homilía que invocan a Dios pidiendo el don del Espíritu
sobre los fieles: «Dios salvador… te imploramos en favor de este pueblo:
envía sobre él el Espíritu Santo; el Señor Jesús lo visite, hable a las
mentes de todos y disponga los corazones para la fe y conduzca nuestras
almas hacia ti, Dios de las Misericordias».[55]
De aquí resulta con claridad que no se puede comprender el sentido de la
Palabra si no se tiene en cuenta la acción del Paráclito en la Iglesia y
en los corazones de los creyentes.
Tradición y Escritura
17. Al reafirmar el vínculo profundo entre el
Espíritu Santo y la Palabra de Dios, hemos sentado también las bases
para comprender el sentido y el valor decisivo de la Tradición viva y de
las Sagradas Escrituras en la Iglesia. En efecto, puesto que «tanto amó
Dios al mundo, que entregó a su Hijo único» (Jn3,16), la Palabra
divina, pronunciada en el tiempo, fue dada y «entregada» a la Iglesia de
modo definitivo, de tal manera que el anuncio de la salvación se
comunique eficazmente siempre y en todas partes. Como nos recuerda la
Constitución dogmática
Dei Verbum, Jesucristo mismo «mandó a los Apóstoles predicar a
todos los hombres el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de
toda norma de conducta, comunicándoles así los bienes divinos: el
Evangelio prometido por los profetas, que Él mismo cumplió y promulgó
con su boca. Este mandato se cumplió fielmente, pues los Apóstoles, con
su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de
palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo
que el Espíritu Santo les enseñó; además, los mismos Apóstoles y otros
de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación
inspirados por el Espíritu Santo».[56]
El Concilio Vaticano II recuerda también que esta Tradición de origen
apostólico es una realidad viva y dinámica, que «va creciendo en la
Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo»; pero no en el sentido de que
cambie en su verdad, que es perenne. Más bien «crece la comprensión de
las palabras y las instituciones transmitidas», con la contemplación y
el estudio, con la inteligencia fruto de una más profunda experiencia
espiritual, así como con la «predicación de los que con la sucesión
episcopal recibieron el carisma seguro de la verdad».[57]
La Tradición viva es esencial para que la Iglesia vaya creciendo con
el tiempo en la comprensión de la verdad revelada en las Escrituras; en
efecto, «la misma Tradición da a conocer a la Iglesia el canon de los
libros sagrados y hace que los comprenda cada vez mejor y los mantenga
siempre activos».[58] En
definitiva, es la Tradición viva de la Iglesia la que nos hace
comprender de modo adecuado la Sagrada Escritura como Palabra de Dios.
Aunque el Verbo de Dios precede y trasciende la Sagrada Escritura, en
cuanto inspirada por Dios, contiene la palabra divina (cf. 2 Tm
3,16) «en modo muy singular».[59]
18. De aquí se deduce la importancia de educar y
formar con claridad al Pueblo de Dios, para acercarse a las Sagradas
Escrituras en relación con la Tradición viva de la Iglesia, reconociendo
en ellas la misma Palabra de Dios. Es muy importante, desde el punto de
vista de la vida espiritual, desarrollar esta actitud en los fieles. En
este sentido, puede ser útil recordar la analogía desarrollada por los
Padres de la Iglesia entre el Verbo de Dios que se hace «carne» y la
Palabra que se hace «libro».[60]
Esta antigua tradición, según la cual, como dice san Ambrosio, «el
cuerpo del Hijo es la Escritura que se nos ha transmitido»,[61]
es recogida por la Constitución dogmática
Dei Verbum, que afirma: «La Palabra de Dios, expresada en
lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra
del eterno Padre, asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo
semejante a los hombres».[62]
Entendida de esta manera, la Sagrada Escritura, aún en la multiplicidad
de sus formas y contenidos, se nos presenta como realidad unitaria. En
efecto, «a través de todas las palabras de la sagrada Escritura, Dios
dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se dice en plenitud
(cf. Hb 1,1-3)»,[63]
como ya advirtió con claridad san Agustín: «Recordad que es una sola la
Palabra de Dios que se desarrolla en toda la Sagrada Escritura y uno
solo el Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados».[64]
En definitiva, mediante la obra del Espíritu Santo y bajo la guía del
Magisterio, la Iglesia transmite a todas las generaciones cuanto ha sido
revelado en Cristo. La Iglesia vive con la certeza de que su Señor, que
habló en el pasado, no cesa de comunicar hoy su Palabra en la Tradición
viva de la Iglesia y en la Sagrada Escritura. En efecto, la Palabra de
Dios se nos da en la Sagrada Escritura como testimonio inspirado de la
revelación que, junto con la Tradición viva de la Iglesia, es la regla
suprema de la fe.[65]
Sagrada Escritura, inspiración y verdad
19. Un concepto clave para comprender el texto
sagrado como Palabra de Dios en palabras humanas es ciertamente el de
inspiración. También aquí podemos sugerir una analogía: así como el
Verbo de Dios se hizo carne por obra del Espíritu Santo en el seno de la
Virgen María, así también la Sagrada Escritura nace del seno de la
Iglesia por obra del mismo Espíritu. La Sagrada Escritura es «la Palabra
de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo».[66]
De ese modo, se reconoce toda la importancia del autor humano, que ha
escrito los textos inspirados y, al mismo tiempo, a Dios como el
verdadero autor.
Como han afirmado los Padres sinodales, aparece con toda evidencia
que el tema de la inspiración es decisivo para una adecuada aproximación
a las Escrituras y para su correcta hermenéutica,[67]
que se ha de hacer, a su vez, en el mismo Espíritu en el que ha sido
escrita.[68] Cuando se
debilita nuestra atención a la inspiración, se corre el riesgo de leer
la Escritura más como un objeto de curiosidad histórica que como obra
del Espíritu Santo, en la cual podemos escuchar la voz misma del Señor y
conocer su presencia en la historia.
Además, los Padres sinodales han destacado la conexión entre el tema
de la inspiración y el de la verdad de las Escrituras.[69]
Por eso, la profundización en el proceso de la inspiración llevará
también sin duda a una mayor comprensión de la verdad contenida en los
libros sagrados. Como afirma la doctrina conciliar sobre este punto, los
libros inspirados enseñan la verdad: «Como todo lo que afirman los
hagiógrafos, o autores inspirados, lo afirma el Espíritu Santo, se sigue
que los libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error la
verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra.
Por tanto, “toda la Escritura, inspirada por Dios, es útil para enseñar,
reprender, corregir, instruir en la justicia; para que el hombre de Dios
esté en forma, equipado para toda obra buena” (2 Tm 3,16-17
gr.)».[70]
Ciertamente, la reflexión teológica ha considerado siempre la
inspiración y la verdad como dos conceptos clave para una hermenéutica
eclesial de las Sagradas Escrituras. Sin embargo, hay que reconocer la
necesidad actual de profundizar adecuadamente en esta realidad, para
responder mejor a lo que exige la interpretación de los textos sagrados
según su naturaleza. En esa perspectiva, expreso el deseo de que la
investigación en este campo pueda progresar y dar frutos para la ciencia
bíblica y la vida espiritual de los fieles.
Dios Padre, fuente y origen de la Palabra
20. La economía de la revelación tiene su comienzo y
origen en Dios Padre. Su Palabra «hizo el cielo; el aliento de su boca,
sus ejércitos» (Sal 33,6). Es Él quien da «a conocer la gloria de
Dios, reflejada en Cristo» (2 Co 4,6; cf. Mt 16,17; Lc9,29).
Dios, fuente de la revelación, se manifiesta como Padre en el Hijo «Logos
hecho carne» (cf. Jn 1,14), que vino a cumplir la voluntad
del que lo había enviado (cf. Jn 4,34), y lleva a término la
educación divina del hombre, animada ya anteriormente por las palabras
de los profetas y las maravillas realizadas tanto en la creación como en
la historia de su pueblo y de todos los hombres. La revelación de Dios
Padre culmina con la entrega por parte del Hijo del don del Paráclito
(cf. Jn 14,16), Espíritu del Padre y del Hijo, que nos guía
«hasta la verdad plena» (Jn16,13).
Y así, todas las promesas de Dios se han convertido en Jesucristo en
un «sí» (cf. 2 Co 1,20). De este modo se abre para el hombre la
posibilidad de recorrer el camino que lo lleva hasta el Padre (cf. Jn
14,6), para que al final Dios sea «todo para todos» (1 Co 15,28).
21. Como pone de manifiesto la cruz de Cristo, Dios
habla por medio de su silencio. El silencio de Dios, la experiencia de
la lejanía del Omnipotente y Padre, es una etapa decisiva en el camino
terreno del Hijo de Dios, Palabra encarnada. Colgado del leño de la
cruz, se quejó del dolor causado por este silencio: «Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34; Mt 27,46). Jesús,
prosiguiendo hasta el último aliento de vida en la obediencia, invocó al
Padre en la oscuridad de la muerte. En el momento de pasar a través de
la muerte a la vida eterna, se confió a Él: «Padre, a tus manos
encomiendo mi espíritu» (Lc23,46).
Esta experiencia de Jesús es indicativa de la situación del hombre
que, después de haber escuchado y reconocido la Palabra de Dios, ha de
enfrentarse también con su silencio. Muchos santos y místicos han vivido
esta experiencia, que también hoy se presenta en el camino de muchos
creyentes. El silencio de Dios prolonga sus palabras precedentes. En
esos momentos de oscuridad, habla en el misterio de su silencio. Por
tanto, en la dinámica de la revelación cristiana, el silencio aparece
como una expresión importante de la Palabra de Dios.
La respuesta del hombre al Dios que habla
Llamados a entrar en la Alianza con Dios
22. Al subrayar la pluriformidad de la Palabra,
hemos podido contemplar que Dios habla y viene al encuentro del hombre
de muy diversos modos, dándose a conocer en el diálogo. Como han
afirmado los Padres sinodales, «el diálogo, cuando se refiere a la
Revelación, comporta el primado de la Palabra de Dios dirigida al
hombre».[71] El misterio de
la Alianza expresa esta relación entre Dios que llama con su Palabra y
el hombre que responde, siendo claramente consciente de que no se trata
de un encuentro entre dos que están al mismo nivel; lo que llamamos
Antigua y Nueva Alianza no es un acuerdo entre dos partes iguales, sino
puro don de Dios. Mediante este don de su amor, supera toda distancia y
nos convierte en sus «partners», llevando a cabo así el misterio nupcial
de amor entre Cristo y la Iglesia. En esta visión, cada hombre se
presenta como el destinatario de la Palabra, interpelado y llamado a
entrar en este diálogo de amor mediante su respuesta libre. Dios nos ha
hecho a cada uno capaces de escuchar y responder a la Palabra
divina. El hombre ha sido creado en la Palabra y vive en ella; no se
entiende a sí mismo si no se abre a este diálogo. La Palabra de Dios
revela la naturaleza filial y relacional de nuestra vida. Estamos
verdaderamente llamados por gracia a conformarnos con Cristo, el Hijo
del Padre, y a ser transformados en Él.
Dios escucha al hombre y responde a sus interrogantes
23. En este diálogo con Dios nos comprendemos a
nosotros mismos y encontramos respuesta a las cuestiones más profundas
que anidan en nuestro corazón. La Palabra de Dios, en efecto, no se
contrapone al hombre, ni acalla sus deseos auténticos, sino que más bien
los ilumina, purificándolos y perfeccionándolos. Qué importante es
descubrir en la actualidad que sólo Dios responde a la sed que hay en
el corazón de todo ser humano. En nuestra época se ha difundido
lamentablemente, sobre todo en Occidente, la idea de que Dios es extraño
a la vida y a los problemas del hombre y, más aún, de que su presencia
puede ser incluso una amenaza para su autonomía. En realidad, toda la
economía de la salvación nos muestra que Dios habla e interviene en la
historia en favor del hombre y de su salvación integral. Por tanto, es
decisivo desde el punto de vista pastoral mostrar la capacidad que tiene
la Palabra de Dios para dialogar con los problemas que el hombre ha de
afrontar en la vida cotidiana. Jesús se presenta precisamente como Aquel
que ha venido para que tengamos vida en abundancia (cf. Jn
10,10). Por eso, debemos hacer cualquier esfuerzo para mostrar la
Palabra de Dios como una apertura a los propios problemas, una respuesta
a nuestros interrogantes, un ensanchamiento de los propios valores y, a
la vez, como una satisfacción de las propias aspiraciones. La pastoral
de la Iglesia debe saber mostrar que Dios escucha la necesidad del
hombre y su clamor. Dice san Buenaventura en el Breviloquium: «El
fruto de la Sagrada Escritura no es uno cualquiera, sino la plenitud de
la felicidad eterna. En efecto, la Sagrada Escritura es precisamente el
libro en el que están escritas palabras de vida eterna para que no sólo
creamos, sino que poseamos también la vida eterna, en la que veremos,
amaremos y serán colmados todos nuestros deseos».[72]
Dialogar con Dios mediante sus palabras
24. La Palabra divina nos introduce a cada uno en el
coloquio con el Señor: el Dios que habla nos enseña cómo podemos hablar
con Él. Pensamos espontáneamente en el Libro de los Salmos, donde
se nos ofrecen las palabras con que podemos dirigirnos a él, presentarle
nuestra vida en coloquio ante él y transformar así la vida misma en un
movimiento hacia él.[73] En
los Salmos, en efecto, encontramos toda la articulada gama de
sentimientos que el hombre experimenta en su propia existencia y que son
presentados con sabiduría ante Dios; aquí se encuentran expresiones de
gozo y dolor, angustia y esperanza, temor y ansiedad. Además de los
Salmos, hay también muchos otros textos de la Sagrada Escritura que
hablan del hombre que se dirige a Dios mediante la oración de
intercesión (cf. Ex 33,12-16), del canto de júbilo por la
victoria (cf. Ex 15), o de lamento en el cumplimiento de la
propia misión (cf. Jr 20,7-18). Así, la palabra que el hombre
dirige a Dios se hace también Palabra de Dios, confirmando el carácter
dialogal de toda la revelación cristiana,[74]
y toda la existencia del hombre se convierte en un diálogo con Dios que
habla y escucha, que llama y mueve nuestra vida. La Palabra de Dios
revela aquí que toda la existencia del hombre está bajo la llamada
divina.[75]
Palabra de Dios y fe
25. «Cuando Dios revela, el hombre tiene que
“someterse con la fe” (cf. Rm 16,26; Rm 1,5; 2 Co
10,5-6), por la que el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le
ofrece “el homenaje total de su entendimiento y voluntad”, asintiendo
libremente a lo que él ha revelado».[76]
Con estas palabras, la Constitución dogmática
Dei Verbum expresa con precisión la actitud del hombre en
relación con Dios. La respuesta propia del hombre al Dios que habla
es la fe. En esto se pone de manifiesto que «para acoger la
Revelación, el hombre debe abrir la mente y el corazón a la acción del
Espíritu Santo que le hace comprender la Palabra de Dios, presente en
las sagradas Escrituras».[77]
En efecto, la fe, con la que abrazamos de corazón la verdad que se nos
ha revelado y nos entregamos totalmente a Cristo, surge precisamente por
la predicación de la Palabra divina: «la fe nace del mensaje, y el
mensaje consiste en hablar de Cristo» (Rm 10,17). La historia de
la salvación en su totalidad nos muestra de modo progresivo este vínculo
íntimo entre la Palabra de Dios y la fe, que se cumple en el encuentro
con Cristo. Con él, efectivamente, la fe adquiere la forma del encuentro
con una Persona a la que se confía la propia vida. Cristo Jesús está
presente ahora en la historia, en su cuerpo que es la Iglesia; por eso,
nuestro acto de fe es al mismo tiempo un acto personal y eclesial.
El pecado como falta de escucha a la Palabra de Dios
26. La Palabra de Dios revela también
inevitablemente la posibilidad dramática por parte de la libertad del
hombre de sustraerse a este diálogo de alianza con Dios, para el que
hemos sido creados. La Palabra divina, en efecto, desvela también el
pecado que habita en el corazón del hombre. Con mucha frecuencia, tanto
en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, encontramos la descripción
del pecado como un no prestar oído a la Palabra, como ruptura
de la Alianza y, por tanto, como la cerrazón frente a Dios que llama
a la comunión con él.[78]
En efecto, la Sagrada Escritura nos muestra que el pecado del hombre es
esencialmente desobediencia y «no escuchar». Precisamente la obediencia
radical de Jesús hasta la muerte de cruz (cf. Flp 2,8)
desenmascara totalmente este pecado. Con su obediencia, se realiza la
Nueva Alianza entre Dios y el hombre, y se nos da la posibilidad de la
reconciliación. Jesús, efectivamente, fue enviado por el Padre como
víctima de expiación por nuestros pecados y por los de todo el mundo
(cf. 1 Jn 2,2; 4,10; Hb 7,27). Así, se nos ofrece la
posibilidad misericordiosa de la redención y el comienzo de una vida
nueva en Cristo. Por eso, es importante educar a los fieles para que
reconozcan la raíz del pecado en la negativa a escuchar la Palabra del
Señor, y a que acojan en Jesús, Verbo de Dios, el perdón que nos abre a
la salvación.
María «Mater Verbi Dei» y «Mater fidei»
27. Los Padres sinodales han declarado que el
objetivo fundamental de la XII Asamblea era «renovar la fe de la Iglesia
en la Palabra de Dios»; por eso es necesario mirar allí donde la
reciprocidad entre Palabra de Dios y fe se ha cumplido plenamente, o
sea, en María Virgen, «que con su sí a la Palabra de la Alianza y a su
misión, cumple perfectamente la vocación divina de la humanidad».[79]
La realidad humana, creada por medio del Verbo, encuentra su figura
perfecta precisamente en la fe obediente de María. Ella, desde la
Anunciación hasta Pentecostés, se nos presenta como mujer enteramente
disponible a la voluntad de Dios. Es la Inmaculada Concepción, la «llena
de gracia» por Dios (cf. Lc1,28), incondicionalmente dócil a la
Palabra divina (cf. Lc 1,38). Su fe obediente plasma cada
instante de su existencia según la iniciativa de Dios. Virgen a la
escucha, vive en plena sintonía con la Palabra divina; conserva en su
corazón los acontecimientos de su Hijo, componiéndolos como en un único
mosaico (cf. Lc 2,19.51).[80]
Es necesario ayudar a los fieles a descubrir de una manera más
perfecta el vínculo entre María de Nazaret y la escucha creyente de la
Palabra divina. Exhorto también a los estudiosos a que profundicen más
la relación entre mariología y teología de la Palabra. De esto se
beneficiarán tanto la vida espiritual como los estudios teológicos y
bíblicos. Efectivamente, todo lo que la inteligencia de la fe ha tratado
con relación a María se encuentra en el centro más íntimo de la verdad
cristiana. En realidad, no se puede pensar en la encarnación del Verbo
sin tener en cuenta la libertad de esta joven mujer, que con su
consentimiento coopera de modo decisivo a la entrada del Eterno en el
tiempo. Ella es la figura de la Iglesia a la escucha de la Palabra de
Dios, que en ella se hace carne. María es también símbolo de la apertura
a Dios y a los demás; escucha activa, que interioriza, asimila, y en la
que la Palabra se convierte en forma de vida.
28. En esta circunstancia, deseo llamar la atención
sobre la familiaridad de María con la Palabra de Dios. Esto resplandece
con particular brillo en el Magnificat. En cierto sentido, aquí
se ve cómo ella se identifica con la Palabra, entra en ella; en este
maravilloso cántico de fe, la Virgen alaba al Señor con su misma
Palabra: «El Magníficat –un retrato de su alma, por decirlo así–
está completamente tejido por los hilos tomados de la Sagrada Escritura,
de la Palabra de Dios. Así se pone de relieve que la Palabra de Dios es
verdaderamente su propia casa, de la cual sale y entra con toda
naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios
se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra de Dios.
Así se pone de manifiesto, además, que sus pensamientos están en
sintonía con el pensamiento de Dios, que su querer es un querer con
Dios. Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede
convertirse en madre de la Palabra encarnada».[81]
Además, la referencia a la Madre de Dios nos muestra que el obrar de
Dios en el mundo implica siempre nuestra libertad, porque, en la fe, la
Palabra divina nos transforma. También nuestra acción apostólica y
pastoral será eficaz en la medida en que aprendamos de María a dejarnos
plasmar por la obra de Dios en nosotros: «La atención devota y amorosa a
la figura de María, como modelo y arquetipo de la fe de la Iglesia, es
de importancia capital para realizar también hoy un cambio concreto de
paradigma en la relación de la Iglesia con la Palabra, tanto en la
actitud de escucha orante como en la generosidad del compromiso en la
misión y el anuncio».[82]
Contemplando en la Madre de Dios una existencia totalmente modelada
por la Palabra, también nosotros nos sentimos llamados a entrar en el
misterio de la fe, con la que Cristo viene a habitar en nuestra vida.
San Ambrosio nos recuerda que todo cristiano que cree, concibe en cierto
sentido y engendra al Verbo de Dios en sí mismo: si, en cuanto a la
carne, sólo existe una Madre de Cristo, en cuanto a la fe, en cambio,
Cristo es el fruto de todos.[83]
Así pues, todo lo que le sucedió a María puede sucedernos ahora a
cualquiera de nosotros en la escucha de la Palabra y en la celebración
de los sacramentos.
La hermenéutica de la sagrada Escritura en la Iglesia
La Iglesia lugar originario de la hermenéutica de la Biblia
29. Otro gran tema que surgió durante el Sínodo, y
sobre el que ahora deseo llamar la atención, es la interpretación de
la Sagrada Escritura en la Iglesia. Precisamente el vínculo
intrínseco entre Palabra y fe muestra que la auténtica hermenéutica de
la Biblia sólo es posible en la fe eclesial, que tiene su paradigma en
el sí de María. San Buenaventura afirma en este sentido que, sin la fe,
falta la clave de acceso al texto sagrado: «Éste es el conocimiento de
Jesucristo del que se derivan, como de una fuente, la seguridad y la
inteligencia de toda la sagrada Escritura. Por eso, es imposible
adentrarse en su conocimiento sin tener antes la fe infusa de Cristo,
que es faro, puerta y fundamento de toda la Escritura».[84]
E insiste con fuerza santo Tomás de Aquino, mencionando a san Agustín:
«También la letra del evangelio mata si falta la gracia interior de la
fe que sana».[85]
Esto nos permite llamar la atención sobre un criterio fundamental de
la hermenéutica bíblica: el lugar originario de la interpretación
escriturística es la vida de la Iglesia. Esta afirmación no pone la
referencia eclesial como un criterio extrínseco al que los exegetas
deben plegarse, sino que es requerida por la realidad misma de las
Escrituras y por cómo se han ido formando con el tiempo. En efecto, «las
tradiciones de fe formaban el ambiente vital en el que se insertó la
actividad literaria de los autores de la sagrada Escritura. Esta
inserción comprendía también la participación en la vida litúrgica y la
actividad externa de las comunidades, su mundo espiritual, su cultura y
las peripecias de su destino histórico. La interpretación de la sagrada
Escritura exige por eso, de modo semejante, la participación de los
exegetas en toda la vida y la fe de la comunidad creyente de su tiempo».[86]
Por consiguiente, ya que «la Escritura se ha de leer e interpretar con
el mismo Espíritu con que fue escrita»,[87]
es necesario que los exegetas, teólogos y todo el Pueblo de Dios se
acerquen a ella según lo que ella realmente es, Palabra de Dios que se
nos comunica a través de palabras humanas (cf. 1 Ts 2,13). Éste
es un dato constante e implícito en la Biblia misma: «Ninguna predicción
de la Escritura está a merced de interpretaciones personales; porque
ninguna predicción antigua aconteció por designio humano; hombres como
eran, hablaron de parte de Dios» (2 P 1,20-21). Por otra
parte, es precisamente la fe de la Iglesia quien reconoce en la Biblia
la Palabra de Dios; como dice admirablemente san Agustín: «No creería en
el Evangelio si no me moviera la autoridad de la Iglesia católica».[88]
Es el Espíritu Santo, que anima la vida de la Iglesia, quien hace
posible la interpretación auténtica de las Escrituras. La Biblia es el
libro de la Iglesia, y su verdadera hermenéutica brota de su inmanencia
en la vida eclesial.
30. San Jerónimo recuerda que nunca podemos leer
solos la Escritura. Encontramos demasiadas puertas cerradas y caemos
fácilmente en el error. La Biblia ha sido escrita por el Pueblo de Dios
y para el Pueblo de Dios, bajo la inspiración del Espíritu Santo. Sólo
en esta comunión con el Pueblo de Dios podemos entrar realmente, con el
«nosotros», en el núcleo de la verdad que Dios mismo quiere
comunicarnos.[89] El gran
estudioso, para el cual «quien no conoce las Escrituras no conoce a
Cristo»,[90] sostiene que
la eclesialidad de la interpretación bíblica no es una exigencia
impuesta desde el exterior; el Libro es precisamente la voz del Pueblo
de Dios peregrino, y sólo en la fe de este Pueblo estamos, por decirlo
así, en la tonalidad adecuada para entender la Escritura. Una auténtica
interpretación de la Biblia ha de concordar siempre armónicamente con la
fe de la Iglesia católica. San Jerónimo se dirigía a un sacerdote de la
siguiente manera: «Permanece firmemente unido a la doctrina tradicional
que se te ha enseñado, para que puedas exhortar de acuerdo con la sana
doctrina y rebatir a aquellos que la contradicen».[91]
Aproximaciones al texto sagrado que prescindan de la fe pueden
sugerir elementos interesantes, deteniéndose en la estructura del texto
y sus formas; sin embargo, dichos intentos serían inevitablemente sólo
preliminares y estructuralmente incompletos. En efecto, como ha afirmado
la Pontificia Comisión Bíblica, haciéndose eco de un principio
compartido en la hermenéutica moderna, el «adecuado conocimiento del
texto bíblico es accesible sólo a quien tiene una afinidad viva con lo
que dice el texto».[92]
Todo esto pone de relieve la relación entre vida espiritual y
hermenéutica de la Escritura. Efectivamente, «con el crecimiento de la
vida en el Espíritu crece también, en el lector, la comprensión de las
realidades de las que habla el texto bíblico».[93]
La intensidad de una auténtica experiencia eclesial acrecienta sin duda
la inteligencia de la fe verdadera respecto a la Palabra de Dios;
recíprocamente, se debe decir que leer en la fe las Escrituras aumenta
la vida eclesial misma. De aquí se percibe de modo nuevo la conocida
frase de san Gregorio Magno: «Las palabras divinas crecen con quien las
lee».[94] De este modo, la
escucha de la Palabra de Dios introduce y aumenta la comunión eclesial
de los que caminan en la fe.
«Alma de la Teología»
31. «Por eso, el estudio de las sagradas Escrituras
ha de ser como el alma de la teología».[95]
Esta expresión de la Constitución dogmática
Dei Verbum se ha hecho cada vez más familiar en los últimos
años. Podemos decir que en la época posterior al Concilio Vaticano II,
por lo que respecta a los estudios teológicos y exegéticos, se han
referido con frecuencia a dicha expresión como símbolo de un interés
renovado por la Sagrada Escritura. También la XII Asamblea del Sínodo de
los Obispos ha acudido con frecuencia a esta conocida afirmación para
indicar la relación entre investigación histórica y hermenéutica de la
fe, en referencia al texto sagrado. En esta perspectiva, los Padres han
reconocido con alegría el crecimiento del estudio de la Palabra de Dios
en la Iglesia a lo largo de los últimos decenios, y han expresado un
vivo agradecimiento a los numerosos exegetas y teólogos que con su
dedicación, empeño y competencia han contribuido esencialmente, y
continúan haciéndolo, a la profundización del sentido de las Escrituras,
afrontando los problemas complejos que en nuestros días se presentan a
la investigación bíblica.[96]
Y también han manifestado sincera gratitud a los miembros de la
Pontificia Comisión Bíblica que, en estrecha relación con la
Congregación para la Doctrina de la Fe, han ido dando en estos años y
siguen dando su cualificada aportación para afrontar cuestiones
inherentes al estudio de la Sagrada Escritura. El Sínodo, además, ha
sentido la necesidad de preguntarse por el estado actual de los estudios
bíblicos y su importancia en el ámbito teológico. En efecto, la eficacia
pastoral de la acción de la Iglesia y de la vida espiritual de los
fieles depende en gran parte de la fecunda relación entre exegesis y
teología. Por eso, considero importante retomar algunas reflexiones
surgidas durante la discusión sobre este tema en los trabajos del
Sínodo.
Desarrollo de la investigación bíblica y Magisterio eclesial
32. En primer lugar, es necesario reconocer el
beneficio aportado por la exegesis histórico-crítica a la vida de la
Iglesia, así como otros métodos de análisis del texto desarrollados
recientemente.[97] Para la
visión católica de la Sagrada Escritura, la atención a estos métodos es
imprescindible y va unida al realismo de la encarnación: «Esta necesidad
es la consecuencia del principio cristiano formulado en el Evangelio
de san Juan: “Verbum caro factum est” (Jn 1,14). El
hecho histórico es una dimensión constitutiva de la fe cristiana. La
historia de la salvación no es una mitología, sino una verdadera
historia y, por tanto, hay que estudiarla con los métodos de la
investigación histórica seria».[98]
Así pues, el estudio de la Biblia exige el conocimiento y el uso
apropiado de estos métodos de investigación. Si bien es cierto que esta
sensibilidad en el ámbito de los estudios se ha desarrollado más
intensamente en la época moderna, aunque no de igual modo en todas
partes, sin embargo, la sana tradición eclesial ha tenido siempre amor
por el estudio de la «letra». Baste recordar aquí que, en la raíz de la
cultura monástica, a la que debemos en último término el fundamento de
la cultura europea, se encuentra el interés por la palabra. El deseo de
Dios incluye el amor por la palabra en todas sus dimensiones: «Porque,
en la Palabra bíblica, Dios está en camino hacia nosotros y nosotros
hacia él, hace falta aprender a penetrar en el secreto de la lengua,
comprenderla en su estructura y en el modo de expresarse. Así,
precisamente por la búsqueda de Dios, resultan importantes las ciencias
profanas que nos señalan el camino hacia la lengua».[99]
33. El Magisterio vivo de la Iglesia, al que le
corresponde «interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o
escrita»,[100] ha
intervenido con sabio equilibrio en relación a la postura adecuada que
se ha de adoptar ante la introducción de nuevos métodos de análisis
histórico. Me refiero en particular a las encíclicas
Providentissimus Deus del Papa León XIII y
Divino afflante Spiritu del Papa Pío XII. Con ocasión de la
celebración del centenario y cincuenta aniversario, respectivamente, de
su publicación, mi venerable predecesor, Juan Pablo II, recordó la
importancia de estos documentos para la exegesis y la teología.[101]
La intervención del Papa León XIII tuvo el mérito de proteger la
interpretación católica de la Biblia de los ataques del racionalismo,
pero sin refugiarse por ello en un sentido espiritual desconectado de la
historia. Sin rechazar la crítica científica, desconfiaba solamente «de
las opiniones preconcebidas que pretenden fundarse en la ciencia, pero
que, en realidad, hacen salir subrepticiamente a la ciencia de su campo
propio».[102] El Papa Pío
XII, en cambio, se enfrentaba a los ataques de los defensores de una
exegesis llamada mística, que rechazaba cualquier aproximación
científica. La Encíclica
Divino afflante Spiritu, ha evitado con gran sensibilidad
alimentar la idea de una dicotomía entre «la exegesis científica»,
destinada a un uso apologético, y «la interpretación espiritual
reservada a un uso interno», reivindicando en cambio tanto el «alcance
teológico del sentido literal definido metódicamente», como la
pertenencia de la «determinación del sentido espiritual… en el campo de
la ciencia exegética».[103]
De ese modo, ambos documentos rechazaron «la ruptura entre lo humano y
lo divino, entre la investigación científica y la mirada de la fe, y
entre el sentido literal y el sentido espiritual».[104]
Este equilibrio se ha manifestado a continuación en el documento de la
Pontificia Comisión Bíblica de 1993: «En el trabajo de interpretación,
los exegetas católicos no deben olvidar nunca que lo que interpretan es
la Palabra de Dios. Su tarea no termina con la distinción de las
fuentes, la definición de formas o la explicación de los procedimientos
literarios. La meta de su trabajo se alcanza cuando aclaran el
significado del texto bíblico como Palabra actual de Dios».[105]
La hermenéutica bíblica conciliar: una indicación que se ha de
seguir
34. Teniendo en cuenta este horizonte, se pueden
apreciar mejor los grandes principios de la exegesis católica sobre la
interpretación, expresados por el Concilio Vaticano II, de modo
particular en la Constitución dogmática
Dei Verbum: «Puesto que Dios habla en la Escritura por medio de
hombres y en lenguaje humano, el intérprete de la Escritura, para
conocer lo que Dios quiso comunicarnos, debe estudiar con atención lo
que los autores querían decir y Dios quería dar a conocer con dichas
palabras».[106] Por un
lado, el Concilio subraya como elementos fundamentales para captar el
sentido pretendido por el hagiógrafo el estudio de los géneros
literarios y la contextualización. Y, por otro lado, debiéndose
interpretar en el mismo Espíritu en que fue escrita, la Constitución
dogmática señala tres criterios básicos para tener en cuenta la
dimensión divina de la Biblia: 1) Interpretar el texto considerando
la unidad de toda la Escritura; esto se llama hoy exegesis canónica;
2) tener presente la Tradición viva de toda la Iglesia; y,
finalmente, 3) observar la analogía de la fe. «Sólo donde se
aplican los dos niveles metodológicos, el histórico-crítico y el
teológico, se puede hablar de una exegesis teológica, de una exegesis
adecuada a este libro».[107]
Los Padres sinodales han afirmado con razón que el fruto positivo del
uso de la investigación histórico-crítica moderna es innegable. Sin
embargo, mientras la exegesis académica actual, también la católica,
trabaja a un gran nivel en cuanto se refiere a la metodología
histórico-crítica, también con sus más recientes integraciones, es
preciso exigir un estudio análogo de la dimensión teológica de los
textos bíblicos, con el fin de que progrese la profundización, de
acuerdo a los tres elementos indicados por la Constitución dogmática
Dei Verbum.[108]
El peligro del dualismo y la hermenéutica secularizada
35. A este propósito hay que señalar el grave riesgo
de dualismo que hoy se produce al abordar las Sagradas Escrituras. En
efecto, al distinguir los dos niveles mencionados del estudio de la
Biblia, en modo alguno se pretende separarlos, ni contraponerlos, ni
simplemente yuxtaponerlos. Éstos se dan sólo en reciprocidad.
Lamentablemente, sucede más de una vez que una estéril separación entre
ellos genera una separación entre exegesis y teología, que «se produce
incluso en los niveles académicos más elevados».[109]
Quisiera recordar aquí las consecuencias más preocupantes que se han de
evitar.
a) Ante todo, si la actividad exegética se reduce únicamente
al primer nivel, la Escritura misma se convierte sólo en un texto del
pasado: «Se pueden extraer de él consecuencias morales, se puede
aprender la historia, pero el libro como tal habla sólo del pasado y la
exegesis ya no es realmente teológica, sino que se convierte en pura
historiografía, en historia de la literatura».[110]
Está claro que con semejante reducción no se puede de ningún modo
comprender el evento de la revelación de Dios mediante su Palabra que se
nos transmite en la Tradición viva y en la Escritura.
b) La falta de una hermenéutica de la fe con relación a la
Escritura no se configura únicamente en los términos de una ausencia; es
sustituida por otra hermenéutica, una hermenéutica secularizada,
positivista, cuya clave fundamental es la convicción de que Dios no
aparece en la historia humana. Según esta hermenéutica, cuando parece
que hay un elemento divino, hay que explicarlo de otro modo y reducir
todo al elemento humano. Por consiguiente, se proponen interpretaciones
que niegan la historicidad de los elementos divinos.[111]
c) Una postura como ésta, no hace más que producir daño en la
vida de la Iglesia, extendiendo la duda sobre los misterios
fundamentales del cristianismo y su valor histórico como, por ejemplo,
la institución de la Eucaristía y la resurrección de Cristo. Así se
impone, de hecho, una hermenéutica filosófica que niega la posibilidad
de la entrada y la presencia de Dios en la historia. La adopción de esta
hermenéutica en los estudios teológicos introduce inevitablemente un
grave dualismo entre la exegesis, que se apoya únicamente en el primer
nivel, y la teología, que se deja a merced de una espiritualización del
sentido de las Escrituras no respetuosa del carácter histórico de la
revelación.
d) Todo esto resulta negativo también para la vida espiritual
y la actividad pastoral: «La consecuencia de la ausencia del segundo
nivel metodológico es la creación de una profunda brecha entre exegesis
científica y lectio divina. Precisamente de aquí surge a veces
cierta perplejidad también en la preparación de las homilías».[112]
Hay que señalar, además, que este dualismo produce a veces incertidumbre
y poca solidez en el camino de formación intelectual de algunos
candidatos a los ministerios eclesiales.[113]
En definitiva, «cuando la exegesis no es teología, la Escritura no puede
ser el alma de la teología y, viceversa, cuando la teología no es
esencialmente interpretación de la Escritura en la Iglesia, esta
teología ya no tiene fundamento».[114]
Por tanto, es necesario volver decididamente a considerar con más
atención las indicaciones emanadas por la Constitución dogmática
Dei Verbum a este propósito.
Fe y razón en relación con la Escritura
36. Pienso que puede ayudar a comprender de manera
más completa la exegesis y, por tanto, su relación con toda la teología,
lo que escribió a este propósito el Papa Juan Pablo II en la Encíclica
Fides et
ratio. Efectivamente, él decía que no se ha de minimizar
«el peligro de la aplicación de una sola metodología para llegar a la
verdad de la sagrada Escritura, olvidando la necesidad de una exegesis
más amplia que permita comprender, junto con toda la Iglesia, el sentido
pleno de los textos. Cuantos se dedican al estudio de las sagradas
Escrituras deben tener siempre presente que las diversas metodologías
hermenéuticas se apoyan en una determinada concepción filosófica. Por
ello, es preciso analizarla con discernimiento antes de aplicarla a los
textos sagrados».[115]
Esta penetrante reflexión nos permite notar que lo que está en juego
en la hermenéutica con que se aborda la Sagrada Escritura es
inevitablemente la correcta relación entre fe y razón. En efecto, la
hermenéutica secularizada de la Sagrada Escritura es fruto de una razón
que estructuralmente se cierra a la posibilidad de que Dios entre en la
vida de los hombres y les hable con palabras humanas. También en este
caso, pues, es necesario invitar a ensanchar los espacios de nuestra
racionalidad.[116]
Por eso, en la utilización de los métodos de análisis histórico, hay que
evitar asumir, allí donde se presente, criterios que por principio no
admiten la revelación de Dios en la vida de los hombres. La unidad de
los dos niveles del trabajo de interpretación de la Sagrada Escritura
presupone, en definitiva, una armonía entre la fe y la razón. Por
una parte, se necesita una fe que, manteniendo una relación adecuada con
la recta razón, nunca degenere en fideísmo, el cual, por lo que se
refiere a la Escritura, llevaría a lecturas fundamentalistas. Por otra
parte, se necesita una razón que, investigando los elementos históricos
presentes en la Biblia, se muestre abierta y no rechace a priori todo lo
que exceda su propia medida. Por lo demás, la religión del Logos
encarnado no dejará de mostrarse profundamente razonable al hombre que
busca sinceramente la verdad y el sentido último de la propia vida y de
la historia.
Sentido literal y sentido espiritual
37. Como se ha afirmado en la Asamblea sinodal, una
aportación significativa para la recuperación de una adecuada
hermenéutica de la Escritura proviene también de una escucha renovada de
los Padres de la Iglesia y de su enfoque exegético.[117]
En efecto, los Padres de la Iglesia nos muestran todavía hoy una
teología de gran valor, porque en su centro está el estudio de la
Sagrada Escritura en su integridad. Efectivamente, los Padres son en
primer lugar y esencialmente unos «comentadores de la Sagrada
Escritura».[118] Su
ejemplo puede «enseñar a los exegetas modernos un acercamiento
verdaderamente religioso a la Sagrada Escritura, así como una
interpretación que se ajusta constantemente al criterio de comunión con
la experiencia de la Iglesia, que camina a través de la historia bajo la
guía del Espíritu Santo».[119]
Aunque obviamente no conocían los recursos de carácter filológico e
histórico de que dispone la exegesis moderna, la tradición patrística y
medieval sabía reconocer los diversos sentidos de la Escritura,
comenzando por el literal, es decir, «el significado por la palabras de
la Escritura y descubierto por la exegesis que sigue las reglas de la
justa interpretación».[120]
Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, afirma: «Todos los sentidos de la
sagrada Escritura se basan en el sentido literal».[121]
Pero se ha de recordar que en la época patrística y medieval cualquier
forma de exegesis, también la literal, se hacía basándose en la fe y no
había necesariamente distinción entre sentido literal y
sentido espiritual. Se tenga en cuenta a este propósito el dístico
clásico que representa la relación entre los diversos sentidos de la
Escritura:
«Littera gesta docet, quid credas allegoria,
Moralis quid agas, quo tendas anagogia.
La letra enseña los hechos, la alegoría lo que se ha de creer,
el sentido moral lo que hay que hacer y la anagogía hacia dónde se
tiende».[122]
Aquí observamos la unidad y la articulación entre sentido literal
y sentido espiritual, el cual se subdivide a su vez en tres
sentidos, que describen los contenidos de la fe, la moral y la tensión
escatológica.
En definitiva, reconociendo el valor y la necesidad del método
histórico-crítico aun con sus limitaciones, la exegesis patrística nos
enseña que «no se es fiel a la intención de los textos bíblicos, sino
cuando se procura encontrar, en el corazón de su formulación, la
realidad de fe que expresan, y se enlaza ésta a la experiencia creyente
de nuestro mundo».[123]
Sólo en esta perspectiva se puede reconocer que la Palabra de Dios está
viva y se dirige a cada uno en el momento presente de nuestra vida. En
este sentido, sigue siendo plenamente válido lo que afirma la Pontificia
Comisión Bíblica, cuando define el sentido espiritual según la fe
cristiana, como «el sentido expresado por los textos bíblicos, cuando se
los lee bajo la influencia del Espíritu Santo en el contexto del
misterio pascual de Cristo y de la vida nueva que proviene de él. Este
contexto existe efectivamente. El Nuevo Testamento reconoce en él el
cumplimiento de las Escrituras. Es, pues, normal releer las Escrituras a
la luz de este nuevo contexto, que es el de la vida en el Espíritu».[124]
Necesidad de trascender la «letra»
38. Para restablecer la articulación entre los
diferentes sentidos escriturísticos es decisivo comprender el paso de
la letra al espíritu. No se trata de un paso automático y
espontáneo; se necesita más bien trascender la letra: «De hecho, la
Palabra de Dios nunca está presente en la simple literalidad del texto.
Para alcanzarla hace falta trascender y un proceso de comprensión que se
deja guiar por el movimiento interior del conjunto y por ello debe
convertirse también en un proceso vital».[125]
Descubrimos así la razón por la que un proceso de interpretación
auténtico no es sólo intelectual sino también vital, que reclama una
total implicación en la vida eclesial, en cuanto vida «según el
Espíritu» (Ga 5,16). De ese modo resultan más claros los
criterios expuestos en el número 12 de la Constitución dogmática
Dei Verbum: este trascender no puede hacerse en un solo
fragmento literario, sino en relación con la Escritura en su totalidad.
En efecto, la Palabra hacia la que estamos llamados a trascender es
única. Ese proceso tiene un aspecto íntimamente dramático, puesto que en
el trascender, el paso que tiene lugar por la fuerza del Espíritu está
inevitablemente relacionado con la libertad de cada uno. San Pablo vivió
plenamente en su propia existencia este paso. Con la frase: «la pura
letra mata y, en cambio, el Espíritu da vida» (2 Co 3,6), ha
expresado de modo radical lo que significa trascender la letra y su
comprensión a partir de la totalidad. San Pablo descubre que «el
Espíritu liberador tiene un nombre y que la libertad tiene por tanto una
medida interior: “El Señor es el Espíritu, y donde hay el Espíritu del
Señor hay libertad” (2 Co 3,17). El Espíritu liberador no es
simplemente la propia idea, la visión personal de quien interpreta. El
Espíritu es Cristo, y Cristo es el Señor que nos indica el camino».[126]
Sabemos también que este paso fue para san Agustín dramático y al mismo
tiempo liberador; él, gracias a ese trascender propio de la
interpretación tipológica que aprendió de san Ambrosio, según la cual
todo el Antiguo Testamento es un camino hacia Jesucristo, creyó en las
Escrituras, que se le presentaban en un primer momento tan diferentes
entre sí y, a veces, llenas de vulgaridades. Para san Agustín, el
trascender la letra le ha hecho creíble la letra misma y le ha permitido
encontrar finalmente la respuesta a las profundas inquietudes de su
espíritu, sediento de verdad.[127]
Unidad intrínseca de la Biblia
39. En la escuela de la gran tradición de la Iglesia
aprendemos a captar también la unidad de toda la Escritura en el paso de
la letra al espíritu, ya que la Palabra de Dios que interpela nuestra
vida y la llama constantemente a la conversión es una sola.[128]
Sigue siendo para nosotros una guía segura lo que decía Hugo de San
Víctor: «Toda la divina Escritura es un solo libro y este libro es
Cristo, porque toda la Escritura habla de Cristo y se cumple en Cristo».[129]
Ciertamente, la Biblia, vista bajo el aspecto puramente histórico o
literario, no es simplemente un libro, sino una colección de textos
literarios, cuya composición se extiende a lo largo de más de un
milenio, y en los que no es fácil reconocer una unidad interior; hay
incluso tensiones visibles entre ellos. Esto vale para la Biblia de
Israel, que los cristianos llamamos Antiguo Testamento. Pero todavía más
cuando los cristianos relacionamos los escritos del Nuevo Testamento,
casi como clave hermenéutica, con la Biblia de Israel, interpretándola
así como camino hacia Cristo. Generalmente, en el Nuevo Testamento no se
usa el término «la Escritura» (cf. Rm 4,3; 1 P 2,6), sino
«las Escrituras» (cf. Mt 21,43; Jn 5,39; Rm 1,2;
2 P 3,16), que son consideradas, en su conjunto, como la única
Palabra de Dios dirigida a nosotros.[130]
Así, aparece claramente que quien da unidad a todas las «Escrituras» en
relación a la única «Palabra» es la persona de Cristo. De ese modo, se
comprende lo que afirmaba el número 12 de la Constitución dogmática
Dei Verbum, indicando la unidad interna de toda la Biblia como
criterio decisivo para una correcta hermenéutica de la fe.
Relación entre Antiguo y Nuevo Testamento
40. En la perspectiva de la unidad de las Escrituras
en Cristo, tanto los teólogos como los pastores han de ser conscientes
de las relaciones entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Ante todo,
está muy claro que el mismo Nuevo Testamento reconoce el Antiguo
Testamento como Palabra de Dios y acepta, por tanto, la autoridad de
las Sagradas Escrituras del pueblo judío.[131]
Las reconoce implícitamente al aceptar el mismo lenguaje y haciendo
referencia con frecuencia a pasajes de estas Escrituras. Las reconoce
explícitamente, pues cita muchas partes y se sirve de ellas en sus
argumentaciones. Así, la argumentación basada en textos del Antiguo
Testamento constituye para el Nuevo Testamento un valor decisivo,
superior al de los simples razonamientos humanos. En el cuarto
Evangelio, Jesús declara en este sentido que la Escritura «no puede
fallar» (Jn10,35), y san Pablo precisa concretamente que la
revelación del Antiguo Testamento es válida también para nosotros, los
cristianos (cf. Rm 15,4; 1 Co 10,11).[132]
Además, afirmamos que «Jesús de Nazaret fue un judío y la Tierra Santa
es la tierra madre de la Iglesia»;[133]
en el Antiguo y Nuevo Testamento se encuentra la raíz del cristianismo y
el cristianismo se nutre siempre de ella. Por tanto, la sana doctrina
cristiana ha rechazado siempre cualquier forma de marcionismo
recurrente, que tiende de diversos modos a contraponer el Antiguo con el
Nuevo Testamento.[134]
Además, el mismo Nuevo Testamento se declara conforme al Antiguo
Testamento, y proclama que en el misterio de la vida, muerte y
resurrección de Cristo las Sagradas Escrituras del pueblo judío han
encontrado su perfecto cumplimiento. Por otra parte, es necesario
observar que el concepto de cumplimiento de las Escrituras es complejo,
porque comporta una triple dimensión: un aspecto fundamental de
continuidad con la revelación del Antiguo Testamento, un aspecto de
ruptura y otro de cumplimiento y superación. El misterio
de Cristo está en continuidad de intención con el culto sacrificial del
Antiguo Testamento; sin embargo, se ha realizado de un modo diferente,
de acuerdo con muchos oráculos de los profetas, alcanzando así una
perfección nunca lograda antes. El Antiguo Testamento, en efecto, está
lleno de tensiones entre sus aspectos institucionales y proféticos. El
misterio pascual de Cristo es plenamente conforme –de un modo que no era
previsible– con las profecías y el carácter prefigurativo de las
Escrituras; no obstante, presenta evidentes aspectos de discontinuidad
respecto a las instituciones del Antiguo Testamento.
41. Estas consideraciones muestran así la
importancia insustituible del Antiguo Testamento para los cristianos y,
al mismo tiempo, destacan la originalidad de la lectura cristológica.
Desde los tiempos apostólicos y, después, en la Tradición viva, la
Iglesia ha mostrado la unidad del plan divino en los dos Testamentos
gracias a la tipología, que no tiene un carácter arbitrario sino que
pertenece intrínsecamente a los acontecimientos narrados por el texto
sagrado y por tanto afecta a toda la Escritura. La tipología «reconoce
en las obras de Dios en la Antigua Alianza, prefiguraciones de lo que
Dios realizó en la plenitud de los tiempos en la persona de su Hijo
encarnado».[135] Los
cristianos, por tanto, leen el Antiguo Testamento a la luz de Cristo
muerto y resucitado. Si bien la lectura tipológica revela el contenido
inagotable del Antiguo Testamento en relación con el Nuevo, no se debe
olvidar que él mismo conserva su propio valor de Revelación, que nuestro
Señor mismo ha reafirmado (cf. Mc 12,29-31). Por tanto, «el Nuevo
Testamento exige ser leído también a la luz del Antiguo. La catequesis
cristiana primitiva recurría constantemente a él (cf. 1 Co 5,6-8;
1 Co 10,1-11)».[136]
Por este motivo, los Padres sinodales han afirmado que «la comprensión
judía de la Biblia puede ayudar al conocimiento y al estudio de las
Escrituras por los cristianos».[137]
«El Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo y el Antiguo es
manifiesto en el Nuevo».[138]
Así, con aguda sabiduría, se expresaba san Agustín sobre este tema. Es
importante, pues, que tanto en la pastoral como en el ámbito académico
se ponga bien de manifiesto la relación íntima entre los dos
Testamentos, recordando con san Gregorio Magno que todo lo que «el
Antiguo Testamento ha prometido, el Nuevo Testamento lo ha cumplido; lo
que aquél anunciaba de manera oculta, éste lo proclama abiertamente como
presente. Por eso, el Antiguo Testamento es profecía del Nuevo
Testamento; y el mejor comentario al Antiguo Testamento es el Nuevo
Testamento».[139]
Las páginas «oscuras» de la Biblia
42. En el contexto de la relación entre Antiguo y
Nuevo Testamento, el Sínodo ha afrontado también el tema de las páginas
de la Biblia que resultan oscuras y difíciles, por la violencia y las
inmoralidades que a veces contienen. A este respecto, se ha de tener
presente ante todo que la revelación bíblica está arraigada
profundamente en la historia. El plan de Dios se manifiesta
progresivamente en ella y se realiza lentamente por etapas
sucesivas, no obstante la resistencia de los hombres. Dios elige un
pueblo y lo va educando pacientemente. La revelación se acomoda al nivel
cultural y moral de épocas lejanas y, por tanto, narra hechos y
costumbres como, por ejemplo, artimañas fraudulentas, actos de
violencia, exterminio de poblaciones, sin denunciar explícitamente su
inmoralidad; esto se explica por el contexto histórico, aunque pueda
sorprender al lector moderno, sobre todo cuando se olvidan tantos
comportamientos «oscuros» que los hombres han tenido siempre a lo largo
de los siglos, y también en nuestros días. En el Antiguo Testamento, la
predicación de los profetas se alza vigorosamente contra todo tipo de
injusticia y violencia, colectiva o individual y, de este modo, es el
instrumento de la educación que Dios da a su pueblo como preparación al
Evangelio. Por tanto, sería equivocado no considerar aquellos pasajes de
la Escritura que nos parecen problemáticos. Más bien, hay que ser
conscientes de que la lectura de estas páginas exige tener una adecuada
competencia, adquirida a través de una formación que enseñe a leer los
textos en su contexto histórico-literario y en la perspectiva cristiana,
que tiene como clave hermenéutica completa «el Evangelio y el
mandamiento nuevo de Jesucristo, cumplido en el misterio pascual».[140]
Por eso, exhorto a los estudiosos y a los pastores, a que ayuden a todos
los fieles a acercarse también a estas páginas mediante una lectura que
les haga descubrir su significado a la luz del misterio de Cristo.
Cristianos y judíos en relación con la Sagrada Escritura
43. Teniendo en cuenta los estrechos vínculos que
unen el Nuevo y el Antiguo Testamento, resulta espontáneo dirigir ahora
la atención a los lazos especiales que ello comporta para la relación
entre cristianos y judíos, unos lazos que nunca deben olvidarse. El Papa
Juan Pablo II dijo a los judíos: sois «“nuestros hermanos predilectos”
en la fe de Abrahán, nuestro patriarca».[141]
Ciertamente, estas declaraciones no ignoran las rupturas que aparecen en
el Nuevo Testamento respecto a las instituciones del Antiguo Testamento
y, menos aún, la afirmación de que en el misterio de Jesucristo,
reconocido como Mesías e Hijo de Dios, se cumplen las Escrituras. Pero
esta diferencia profunda y radical, en modo alguno implica hostilidad
recíproca. Por el contrario, el ejemplo de san Pablo (cf. Rm
9-11) demuestra «que una actitud de respeto, de estima y de amor hacia
el pueblo judío es la sola actitud verdaderamente cristiana en esta
situación que forma misteriosamente parte del designio totalmente
positivo de Dios».[142]
En efecto, san Pablo dice que los judíos, «considerando la elección,
Dios los ama en atención a los patriarcas, pues los dones y la llamada
de Dios son irrevocables» (Rm 11,28-29).
Además, san Pablo usa también la bella imagen del árbol de olivo para
describir las relaciones tan estrechas entre cristianos y judíos: la
Iglesia de los gentiles es como un brote de olivo silvestre, injertado
en el olivo bueno, que es el pueblo de la Alianza (cf. Rm
11,17-24). Así pues, tomamos nuestro alimento de las mismas raíces
espirituales. Nos encontramos como hermanos, hermanos que en ciertos
momentos de su historia han tenido una relación tensa, pero que ahora
están firmemente comprometidos en construir puentes de amistad duradera.[143]
El Papa Juan Pablo II dijo en una ocasión: «Es mucho lo que tenemos en
común. Y es mucho lo que podemos hacer juntos por la paz, por la
justicia y por un mundo más fraterno y humano».[144]
Deseo reiterar una vez más lo importante que es para la Iglesia el
diálogo con los judíos. Conviene que, donde haya oportunidad, se
creen posibilidades, incluso públicas, de encuentro y de debate que
favorezcan el conocimiento mutuo, la estima recíproca y la colaboración,
aun en el ámbito del estudio de las Sagradas Escrituras.
La interpretación fundamentalista de las Escrituras
44. La atención que hemos querido prestar hasta
ahora al tema de la hermenéutica bíblica en sus diferentes aspectos nos
permite abordar la cuestión, surgida más de una vez en los debates del
Sínodo, de la interpretación fundamentalista de la Sagrada Escritura.[145]
Sobre este argumento, la Pontificia Comisión Bíblica, en el documento
La interpretación de la Biblia en la Iglesia, ha formulado
directrices importantes. En este contexto, quisiera llamar la atención
particularmente sobre aquellas lecturas que no respetan el texto sagrado
en su verdadera naturaleza, promoviendo interpretaciones subjetivas y
arbitrarias. En efecto, el «literalismo» propugnado por la lectura
fundamentalista, representa en realidad una traición, tanto del sentido
literal como espiritual, abriendo el camino a instrumentalizaciones de
diversa índole, como, por ejemplo, la difusión de interpretaciones
antieclesiales de las mismas Escrituras. El aspecto problemático de esta
lectura es que, «rechazando tener en cuenta el carácter histórico de la
revelación bíblica, se vuelve incapaz de aceptar plenamente la verdad de
la Encarnación misma. El fundamentalismo rehúye la estrecha relación de
lo divino y de lo humano en las relaciones con Dios... Por esta razón,
tiende a tratar el texto bíblico como si hubiera sido dictado palabra
por palabra por el Espíritu, y no llega a reconocer que la Palabra de
Dios ha sido formulada en un lenguaje y en una fraseología condicionadas
por una u otra época determinada».[146]
El cristianismo, por el contrario, percibe en las palabras, la
Palabra, el Logos mismo, que extiende su misterio a través de
dicha multiplicidad y de la realidad de una historia humana.[147]
La verdadera respuesta a una lectura fundamentalista es la «lectura
creyente de la Sagrada Escritura». Esta lectura, «practicada desde la
antigüedad en la Tradición de la Iglesia, busca la verdad que salva para
la vida de todo fiel y para la Iglesia. Esta lectura reconoce el valor
histórico de la tradición bíblica. Y es justamente por este valor de
testimonio histórico por lo que quiere redescubrir el significado vivo
de las Sagradas Escrituras destinadas también a la vida del creyente de
hoy»,[148] sin ignorar
por tanto, la mediación humana del texto inspirado y sus géneros
literarios.
Diálogo entre pastores, teólogos y exegetas
45. La auténtica hermenéutica de la fe comporta
ciertas consecuencias importantes en la actividad pastoral de la
Iglesia. Precisamente en este sentido, los Padres sinodales han
recomendado, por ejemplo, un contacto más asiduo entre pastores,
teólogos y exegetas. Conviene que las Conferencias Episcopales
favorezcan estas reuniones para «promover un mayor servicio de comunión
en la Palabra de Dios».[149]
Esta cooperación ayudará a todos a hacer mejor su trabajo en beneficio
de toda la Iglesia. En efecto, situarse en el horizonte de la acción
pastoral, quiere decir, incluso para los eruditos, considerar el texto
sagrado en su naturaleza propia de comunicación que el Señor ofrece a
los hombres para la salvación. Por tanto, como dice la Constitución
dogmática
Dei Verbum, se recomienda que «los exegetas católicos y demás
teólogos trabajen en común esfuerzo y bajo la vigilancia del Magisterio
para investigar con medios oportunos la Escritura y para explicarla, de
modo que se multipliquen los ministros de la palabra capaces de ofrecer
al Pueblo de Dios el alimento de la Escritura, que alumbre el
entendimiento, confirme la voluntad, encienda el corazón en amor de
Dios».[150]
Biblia y ecumenismo
46. Consciente de que la Iglesia tiene su fundamento
en Cristo, Verbo de Dios hecho carne, el Sínodo ha querido subrayar el
puesto central de los estudios bíblicos en el diálogo ecuménico, con
vistas a la plena expresión de la unidad de todos los creyentes en
Cristo.[151] En efecto,
en la misma Escritura encontramos la petición vibrante de Jesús al Padre
de que sus discípulos sean una sola cosa, para que el mundo crea (cf.
Jn 17,21). Todo esto nos refuerza en la convicción de que escuchar y
meditar juntos las Escrituras nos hace vivir una comunión real, aunque
todavía no plena;[152]
«la escucha común de las Escrituras impulsa por tanto el diálogo de la
caridad y hace crecer el de la verdad».[153]
En efecto, escuchar juntos la Palabra de Dios, practicar la lectio
divina de la Biblia; dejarse sorprender por la novedad de la Palabra
de Dios, que nunca envejece ni se agota; superar nuestra sordera ante
las palabras que no concuerdan con nuestras opiniones o prejuicios;
escuchar y estudiar en la comunión de los creyentes de todos los
tiempos; todo esto es un camino que se ha de recorrer para alcanzar la
unidad de la fe, como respuesta a la escucha de la Palabra.[154]
Las palabras del Concilio Vaticano II eran verdaderamente iluminadoras:
«En el diálogo mismo [ecuménico], las Sagradas Escrituras son un
instrumento precioso en la mano poderosa de Dios para lograr la unidad
que el Salvador muestra a todos los hombres».[155]
Por tanto, conviene incrementar el estudio, la confrontación y las
celebraciones ecuménicas de la Palabra de Dios, respetando las normas
vigentes y las diferentes tradiciones.[156]
Éstas celebraciones favorecen la causa ecuménica y, cuando se viven en
su verdadero sentido, constituyen momentos intensos de auténtica oración
para pedir a Dios que venga pronto el día suspirado en el que todos
podamos estar juntos en torno a una misma mesa y beber del mismo cáliz.
No obstante, en la loable y justa promoción de dichos momentos, se ha de
evitar que éstos sean propuestos a los fieles como una sustitución de la
participación en la santa Misa los días de precepto.
En este trabajo de estudio y oración, también se han de reconocer con
serenidad aquellos aspectos que requieren ser profundizados, y que nos
mantienen todavía distantes, como por ejemplo la comprensión del sujeto
autorizado de la interpretación en la Iglesia y el papel decisivo del
Magisterio.[157]
Quisiera subrayar, además, lo dicho por los Padres sinodales sobre la
importancia en este trabajo ecuménico de las traducciones de la
Biblia en las diversas lenguas. En efecto, sabemos que traducir un
texto no es mero trabajo mecánico, sino que, en cierto sentido, forma
parte de la tarea interpretativa. A este propósito, el Venerable Juan
Pablo II ha dicho: «Quien recuerda todo lo que influyeron las disputas
en torno a la Escritura en las divisiones, especialmente en Occidente,
puede comprender el notable paso que representan estas traducciones
comunes».[158] Por eso,
la promoción de las traducciones comunes de la Biblia es parte del
trabajo ecuménico. Deseo agradecer aquí a todos los que están
comprometidos en esta importante tarea y animarlos a continuar en su
obra.
Consecuencias en el planteamiento de los estudios teológicos
47. Otra consecuencia que se desprende de una
adecuada hermenéutica de la fe se refiere a la necesidad de tener en
cuenta sus implicaciones en la formación exegética y teológica,
particularmente de los candidatos al sacerdocio. Se ha de encontrar la
manera de que el estudio de la Sagrada Escritura sea verdaderamente el
alma de la teología, por cuanto en ella se reconoce la Palabra de Dios,
que se dirige hoy al mundo, a la Iglesia y a cada uno personalmente. Es
importante que los criterios indicados en el número 12 de la
Constitución dogmática
Dei Verbum se tomen efectivamente en consideración, y que se
profundice en ellos. Evítese fomentar un concepto de investigación
científica que se considere neutral respecto a la Escritura. Por eso,
junto al estudio de las lenguas en que ha sido escrita la Biblia y de
los métodos interpretativos adecuados, es necesario que los estudiantes
tengan una profunda vida espiritual, de manera que comprendan que sólo
se puede entender la Escritura viviéndola.
En esta perspectiva, recomiendo que el estudio de la Palabra de Dios,
escrita y transmitida, se haga siempre con un profundo espíritu
eclesial, teniendo debidamente en cuenta en la formación académica las
intervenciones del Magisterio sobre estos temas, «que no está por encima
de la Palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo
transmitido, pues por mandato divino, y con la asistencia del Espíritu
Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica
fielmente».[159] Por
tanto, se ponga cuidado en que los estudios se desarrollen reconociendo
que «la Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el
plan prudente de Dios, están unidos y ligados, de modo que ninguno puede
subsistir sin los otros».[160]
Deseo, pues, que, según la enseñanza del Concilio Vaticano II, el
estudio de la Sagrada Escritura, leída en la comunión de la Iglesia
universal, sea realmente el alma del estudio teológico.[161]
Los santos y la interpretación de la Escritura
48. La interpretación de la Sagrada Escritura
quedaría incompleta si no se estuviera también a la escucha de
quienes han vivido realmente la Palabra de Dios, es decir, los santos.[162]
En efecto, «viva lectio est vita bonorum».[163]
Así, la interpretación más profunda de la Escritura proviene
precisamente de los que se han dejado plasmar por la Palabra de Dios a
través de la escucha, la lectura y la meditación asidua.
Ciertamente, no es una casualidad que las grandes espiritualidades
que han marcado la historia de la Iglesia hayan surgido de una explícita
referencia a la Escritura. Pienso, por ejemplo, en san Antonio, Abad,
movido por la escucha de aquellas palabras de Cristo: «Si quieres llegar
hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así
tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo» (Mt 19,21).[164]
No es menos sugestivo san Basilio Magno, que se pregunta en su obra
Moralia: «¿Qué es propiamente la fe? Plena e indudable certeza de la
verdad de las palabras inspiradas por Dios... ¿Qué es lo propio del
fiel? Conformarse con esa plena certeza al significado de las palabras
de la Escritura, sin osar quitar o añadir lo más mínimo».[165]
San Benito se remite en su Regla a la Escritura, como «norma
rectísima para la vida del hombre».[166]
San Francisco de Asís –escribe Tomás de Celano–, «al oír que los
discípulos de Cristo no han de poseer ni oro, ni plata, ni dinero; ni
llevar alforja, ni pan, ni bastón en el camino; ni tener calzado ni dos
túnicas, exclamó inmediatamente, lleno de Espíritu Santo: ¡Esto quiero,
esto pido, esto ansío hacer de todo corazón!».[167]
Santa Clara de Asís reproduce plenamente la experiencia de san
Francisco: «La forma de vida de la Orden de las Hermanas pobres... es
ésta: observar el santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo».[168]
Además, santo Domingo de Guzmán «se manifestaba por doquier como un
hombre evangélico, tanto en las palabras como en las obras»,[169]
y así quiso que fueran también sus frailes predicadores, «hombres
evangélicos».[170] Santa
Teresa de Jesús, carmelita, que recurre continuamente en sus escritos a
imágenes bíblicas para explicar su experiencia mística, recuerda que
Jesús mismo le revela que «todo el daño que viene al mundo es de no
conocer las verdades de la Escritura».[171]
Santa Teresa del Niño Jesús encuentra el Amor como su vocación personal
al escudriñar las Escrituras, en particular en los capítulos 12 y 13 de
la Primera carta a los Corintios;[172]
esta misma santa describe el atractivo de las Escrituras: «En cuanto
pongo la mirada en el Evangelio, respiro de inmediato los perfumes de la
vida de Jesús y sé de qué parte correr».[173]
Cada santo es como un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios. Así,
pensemos también en san Ignacio de Loyola y su búsqueda de la verdad y
en el discernimiento espiritual; en san Juan Bosco y su pasión por la
educación de los jóvenes; en san Juan María Vianney y su conciencia de
la grandeza del sacerdocio como don y tarea; en san Pío de Pietrelcina y
su ser instrumento de la misericordia divina; en san Josemaría Escrivá y
su predicación sobre la llamada universal a la santidad; en la beata
Teresa de Calcuta, misionera de la caridad de Dios para con los últimos;
y también en los mártires del nazismo y el comunismo, representados, por
una parte por santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), monja
carmelita, y, por otra, por el beato Luís Stepinac, cardenal arzobispo
de Zagreb.
49. En relación con la Palabra de Dios, la santidad
se inscribe así, en cierto modo, en la tradición profética, en la que la
Palabra de Dios toma a su servicio la vida misma del profeta. En este
sentido, la santidad en la Iglesia representa una hermenéutica de la
Escritura de la que nadie puede prescindir. El Espíritu Santo, que ha
inspirado a los autores sagrados, es el mismo que anima a los santos a
dar la vida por el Evangelio. Acudir a su escuela es una vía segura para
emprender una hermenéutica viva y eficaz de la Palabra de Dios.
De esta unión entre Palabra de Dios y santidad tuvimos un testimonio
directo durante la
XII Asamblea del Sínodo cuando, el 12 de octubre, tuvo lugar en la
Plaza de San Pedro la
canonización de cuatro nuevos santos: el sacerdote Gaetano Errico,
fundador de la Congregación de los Misioneros de los Sagrados Corazones
de Jesús y María; Madre María Bernarda Bütler, nacida en Suiza y
misionera en Ecuador y en Colombia; sor Alfonsa de la Inmaculada
Concepción, primera santa canonizada nacida en la India; la joven seglar
ecuatoriana Narcisa de Jesús Martillo Morán. Con sus vidas, han dado
testimonio al mundo y a la Iglesia de la perenne fecundidad del
Evangelio de Cristo. Pidamos al Señor que, por intercesión de estos
santos, canonizados precisamente en los días de la Asamblea sinodal
sobre la Palabra de Dios, nuestra vida sea esa «buena tierra» en la que
el divino sembrador siembre la Palabra, para que produzca en nosotros
frutos de santidad, «del treinta o del sesenta o del ciento por uno» (Mc
4,20).
VERBUM IN ECCLESIA
«A cuantos la recibieron,
les da poder
para ser hijos de Dios» (Jn 1,12)
La palabra de Dios y la Iglesia
La Iglesia acoge la Palabra
50. El Señor pronuncia su Palabra para que la
reciban aquellos que han sido creados precisamente «por medio» del Verbo
mismo. «Vino a su casa» (Jn1,11): la Palabra no nos es
originariamente ajena, y la creación ha sido querida en una relación de
familiaridad con la vida divina. El Prólogo del cuarto Evangelio nos
sitúa también ante el rechazo de la Palabra divina por parte de los
«suyos» que «no la recibieron» (Jn1,11). No recibirla quiere
decir no escuchar su voz, no configurarse con el Logos. En
cambio, cuando el hombre, aunque sea frágil y pecador, sale sinceramente
al encuentro de Cristo, comienza una transformación radical: «A cuantos
la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios» (Jn1,12).
Recibir al Verbo quiere decir dejarse plasmar por Él hasta el punto de
llegar a ser, por el poder del Espíritu Santo, configurados con Cristo,
con el «Hijo único del Padre» (Jn1,14). Es el principio de una
nueva creación, nace la criatura nueva, un pueblo nuevo. Los que creen,
los que viven la obediencia de la fe, «han nacido de Dios» (cf. Jn
1,13), son partícipes de la vida divina: «hijos en el Hijo» (cf.
Ga 4,5-6; Rm 8,14-17). San Agustín, comentando este pasaje
del Evangelio de Juan, dice sugestivamente: «Por el Verbo existes tú.
Pero necesitas igualmente ser restaurado por Él».[174]
Vemos aquí perfilarse el rostro de la Iglesia, como realidad definida
por la acogida del Verbo de Dios que, haciéndose carne, ha venido a
poner su morada entre nosotros (cf. Jn 1,14). Esta morada
de Dios entre los hombres, esta Šekina (cf. Ex 26,1),
prefigurada en el Antiguo Testamento, se cumple ahora en la presencia
definitiva de Dios entre los hombres en Cristo.
Contemporaneidad de Cristo en la vida de la Iglesia
51. La relación entre Cristo, Palabra del Padre, y
la Iglesia no puede ser comprendida como si fuera solamente un
acontecimiento pasado, sino que es una relación vital, en la cual cada
fiel está llamado a entrar personalmente. En efecto, hablamos de la
presencia de la Palabra de Dios entre nosotros hoy: «Y sabed que yo
estoy con vosotros todos los días, hasta al fin del mundo» (Mt
28,20). Como afirma el Papa Juan Pablo II: «La contemporaneidad de
Cristo respecto al hombre de cada época se realiza en el cuerpo vivo de
la Iglesia. Por esto Dios prometió a sus discípulos el Espíritu Santo,
que les “recordaría” y les haría comprender sus mandamientos (cf. Jn
14,26) y, al mismo tiempo, sería el principio fontal de una vida nueva
para el mundo (cf. Jn 3,5-8; Rm 8,1-13)».[175]
La Constitución dogmática
Dei Verbum expresa este misterio en los términos bíblicos de un
diálogo nupcial: «Dios, que habló en otros tiempos, sigue conversando
siempre con la esposa de su Hijo amado; y el Espíritu Santo, por quien
la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo,
va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en
ellos intensamente la palabra de Cristo (cf. Col 3,16)».[176]
La Esposa de Cristo, maestra también hoy en la escucha, repite con
fe: «Habla, Señor, que tu Iglesia te escucha».[177]
Por eso, la Constitución dogmática
Dei Verbum comienza diciendo: «La Palabra de Dios la escucha con
devoción y la proclama con valentía el santo Concilio».[178]
En efecto, se trata de una definición dinámica de la vida de la Iglesia:
«Son palabras con las que el Concilio indica un aspecto que distingue a
la Iglesia. La Iglesia no vive de sí misma, sino del Evangelio, y en el
Evangelio encuentra siempre de nuevo orientación para su camino. Es una
consideración que todo cristiano debe hacer y aplicarse a sí mismo: sólo
quien se pone primero a la escucha de la Palabra, puede convertirse
después en su heraldo».[179]
En la Palabra de Dios proclamada y escuchada, y en los sacramentos,
Jesús dice hoy, aquí y ahora, a cada uno: «Yo soy tuyo, me entrego a
ti», para que el hombre pueda recibir y responder, y decir a su vez: «Yo
soy tuyo».[180] La
Iglesia aparece así en ese ámbito en que, por gracia, podemos
experimentar lo que dice el Prólogo de Juan: «Pero a cuantos la
recibieron, les da poder para ser hijos de Dios» (Jn 1,12).
La liturgia, lugar privilegiado de la palabra de Dios
La Palabra de Dios en la sagrada liturgia
52. Al considerar la Iglesia como «casa de la
Palabra»,[181] se ha
de prestar atención ante todo a la sagrada liturgia. En efecto, este es
el ámbito privilegiado en el que Dios nos habla en nuestra vida, habla
hoy a su pueblo, que escucha y responde. Todo acto litúrgico está por su
naturaleza empapado de la Sagrada Escritura. Como afirma la Constitución
Sacrosanctum Concilium, «la importancia de la Sagrada Escritura
en la liturgia es máxima. En efecto, de ella se toman las lecturas que
se explican en la homilía, y los salmos que se cantan; las preces,
oraciones y cantos litúrgicos están impregnados de su aliento y su
inspiración; de ella reciben su significado las acciones y los signos».[182]
Más aún, hay que decir que Cristo mismo «está presente en su palabra,
pues es Él mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada
Escritura».[183] Por
tanto, «la celebración litúrgica se convierte en una continua, plena y
eficaz exposición de esta Palabra de Dios. Así, la Palabra de Dios,
expuesta continuamente en la liturgia, es siempre viva y eficaz por el
poder del Espíritu Santo, y manifiesta el amor operante del Padre, amor
indeficiente en su eficacia para con los hombres».[184]
En efecto, la Iglesia siempre ha sido consciente de que, en el acto
litúrgico, la Palabra de Dios va acompañada por la íntima acción del
Espíritu Santo, que la hace operante en el corazón de los fieles. En
realidad, gracias precisamente al Paráclito, «la Palabra de Dios se
convierte en fundamento de la acción litúrgica, norma y ayuda de toda la
vida. Por consiguiente, la acción del Espíritu... va recordando, en el
corazón de cada uno, aquellas cosas que, en la proclamación de la
Palabra de Dios, son leídas para toda la asamblea de los fieles, y,
consolidando la unidad de todos, fomenta asimismo la diversidad de
carismas y proporciona la multiplicidad de actuaciones».[185]
Así pues, es necesario entender y vivir el valor esencial de la
acción litúrgica para comprender la Palabra de Dios. En cierto sentido,
la hermenéutica de la fe respecto a la Sagrada Escritura debe tener
siempre como punto de referencia la liturgia, en la que se celebra
la Palabra de Dios como palabra actual y viva: «En la liturgia, la
Iglesia sigue fielmente el mismo sistema que usó Cristo con la lectura e
interpretación de las Sagradas Escrituras, puesto que Él exhorta a
profundizar el conjunto de las Escrituras partiendo del “hoy” de su
acontecimiento personal».[186]
Aquí se muestra también la sabia pedagogía de la Iglesia, que
proclama y escucha la Sagrada Escritura siguiendo el ritmo del año
litúrgico. Este despliegue de la Palabra de Dios en el tiempo se produce
particularmente en la celebración eucarística y en la Liturgia de las
Horas. En el centro de todo resplandece el misterio pascual, al que se
refieren todos los misterios de Cristo y de la historia de la salvación,
que se actualizan sacramentalmente: «La santa Madre Iglesia..., al
conmemorar así los misterios de la redención, abre la riqueza de las
virtudes y de los méritos de su Señor, de modo que se los hace presentes
en cierto modo a los fieles durante todo tiempo para que los alcancen y
se llenen de la gracia de la salvación».[187]
Exhorto, pues, a los Pastores de la Iglesia y a los agentes de pastoral
a esforzarse en educar a todos los fieles a gustar el sentido profundo
de la Palabra de Dios que se despliega en la liturgia a lo largo del
año, mostrando los misterios fundamentales de nuestra fe. El
acercamiento apropiado a la Sagrada Escritura depende también de esto.
Sagrada Escritura y sacramentos
53. El Sínodo de los Obispos, afrontando el tema del
valor de la liturgia para la comprensión de la Palabra de Dios, ha
querido también subrayar la relación entre la Sagrada Escritura y la
acción sacramental. Es más conveniente que nunca profundizar en la
relación entre Palabra y Sacramento, tanto en la acción pastoral de la
Iglesia como en la investigación teológica.[188]
Ciertamente «la liturgia de la Palabra es un elemento decisivo en la
celebración de cada sacramento de la Iglesia»;[189]
sin embargo, en la práctica pastoral, los fieles no siempre son
conscientes de esta unión, ni captan la unidad entre el gesto y la
palabra. «Corresponde a los sacerdotes y a los diáconos,
sobre todo cuando administran los sacramentos, poner de relieve la
unidad que forman Palabra y sacramento en el ministerio de la Iglesia».[190]
En la relación entre Palabra y gesto sacramental se muestra en forma
litúrgica el actuar propio de Dios en la historia a través del
carácter performativo de la Palabra misma. En efecto, en la historia
de la salvación no hay separación entre lo que Dios dice y lo que
hace; su Palabra misma se manifiesta como viva y eficaz (cf. Hb
4,12), como indica, por lo demás, el sentido mismo de la expresión
hebrea dabar. Igualmente, en la acción litúrgica estamos ante su
Palabra que realiza lo que dice. Cuando se educa al Pueblo de Dios a
descubrir el carácter performativo de la Palabra de Dios en la liturgia,
se le ayuda también a percibir el actuar de Dios en la historia de la
salvación y en la vida personal de cada miembro.
Palabra de Dios y Eucaristía
54. Lo que se afirma genéricamente de la relación
entre Palabra y sacramentos, se ahonda cuando nos referimos a la
celebración eucarística. Además, la íntima unidad entre Palabra y
Eucaristía está arraigada en el testimonio bíblico (cf. Jn 6;
Lc24), confirmada por los Padres de la Iglesia y reafirmada por el
Concilio Vaticano II.[191]
A este respecto, podemos pensar en el gran discurso de Jesús sobre el
pan de vida en la sinagoga de Cafarnaúm (cf. Jn 6,22-69), en cuyo
trasfondo se percibe la comparación entre Moisés y Jesús, entre quien
habló cara a cara con Dios (cf. Ex 33,11) y quien revela a Dios
(cf. Jn 1,18). En efecto, el discurso sobre el pan se refiere al
don de Dios que Moisés obtuvo para su pueblo con el maná en el desierto
y que, en realidad, es la Torá, la Palabra de Dios que da vida
(cf. Sal 119; Pr 9,5). Jesús lleva a cumplimiento en sí
mismo la antigua figura: «El pan de Dios es el que baja del cielo y da
la vida al mundo... Yo soy el pan de vida» (Jn 6,33-35). Aquí,
«la Ley se ha hecho Persona. En el encuentro con Jesús nos alimentamos,
por así decirlo, del Dios vivo, comemos realmente el “pan del cielo”».[192]
El Prólogo de Juan se profundiza en el discurso de Cafarnaúm: si en el
primero el Logos de Dios se hace carne, en el segundo es «pan»
para la vida del mundo (cf. Jn 6,51), haciendo alusión de este
modo a la entrega que Jesús hará de sí mismo en el misterio de la cruz,
confirmada por la afirmación sobre su sangre que se da a «beber»
(cf. Jn 6,53). De este modo, en el misterio de la Eucaristía se
muestra cuál es el verdadero maná, el auténtico pan del cielo: es el
Logos de Dios que se ha hecho carne, que se ha entregado a sí mismo
por nosotros en el misterio pascual.
El relato de Lucas sobre los discípulos de Emaús nos permite una
reflexión ulterior sobre la unión entre la escucha de la Palabra y el
partir el pan (cf. Lc24,13-35). Jesús salió a su encuentro el día
siguiente al sábado, escuchó las manifestaciones de su esperanza
decepcionada y, haciéndose su compañero de camino, «les explicó lo que
se refería a él en toda la Escritura» (24,27). Junto con este caminante
que se muestra tan inesperadamente familiar a sus vidas, los dos
discípulos comienzan a mirar de un modo nuevo las Escrituras. Lo que
había ocurrido en aquellos días ya no aparece como un fracaso, sino como
cumplimiento y nuevo comienzo. Sin embargo, tampoco estas palabras les
parecen aún suficientes a los dos discípulos. El Evangelio de Lucas nos
dice que sólo cuando Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo
partió y se lo dio, «se les abrieron los ojos y lo reconocieron»
(24,31), mientras que antes «sus ojos no eran capaces de reconocerlo»
(24,16). La presencia de Jesús, primero con las palabras y después con
el gesto de partir el pan, hizo posible que los discípulos lo
reconocieran, y que pudieran revivir de un modo nuevo lo que antes
habían experimentado con él: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos
hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (24,32).
55. Estos relatos muestran cómo la Escritura misma
ayuda a percibir su unión indisoluble con la Eucaristía. «Conviene, por
tanto, tener siempre en cuenta que la Palabra de Dios leída y anunciada
por la Iglesia en la liturgia conduce, por decirlo así, al sacrificio de
la alianza y al banquete de la gracia, es decir, a la Eucaristía, como a
su fin propio».[193]
Palabra y Eucaristía se pertenecen tan íntimamente que no se puede
comprender la una sin la otra: la Palabra de Dios se hace
sacramentalmente carne en el acontecimiento eucarístico. La Eucaristía
nos ayuda a entender la Sagrada Escritura, así como la Sagrada
Escritura, a su vez, ilumina y explica el misterio eucarístico. En
efecto, sin el reconocimiento de la presencia real del Señor en la
Eucaristía, la comprensión de la Escritura queda incompleta. Por eso,
«la Iglesia honra con una misma veneración, aunque no con el mismo
culto, la Palabra de Dios y el misterio eucarístico y quiere y sanciona
que siempre y en todas partes se imite este proceder, ya que, movida por
el ejemplo de su Fundador, nunca ha dejado de celebrar el misterio
pascual de Cristo, reuniéndose para leer “lo que se refiere a él en toda
la Escritura” (Lc24,27) y ejerciendo la obra de salvación por
medio del memorial del Señor y de los sacramentos».[194]
Sacramentalidad de la Palabra
56. Con la referencia al carácter performativo de la
Palabra de Dios en la acción sacramental y la profundización de la
relación entre Palabra y Eucaristía, nos hemos adentrado en un tema
significativo, que ha surgido durante la Asamblea del Sínodo, acerca de
la sacramentalidad de la Palabra.[195]
A este respecto, es útil recordar que el Papa Juan Pablo II ha hablado
del «horizonte sacramental de la Revelación y, en particular...,
el signo eucarístico donde la unidad inseparable entre la realidad y su
significado permite captar la profundidad del misterio».[196]
De aquí comprendemos que, en el origen de la sacramentalidad de la
Palabra de Dios, está precisamente el misterio de la encarnación: «Y la
Palabra se hizo carne» (Jn1,14), la realidad del misterio
revelado se nos ofrece en la «carne» del Hijo. La Palabra de Dios se
hace perceptible a la fe mediante el «signo», como palabra y gesto
humano. La fe, pues, reconoce el Verbo de Dios acogiendo los gestos y
las palabras con las que Él mismo se nos presenta. El horizonte
sacramental de la revelación indica, por tanto, la modalidad histórico
salvífica con la cual el Verbo de Dios entra en el tiempo y en el
espacio, convirtiéndose en interlocutor del hombre, que está llamado a
acoger su don en la fe.
De este modo, la sacramentalidad de la Palabra se puede entender en
analogía con la presencia real de Cristo bajo las especies del pan y del
vino consagrados.[197] Al
acercarnos al altar y participar en el banquete eucarístico, realmente
comulgamos el cuerpo y la sangre de Cristo. La proclamación de la
Palabra de Dios en la celebración comporta reconocer que es Cristo mismo
quien está presente y se dirige a nosotros[198]
para ser recibido. Sobre la actitud que se ha de tener con respecto a la
Eucaristía y la Palabra de Dios, dice san Jerónimo: «Nosotros leemos las
Sagradas Escrituras. Yo pienso que el Evangelio es el Cuerpo de Cristo;
yo pienso que las Sagradas Escrituras son su enseñanza. Y cuando él
dice: “Quién no come mi carne y bebe mi sangre” (Jn6,53),
aunque estas palabras puedan entenderse como referidas también al
Misterio [eucarístico], sin embargo, el cuerpo de Cristo y su sangre es
realmente la palabra de la Escritura, es la enseñanza de Dios. Cuando
acudimos al Misterio [eucarístico], si cae una partícula, nos sentimos
perdidos. Y cuando estamos escuchando la Palabra de Dios, y se nos
vierte en el oído la Palabra de Dios y la carne y la sangre de Cristo,
mientras que nosotros estamos pensando en otra cosa, ¿cuántos graves
peligros corremos?».[199]
Cristo, realmente presente en las especies del pan y del vino, está
presente de modo análogo también en la Palabra proclamada en la
liturgia. Por tanto, profundizar en el sentido de la sacramentalidad de
la Palabra de Dios, puede favorecer una comprensión más unitaria del
misterio de la revelación en «obras y palabras íntimamente ligadas»,[200]
favoreciendo la vida espiritual de los fieles y la acción pastoral de la
Iglesia.
La Sagrada Escritura y el Leccionario
57. Al subrayar el nexo entre Palabra y Eucaristía,
el Sínodo ha querido también volver a llamar justamente la atención
sobre algunos aspectos de la celebración inherentes al servicio de la
Palabra. Quisiera hacer referencia ante todo a la importancia del
Leccionario. La reforma promovida por el Concilio Vaticano II[201]ha
mostrado sus frutos enriqueciendo el acceso a la Sagrada Escritura, que
se ofrece abundantemente, sobre todo en la liturgia de los domingos. La
estructura actual, además de presentar frecuentemente los textos más
importantes de la Escritura, favorece la comprensión de la unidad del
plan divino, mediante la correlación entre las lecturas del Antiguo y
del Nuevo Testamento, «centrada en Cristo y en su misterio pascual».[202]
Algunas dificultades que sigue habiendo para captar la relación entre
las lecturas de los dos Testamentos, han de ser consideradas a la luz de
la lectura canónica, es decir, de la unidad intrínseca de toda la
Biblia. Donde sea necesario, los organismos competentes pueden disponer
que se publiquen subsidios que ayuden a comprender el nexo entre las
lecturas propuestas por el Leccionario, las cuales han de proclamarse en
la asamblea litúrgica en su totalidad, como está previsto en la liturgia
del día. Otros eventuales problemas y dificultades deberán comunicarse a
la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.
Además, no hemos de olvidar que el actual Leccionario del rito latino
tiene también un significado ecuménico, en cuanto es utilizado y
apreciado también por confesiones que aún no están en plena comunión con
la Iglesia Católica. De manera diferente se plantea la cuestión del
Leccionario en la liturgia de las Iglesias Católicas Orientales, que el
Sínodo pide que «se examine autorizadamente»,[203]
según la tradición propia y las competencias de las Iglesias sui
iuris y teniendo en cuenta también en este caso el contexto
ecuménico.
Proclamación de la Palabra y ministerio del lectorado
58. Ya en la Asamblea sinodal sobre la Eucaristía se
pidió un mayor cuidado en la proclamación de la Palabra de Dios.[204]
Como es sabido, mientras que en la tradición latina el Evangelio lo
proclama el sacerdote o el diácono, la primera y la segunda lectura las
proclama el lector encargado, hombre o mujer. Quisiera hacerme eco de
los Padres sinodales, que también en esta circunstancia han subrayado la
necesidad de cuidar, con una formación apropiada,[205]
el ejercicio del munus de lector en la celebración litúrgica,[206]
y particularmente el ministerio del lectorado que, en cuanto tal, es un
ministerio laical en el rito latino. Es necesario que los lectores
encargados de este servicio, aunque no hayan sido instituidos, sean
realmente idóneos y estén seriamente preparados. Dicha preparación ha de
ser tanto bíblica y litúrgica, como técnica: «La instrucción bíblica
debe apuntar a que los lectores estén capacitados para percibir el
sentido de las lecturas en su propio contexto y para entender a la luz
de la fe el núcleo central del mensaje revelado. La instrucción
litúrgica debe facilitar a los lectores una cierta percepción del
sentido y de la estructura de la liturgia de la Palabra y las razones de
la conexión entre la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística.
La preparación técnica debe hacer que los lectores sean cada día más
aptos para el arte de leer ante el pueblo, ya sea de viva voz, ya sea
con ayuda de los instrumentos modernos de amplificación de la voz».[207]
Importancia de la homilía
59. Hay también diferentes oficios y funciones «que
corresponden a cada uno, en lo que atañe a la Palabra de Dios; según
esto, los fieles escuchan y meditan la palabra, y la explican únicamente
aquellos a quienes se encomienda este ministerio»,[208]
es decir, obispos, presbíteros y diáconos. Por ello, se entiende la
atención que se ha dado en el Sínodo al tema de la homilía. Ya en la
Exhortación apostólica postsinodal
Sacramentum caritatis, recordé que «la necesidad de mejorar la
calidad de la homilía está en relación con la importancia de la Palabra
de Dios. En efecto, ésta “es parte de la acción litúrgica”; tiene el
cometido de favorecer una mejor comprensión y eficacia de la Palabra de
Dios en la vida de los fieles».[209]
La homilía constituye una actualización del mensaje bíblico, de modo que
se lleve a los fieles a descubrir la presencia y la eficacia de la
Palabra de Dios en el hoy de la propia vida. Debe apuntar a la
comprensión del misterio que se celebra, invitar a la misión,
disponiendo la asamblea a la profesión de fe, a la oración universal y a
la liturgia eucarística. Por consiguiente, quienes por ministerio
específico están encargados de la predicación han de tomarse muy en
serio esta tarea. Se han de evitar homilías genéricas y abstractas, que
oculten la sencillez de la Palabra de Dios, así como inútiles
divagaciones que corren el riesgo de atraer la atención más sobre el
predicador que sobre el corazón del mensaje evangélico. Debe quedar
claro a los fieles que lo que interesa al predicador es mostrar a
Cristo, que tiene que ser el centro de toda homilía. Por eso se requiere
que los predicadores tengan familiaridad y trato asiduo con el texto
sagrado;[210] que se
preparen para la homilía con la meditación y la oración, para que
prediquen con convicción y pasión. La Asamblea sinodal ha exhortado a
que se tengan presentes las siguientes preguntas: «¿Qué dicen las
lecturas proclamadas? ¿Qué me dicen a mí personalmente? ¿Qué debo decir
a la comunidad, teniendo en cuenta su situación concreta?».[211]
El predicador tiene que «ser el primero en dejarse interpelar por la
Palabra de Dios que anuncia»,[212]
porque, como dice san Agustín: «Pierde tiempo predicando exteriormente
la Palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior».[213]
Cuídese con especial atención la homilía dominical y en la de las
solemnidades; pero no se deje de ofrecer también, cuando sea posible,
breves reflexiones apropiadas a la situación durante la semana en las
misas cum populo, para ayudar a los fieles a acoger y hacer
fructífera la Palabra escuchada.
Oportunidad de un Directorio homilético
60. Predicar de modo apropiado ateniéndose al
Leccionario es realmente un arte en el que hay que ejercitarse. Por
tanto, en continuidad con lo requerido en el Sínodo anterior,[214]
pido a las autoridades competentes que, en relación al Compendio
eucarístico,[215] se
piense también en instrumentos y subsidios adecuados para ayudar a los
ministros a desempeñar del mejor modo su tarea, como, por ejemplo, con
un Directorio sobre la homilía, de manera que los predicadores puedan
encontrar en él una ayuda útil para prepararse en el ejercicio del
ministerio. Como nos recuerda san Jerónimo, la predicación se ha de
acompañar con el testimonio de la propia vida: «Que tus actos no
desmientan tus palabras, para que no suceda que, cuando tú predicas en
la iglesia, alguien comente en sus adentros: “¿Por qué, entonces,
precisamente tú no te comportas así?”... En el sacerdote de Cristo la
mente y la palabra han de ser concordes».[216]
Palabra de Dios, Reconciliación y Unción de los enfermos
61. Si bien la Eucaristía está sin duda en el centro
de la relación entre Palabra de Dios y sacramentos, conviene subrayar,
sin embargo, la importancia de la Sagrada Escritura también en los demás
sacramentos, especialmente en los de curación, esto es, el sacramento de
la Reconciliación o de la Penitencia, y el sacramento de la Unción de
los enfermos. Con frecuencia, se descuida la referencia a la Sagrada
Escritura en estos sacramentos. Por el contrario, es necesario que se le
dé el espacio que le corresponde. En efecto, nunca se ha de olvidar que
«la Palabra de Dios es palabra de reconciliación porque en ella Dios
reconcilia consigo todas las cosas (cf. 2 Co 5,18-20; Ef
1,10). El perdón misericordioso de Dios, encarnado en Jesús, levanta al
pecador».[217] «Por la
Palabra de Dios el cristiano es iluminado en el conocimiento de sus
pecados y es llamado a la conversión y a la confianza en la misericordia
de Dios».[218] Para que
se ahonde en la fuerza reconciliadora de la Palabra de Dios, se
recomienda que cada penitente se prepare a la confesión meditando un
pasaje adecuado de la Sagrada Escritura y comience la confesión mediante
la lectura o la escucha de una monición bíblica, según lo previsto en el
propio ritual. Además, al manifestar después su contrición, conviene que
el penitente use una expresión prevista en el ritual, «compuesta con
palabras de la Sagrada Escritura».[219]
Cuando sea posible, es conveniente también que, en momentos particulares
del año, o cuando se presente la oportunidad, la confesión de varios
penitentes tenga lugar dentro de celebraciones penitenciales, como prevé
el ritual, respetando las diversas tradiciones litúrgicas y dando una
mayor amplitud a la celebración de la Palabra con lecturas apropiadas.
Tampoco se ha de olvidar, por lo que se refiere al sacramento de la
Unción de los enfermos, que «la fuerza sanadora de la Palabra de Dios es
una llamada apremiante a una constante conversión personal del oyente
mismo».[220] La Sagrada
Escritura contiene numerosos textos de consuelo, ayuda y curaciones
debidas a la intervención de Dios. Se recuerde especialmente la cercanía
de Jesús a los que sufren, y que Él mismo, el Verbo de Dios encarnado,
ha cargado con nuestros dolores y ha padecido por amor al hombre, dando
así sentido a la enfermedad y a la muerte. Es bueno que en las
parroquias y sobre todo en los hospitales se celebre, según las
circunstancias, el sacramento de la Unción de enfermos de forma
comunitaria. Que en estas ocasiones se dé amplio espacio a la
celebración de la Palabra y se ayude a los fieles enfermos a vivir con
fe su propio estado de padecimiento unidos al sacrificio redentor de
Cristo que nos libra del mal.
Palabra de Dios y Liturgia de las Horas
62. Entre las formas de oración que exaltan la
Sagrada Escritura se encuentra sin duda la Liturgia de las Horas.
Los Padres sinodales han afirmado que constituye una «forma privilegiada
de escucha de la Palabra de Dios, porque pone en contacto a los fieles
con la Sagrada Escritura y con la Tradición viva de la Iglesia».[221]
Se ha de recordar ante todo la profunda dignidad teológica y eclesial de
esta oración. En efecto, «en la Liturgia de las Horas, la Iglesia,
desempeñando la función sacerdotal de Cristo, su cabeza, ofrece a Dios
sin interrupción (cf. 1 Ts 5,17) el sacrificio de alabanza, es
decir, el fruto de unos labios que profesan su nombre (cf. Hb
13,15). Esta oración es “la voz de la misma Esposa que habla al Esposo;
más aún: es la oración de Cristo, con su cuerpo, al Padre”».[222]
A este propósito, el Concilio Vaticano II afirma: «Por eso, todos los
que ejercen esta función, no sólo cumplen el oficio de la Iglesia, sino
que también participan del sumo honor de la Esposa de Cristo, porque, al
alabar a Dios, están ante su trono en nombre de la Madre Iglesia».[223]
En la Liturgia de las Horas, como oración pública de la Iglesia, se
manifiesta el ideal cristiano de santificar todo el día, al compás de la
escucha de la Palabra de Dios y de la recitación de los salmos, de
manera que toda actividad tenga su punto de referencia en la alabanza
ofrecida a Dios.
Quienes por su estado de vida tienen el deber de recitar la Liturgia
de las Horas, vivan con fidelidad este compromiso en favor de toda la
Iglesia. Los obispos, los sacerdotes y los diáconos aspirantes al
sacerdocio, que han recibido de la Iglesia el mandato de celebrarla,
tienen la obligación de recitar cada día todas las Horas.[224]
Por lo que se refiere a la obligatoriedad de esta liturgia en las
Iglesias Orientales Católicas sui iuris se ha de seguir lo
indicado en el derecho propio.[225]
Además, aliento a las comunidades de vida consagrada a que sean
ejemplares en la celebración de la Liturgia de las Horas, de manera que
puedan ser un punto de referencia e inspiración para la vida espiritual
y pastoral de toda la Iglesia.
El Sínodo ha manifestado el deseo de que se difunda más en el Pueblo
de Dios este tipo de oración, especialmente la recitación de Laudes y
Vísperas. Esto hará aumentar en los fieles la familiaridad con la
Palabra de Dios. Se ha de destacar también el valor de la Liturgia de
las Horas prevista en las primeras Vísperas del domingo y de las
solemnidades, especialmente para las Iglesias Orientales católicas. Para
ello, recomiendo que, donde sea posible, las parroquias y las
comunidades de vida religiosa fomenten esta oración con la participación
de los fieles.
Palabra de Dios y Bendicional
63. En el uso del Bendicional, se preste
también atención al espacio previsto para la proclamación, la escucha y
la explicación de la Palabra de Dios mediante breves moniciones. En
efecto, el gesto de la bendición, en los casos previstos por la Iglesia
y cuando los fieles lo solicitan, no ha de quedar aislado, sino
relacionado en su justa medida con la vida litúrgica del Pueblo de Dios.
En este sentido, la bendición, como auténtico signo sagrado, «toma su
pleno sentido y eficacia de la proclamación de la Palabra de Dios».[226]
Así pues, es importante aprovechar también estas circunstancias para
reavivar en los fieles el hambre y la sed de toda palabra que sale de la
boca de Dios (cf. Mt 4,4).
Sugerencias y propuestas concretas para la animación litúrgica
64. Después de haber recordado algunos elementos
fundamentales de la relación entre liturgia y Palabra de Dios, deseo
ahora resumir y valorar algunas propuestas y sugerencias recomendadas
por los Padres sinodales, con el fin de favorecer cada vez más en el
Pueblo de Dios una mayor familiaridad con la Palabra de Dios en el
ámbito de los actos litúrgicos o, en todo caso, referidos a ellos.
a) Celebraciones de la Palabra de Dios
65. Los Padres sinodales han exhortado a todos los
pastores a promover momentos de celebración de la Palabra en las
comunidades a ellos confiadas:[227]
son ocasiones privilegiadas de encuentro con el Señor. Por eso, dicha
práctica comportará grandes beneficios para los fieles, y se ha de
considerar un elemento relevante de la pastoral litúrgica. Estas
celebraciones adquieren una relevancia especial en la preparación de la
Eucaristía dominical, de modo que los creyentes tengan la posibilidad de
adentrarse más en la riqueza del Leccionario para orar y meditar la
Sagrada Escritura, sobre todo en los tiempos litúrgicos más destacados,
Adviento y Navidad, Cuaresma y Pascua. Además, se recomienda
encarecidamente la celebración de la Palabra de Dios en aquellas
comunidades en las que, por la escasez de sacerdotes, no es posible
celebrar el sacrificio eucarístico en los días festivos de precepto.
Teniendo en cuenta las indicaciones ya expuestas en la Exhortación
apostólica postsinodal
Sacramentum caritatis sobre las asambleas dominicales en
ausencia de sacerdote,[228]
recomiendo que las autoridades competentes confeccionen directorios
rituales, valorizando la experiencia de las Iglesias particulares. De
este modo, se favorecerá en estos casos la celebración de la Palabra que
alimente la fe de los creyentes, evitando, sin embargo, que ésta se
confunda con las celebraciones eucarísticas; es más, «deberían ser
ocasiones privilegiadas para pedir a Dios que mande sacerdotes santos
según su corazón».[229]
Además, los Padres sinodales han invitado a celebrar también la
Palabra de Dios con ocasión de peregrinaciones, fiestas particulares,
misiones populares, retiros espirituales y días especiales de
penitencia, reparación y perdón. Por lo que se refiere a las muchas
formas de piedad popular, aunque no son actos litúrgicos y no deben
confundirse con las celebraciones litúrgicas, conviene que se inspiren
en ellas y, sobre todo, ofrezcan un adecuado espacio a la proclamación y
a la escucha de la Palabra de Dios; en efecto, «en las palabras de la
Biblia, la piedad popular encontrará una fuente inagotable de
inspiración, modelos insuperables de oración y fecundas propuestas de
diversos temas».[230]
b) La Palabra y el silencio
66. Bastantes intervenciones de los Padres sinodales
han insistido en el valor del silencio en relación con la Palabra de
Dios y con su recepción en la vida de los fieles.[231]
En efecto, la palabra sólo puede ser pronunciada y oída en el silencio,
exterior e interior. Nuestro tiempo no favorece el recogimiento, y se
tiene a veces la impresión de que hay casi temor de alejarse de los
instrumentos de comunicación de masa, aunque solo sea por un momento.
Por eso se ha de educar al Pueblo de Dios en el valor del silencio.
Redescubrir el puesto central de la Palabra de Dios en la vida de la
Iglesia quiere decir también redescubrir el sentido del recogimiento y
del sosiego interior. La gran tradición patrística nos enseña que los
misterios de Cristo están unidos al silencio,[232]
y sólo en él la Palabra puede encontrar morada en nosotros, como ocurrió
en María, mujer de la Palabra y del silencio inseparablemente. Nuestras
liturgias han de facilitar esta escucha auténtica: Verbo crescente,
verba deficiunt.[233]
Este valor ha de resplandecer particularmente en la Liturgia de la
Palabra, que «se debe celebrar de tal manera que favorezca la
meditación».[234] Cuando
el silencio está previsto, debe considerarse «como parte de la
celebración».[235] Por
tanto, exhorto a los pastores a fomentar los momentos de recogimiento,
por medio de los cuales, con la ayuda del Espíritu Santo, la Palabra de
Dios se acoge en el corazón.
c) Proclamación solemne de la Palabra de Dios
67. Otra sugerencia manifestada en el Sínodo ha sido
la de resaltar, sobre todo en las solemnidades litúrgicas relevantes, la
proclamación de la Palabra, especialmente el Evangelio, utilizando el
Evangeliario, llevado procesionalmente durante los ritos iniciales y
después trasladado al ambón por el diácono o por un sacerdote para la
proclamación. De este modo, se ayuda al Pueblo de Dios a reconocer que
«la lectura del Evangelio constituye el punto culminante de esta
liturgia de la palabra».[236]
Siguiendo las indicaciones contenidas en la Ordenación de las
lecturas de la Misa, conviene dar realce a la proclamación de la
Palabra de Dios con el canto, especialmente el Evangelio, sobre todo en
solemnidades determinadas. El saludo, el anuncio inicial: «Lectura del
santo evangelio...», y el final, «Palabra del Señor», es bueno cantarlos
para subrayar la importancia de lo que se ha leído.[237]
d) La Palabra de Dios en el templo cristiano
68. Para favorecer la escucha de la Palabra de Dios
no se han de descuidar aquellos medios que pueden ayudar a los fieles a
una mayor atención. En este sentido, es necesario que en los edificios
sagrados se tenga siempre en cuenta la acústica, respetando las normas
litúrgicas y arquitectónicas. «Los obispos, con la ayuda debida, han de
procurar que, en la construcción de las iglesias, éstas sean lugares
adecuados para la proclamación de la Palabra, la meditación y la
celebración eucarística. Y que los espacios sagrados, también fuera de
la acción litúrgica, sean elocuentes, presentando el misterio cristiano
en relación con la Palabra de Dios».[238]
Se debe prestar una atención especial al ambón como lugar
litúrgico desde el que se proclama la Palabra de Dios. Ha de colocarse
en un sitio bien visible, y al que se dirija espontáneamente la atención
de los fieles durante la liturgia de la Palabra. Conviene que sea fijo,
como elemento escultórico en armonía estética con el altar, de
manera que represente visualmente el sentido teológico de la doble
mesa de la Palabra y de la Eucaristía. Desde el ambón se proclaman
las lecturas, el salmo responsorial y el pregón pascual; pueden hacerse
también desde él la homilía y las intenciones de la oración universal.[239]
Además, los Padres sinodales sugieren que en las iglesias se destine
un lugar de relieve donde se coloque la Sagrada Escritura también
fuera de la celebración.[240]
En efecto, conviene que el libro que contiene la Palabra de Dios tenga
un sitio visible y de honor en el templo cristiano, pero sin ocupar el
centro, que corresponde al sagrario con el Santísimo Sacramento.[241]
e) Exclusividad de los textos bíblicos en la liturgia
69. El Sínodo ha reiterado además con vigor lo que,
por otra parte, está establecido ya por las normas litúrgicas de la
Iglesia,[242] a saber,
que las lecturas tomadas de la Sagrada Escritura nunca sean
sustituidas por otros textos, por más significativos que parezcan
desde el punto de vista pastoral o espiritual: «Ningún texto de
espiritualidad o de literatura puede alcanzar el valor y la riqueza
contenida en la Sagrada Escritura, que es Palabra de Dios».[243]
Se trata de una antigua disposición de la Iglesia que se ha de mantener.[244]
Ya el Papa Juan Pablo II, ante algunos abusos, recordó la importancia de
no sustituir nunca la Sagrada Escritura con otras lecturas.[245]
Recordemos que también el Salmo responsorial es Palabra de Dios,
con el cual respondemos a la voz del Señor y, por tanto, no debe ser
sustituido por otros textos; es muy conveniente, incluso, que sea
cantado.
f) El canto litúrgico bíblicamente inspirado
70. Para ensalzar la Palabra de Dios durante la
celebración litúrgica, se tenga también en cuenta el canto en los
momentos previstos por el rito mismo, favoreciendo aquel que tenga una
clara inspiración bíblica y que sepa expresar, mediante una concordancia
armónica entre las palabras y la música, la belleza de la palabra
divina. En este sentido, conviene valorar los cantos que nos ha legado
la tradición de la Iglesia y que respetan este criterio. Pienso, en
particular, en la importancia del canto gregoriano.[246]
g) Especial atención a los discapacitados de la vista y el oído
71. En este contexto, quisiera también recordar que
el Sínodo ha recomendado prestar una atención especial a los que, por su
condición particular, tienen problemas para participar activamente en la
liturgia, como, por ejemplo, los discapacitados en la vista y el oído.
Animo a las comunidades cristianas a que, en la medida de lo posible,
ayuden con instrumentos adecuados a los hermanos y hermanas que tienen
esta dificultad, para que también ellos puedan tener un contacto vivo
con la Palabra de Dios.[247]
La palabra de Dios en la vida eclesial
Encontrar la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura
72. Si bien es verdad que la liturgia es el lugar
privilegiado para la proclamación, la escucha y la celebración de la
Palabra de Dios, es cierto también que este encuentro ha de ser
preparado en los corazones de los fieles y, sobre todo, profundizado y
asimilado por ellos. En efecto, la vida cristiana se caracteriza
esencialmente por el encuentro con Jesucristo que nos llama a seguirlo.
Por eso, el Sínodo de los Obispos ha reiterado más de una vez la
importancia de la pastoral en las comunidades cristianas, como ámbito
propio en el que recorrer un itinerario personal y comunitario con
respecto a la Palabra de Dios, de modo que ésta sea realmente el
fundamento de la vida espiritual. Junto a los Padres sinodales, expreso
el vivo deseo de que florezca «una nueva etapa de mayor amor a la
Sagrada Escritura por parte de todos los miembros del Pueblo de Dios, de
manera que, mediante su lectura orante y fiel a lo largo del tiempo, se
profundice la relación con la persona misma de Jesús».[248]
No faltan en la historia de la Iglesia recomendaciones por parte de
los santos sobre la necesidad de conocer la Escritura para crecer en el
amor de Cristo. Este es un dato particularmente claro en los Padres de
la Iglesia. San Jerónimo, gran enamorado de la Palabra de Dios, se
preguntaba: «¿Cómo se podría vivir sin la ciencia de las Escrituras,
mediante las cuales se aprende a conocer a Cristo mismo, que es la vida
de los creyentes?».[249]
Era muy consciente de que la Biblia es el instrumento «con el que Dios
habla cada día a los creyentes».[250]
Así, san Jerónimo da este consejo a la matrona romana Leta para la
educación de su hija: «Asegúrate de que estudie cada día algún paso de
la Escritura... Que la oración siga a la lectura, y la lectura a la
oración... Que, en lugar de las joyas y los vestidos de seda, ame los
Libros divinos».[251]
Vale también para nosotros lo que san Jerónimo escribió al sacerdote
Nepoziano: «Lee con mucha frecuencia las divinas Escrituras; más aún,
que nunca dejes de tener el Libro santo en tus manos. Aprende aquí lo
que tú tienes que enseñar».[252]
A ejemplo del gran santo, que dedicó su vida al estudio de la Biblia y
que dejó a la Iglesia su traducción latina, llamada Vulgata, y de
todos los santos, que han puesto en el centro de su vida espiritual el
encuentro con Cristo, renovemos nuestro compromiso de profundizar en la
palabra que Dios ha dado a la Iglesia: podremos aspirar así a ese «alto
grado de la vida cristiana ordinaria»,[253]
que el Papa Juan Pablo II deseaba al principio del tercer milenio
cristiano, y que se alimenta constantemente de la escucha de la Palabra
de Dios.
La animación bíblica de la pastoral
73. En este sentido, el Sínodo ha invitado a un
particular esfuerzo pastoral para resaltar el puesto central de la
Palabra de Dios en la vida eclesial, recomendando «incrementar la
“pastoral bíblica”, no en yuxtaposición con otras formas de pastoral,
sino como animación bíblica de toda la pastoral».[254]
No se trata, pues, de añadir algún encuentro en la parroquia o la
diócesis, sino de lograr que las actividades habituales de las
comunidades cristianas, las parroquias, las asociaciones y los
movimientos, se interesen realmente por el encuentro personal con Cristo
que se comunica en su Palabra. Así, puesto que «la ignorancia de las
Escrituras es ignorancia de Cristo»,[255]
la animación bíblica de toda la pastoral ordinaria y extraordinaria
llevará a un mayor conocimiento de la persona de Cristo, revelador del
Padre y plenitud de la revelación divina.
Por tanto, exhorto a los pastores y fieles a tener en cuenta la
importancia de esta animación: será también el mejor modo para afrontar
algunos problemas pastorales puestos de relieve durante la Asamblea
sinodal, y vinculados, por ejemplo, a la proliferación de sectas
que difunden una lectura distorsionada e instrumental de la Sagrada
Escritura. Allí donde no se forma a los fieles en un conocimiento de la
Biblia según la fe de la Iglesia, en el marco de su Tradición viva, se
deja de hecho un vacío pastoral, en el que realidades como las sectas
pueden encontrar terreno donde echar raíces. Por eso, es también
necesario dotar de una preparación adecuada a los sacerdotes y laicos
para que puedan instruir al Pueblo de Dios en el conocimiento auténtico
de las Escrituras.
Además, como se ha subrayado durante los trabajos sinodales, conviene
que en la actividad pastoral se favorezca también la difusión de
pequeñas comunidades, «formadas por familias o radicadas en las
parroquias o vinculadas a diversos movimientos eclesiales y nuevas
comunidades»,[256] en las
cuales se promueva la formación, la oración y el conocimiento de la
Biblia según la fe de la Iglesia.
Dimensión bíblica de la catequesis
74. Un momento importante de la animación pastoral
de la Iglesia en el que se puede redescubrir adecuadamente el puesto
central de la Palabra de Dios es la catequesis, que, en sus diversas
formas y fases, ha de acompañar siempre al Pueblo de Dios. El encuentro
de los discípulos de Emaús con Jesús, descrito por el evangelista Lucas
(cf. Lc 24,13-35), representa en cierto sentido el modelo de una
catequesis en cuyo centro está la «explicación de las Escrituras», que
sólo Cristo es capaz de dar (cf. Lc 24,27-28), mostrando en sí
mismo su cumplimiento.[257]
De este modo, renace la esperanza más fuerte que cualquier fracaso, y
hace de aquellos discípulos testigos convencidos y creíbles del
Resucitado.
En el
Directorio general para la catequesis encontramos indicaciones
válidas para animar bíblicamente la catequesis, y a ellas me remito.[258]
En esta circunstancia, deseo sobre todo subrayar que la catequesis «ha
de estar totalmente impregnada por el pensamiento, el espíritu y las
actitudes bíblicas y evangélicas, a través de un contacto asiduo con los
mismos textos; y recordar también que la catequesis será tanto más rica
y eficaz cuanto más lea los textos con la inteligencia y el corazón de
la Iglesia»,[259] y
cuanto más se inspire en la reflexión y en la vida bimilenaria de la
Iglesia. Se ha de fomentar, pues, el conocimiento de las figuras, de los
hechos y las expresiones fundamentales del texto sagrado; para ello,
puede ayudar también una inteligente memorización de algunos
pasajes bíblicos particularmente elocuentes de los misterios cristianos.
La actividad catequética comporta un acercamiento a las Escrituras en la
fe y en la Tradición de la Iglesia, de modo que se perciban esas
palabras como vivas, al igual que Cristo está vivo hoy donde dos o tres
se reúnen en su nombre (cf. Mt 18,20). Además, debe comunicar de
manera vital la historia de la salvación y los contenidos de la fe de la
Iglesia, para que todo fiel reconozca que también su existencia personal
pertenece a esta misma historia.
En esta perspectiva, es importante subrayar la relación entre la
Sagrada Escritura y el Catecismo de la Iglesia Católica, como
dice el
Directorio general para la catequesis: «La Sagrada Escritura,
como “Palabra de Dios escrita bajo la inspiración del Espíritu Santo” y
el Catecismo de la Iglesia Católica, como expresión relevante actual de
la Tradición viva de la Iglesia y norma segura para la enseñanza de la
fe, están llamados, cada uno a su modo y según su específica autoridad,
a fecundar la catequesis en la Iglesia contemporánea».[260]
Formación bíblica de los cristianos
75. Para alcanzar el objetivo deseado por el Sínodo
de que toda la pastoral tenga un mayor carácter bíblico, es necesario
que los cristianos, y en particular los catequistas, tengan una adecuada
formación. A este respecto, se ha de prestar atención al apostolado
bíblico, un método muy válido para esta finalidad, como demuestra la
experiencia eclesial. Los Padres sinodales, además, han recomendado que,
potenciando en lo posible las estructuras académicas ya existentes, se
establezcan centros de formación para laicos y misioneros, en los que se
aprenda a comprender, vivir y anunciar la Palabra de Dios y, donde sea
necesario, «se creen institutos especializados con el fin de que los
exegetas tengan una sólida comprensión teológica y una adecuada
sensibilidad para los contextos de su misión».[261]
La Sagrada Escritura en los grandes encuentros eclesiales
76. Entre las muchas iniciativas que se pueden
tomar, el Sínodo sugiere que en los encuentros, tanto diocesanos como
nacionales o internacionales, se subraye más la importancia de la
Palabra de Dios, de la escucha y lectura creyente y orante de la Biblia.
Así pues, es de alabar que en los congresos eucarísticos, nacionales e
internacionales, en las jornadas mundiales de la juventud y en otros
encuentros, se dé mayor espacio para las celebraciones de la Palabra y
momentos de formación de carácter bíblico.[262]
Palabra de Dios y vocaciones
77. El Sínodo, al destacar la exigencia intrínseca
de la fe de profundizar la relación con Cristo, Palabra de Dios entre
nosotros, ha querido también poner de relieve el hecho de que esta
Palabra llama a cada uno personalmente, manifestando así que la vida
misma es vocación en relación con Dios. Esto quiere decir que,
cuanto más ahondemos en nuestra relación personal con el Señor Jesús,
tanto más nos daremos cuenta de que Él nos llama a la santidad mediante
opciones definitivas, con las cuales nuestra vida corresponde a su amor,
asumiendo tareas y ministerios para edificar la Iglesia. En esta
perspectiva, se entiende la invitación del Sínodo a todos los cristianos
para que profundicen su relación con la Palabra de Dios en cuanto
bautizados, pero también en cuanto llamados a vivir según los diversos
estados de vida. Aquí tocamos uno de los puntos clave de la doctrina del
Concilio Vaticano II, que ha subrayado la vocación a la santidad de todo
fiel, cada uno en el propio estado de vida.[263]
En la Sagrada Escritura es donde encontramos revelada nuestra vocación a
la santidad: «Sed santos, pues yo soy santo» (Lv 11,44; 19,2;
20,7). Y san Pablo muestra la raíz cristológica: el Padre «nos eligió en
la persona de Cristo –antes de crear el mundo– para que fuésemos santos
e irreprochables ante él por el amor» (Ef 1,4). De esta manera,
podemos sentir como dirigido a cada uno de nosotros su saludo a los
hermanos y hermanas de la comunidad de Roma: «A quienes Dios ama y ha
llamado a formar parte de su pueblo santo, os deseo la gracia y la paz
de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo» (Rm 1,7).
a) Palabra de Dios y ministros ordenados
78. Dirigiéndome ahora en primer lugar a los
ministros ordenados de la Iglesia, les recuerdo lo que el Sínodo ha
afirmado: «La Palabra de Dios es indispensable para formar el corazón de
un buen pastor, ministro de la Palabra».[264]
Los obispos, presbíteros y diáconos no pueden pensar de ningún modo en
vivir su vocación y misión sin un compromiso decidido y renovado de
santificación, que tiene en el contacto con la Biblia uno de sus
pilares.
79. A los que han sido llamados al episcopado,
y son los primeros y más autorizados anunciadores de la Palabra, deseo
reiterarles lo que decía el Papa Juan Pablo II en la Exhortación
apostólica postsinodal Pastores gregis. Para alimentar y hacer
progresar la propia vida espiritual, el Obispo ha de poner siempre «en
primer lugar, la lectura y meditación de la Palabra de Dios. Todo Obispo
debe encomendarse siempre y sentirse encomendado “a Dios y a la Palabra
de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y daros la
herencia con todos los santificados” (Hch 20,32). Por tanto,
antes de ser transmisor de la Palabra, el Obispo, al igual que sus
sacerdotes y los fieles, e incluso como la Iglesia misma, tiene que ser
oyente de la Palabra. Ha de estar como “dentro de” la Palabra, para
dejarse proteger y alimentar como en un regazo materno».[265]
A imitación de María, Virgo audiens y Reina de los Apóstoles,
recomiendo a todos los hermanos en el episcopado la lectura personal
frecuente y el estudio asiduo de la Sagrada Escritura.
80. Respecto a los sacerdotes, quisiera
también remitirme a las palabras del Papa Juan Pablo II, el cual, en la
Exhortación apostólica postsinodal
Pastores dabo vobis, ha recordado que «el sacerdote es, ante
todo, ministro de la Palabra de Dios; es el ungido y enviado para
anunciar a todos el Evangelio del Reino, llamando a cada hombre a la
obediencia de la fe y conduciendo a los creyentes a un conocimiento y
comunión cada vez más profundos del misterio de Dios, revelado y
comunicado a nosotros en Cristo». Por eso, el sacerdote mismo debe ser
el primero en cultivar una gran familiaridad personal con la Palabra de
Dios: «no le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es
también necesario; necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil
y orante, para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y
sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva: “la mente de
Cristo” (1 Co 2,16)».[266]
Consiguientemente, sus palabras, sus decisiones y sus actitudes han de
ser cada vez más una trasparencia, un anuncio y un testimonio del
Evangelio; «solamente “permaneciendo” en la Palabra, el sacerdote será
perfecto discípulo del Señor; conocerá la verdad y será verdaderamente
libre».[267]
En definitiva, la llamada al sacerdocio requiere ser consagrados
«en la verdad». Jesús mismo formula esta exigencia respecto a sus
discípulos: «Santifícalos en la verdad. Tu Palabra es verdad. Como tú me
enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo» (Jn
17,17-18). Los discípulos son en cierto sentido «sumergidos en lo
íntimo de Dios mediante su inmersión en la Palabra de Dios. La Palabra
de Dios es, por decirlo así, el baño que los purifica, el poder creador
que los transforma en el ser de Dios».[268]
Y, puesto que Cristo mismo es la Palabra de Dios hecha carne (Jn1,14),
es «la Verdad» (Jn14,6), la plegaria de Jesús al Padre,
«santifícalos en la verdad», quiere decir en el sentido más profundo:
«Hazlos una sola cosa conmigo, Cristo. Sujétalos a mí. Ponlos dentro de
mí. Y, en efecto, en último término hay un único sacerdote de la Nueva
Alianza, Jesucristo mismo».[269]
Es necesario, por tanto, que los sacerdotes renueven cada vez más
profundamente la conciencia de esta realidad.
81. Quisiera referirme también al puesto de la
Palabra de Dios en la vida de los que están llamados al diaconado,
no sólo como grado previo del orden del presbiterado, sino como servicio
permanente. El Directorio para el diaconado permanente dice que,
«de la identidad teológica del diácono brotan con claridad los rasgos de
su espiritualidad específica, que se presenta esencialmente como
espiritualidad de servicio. El modelo por excelencia es Cristo siervo,
que vivió totalmente dedicado al servicio de Dios, por el bien de los
hombres».[270] En esta
perspectiva, se entiende cómo, en las diversas dimensiones del
ministerio diaconal, un «elemento que distingue la espiritualidad
diaconal es la Palabra de Dios, de la que el diácono está llamado a ser
mensajero cualificado, creyendo lo que proclama, enseñando lo que cree,
viviendo lo que enseña».[271]
Recomiendo por tanto que los diáconos cultiven en su propia vida una
lectura creyente de la Sagrada Escritura con el estudio y la oración.
Que sean introducidos a la Sagrada Escritura y su correcta
interpretación; a la teología del Antiguo y del Nuevo Testamento; a la
interrelación entre Escritura y Tradición; al uso de la Escritura en la
predicación, en la catequesis y, en general, en la actividad pastoral.[272]
b) Palabra de Dios y candidatos al Orden sagrado
82. El Sínodo ha dado particular importancia al
papel decisivo de la Palabra de Dios en la vida espiritual de los
candidatos al sacerdocio ministerial: «Los candidatos al sacerdocio
deben aprender a amar la Palabra de Dios. Por tanto, la Escritura ha de
ser el alma de su formación teológica, subrayando la indispensable
circularidad entre exegesis, teología, espiritualidad y misión».[273]
Los aspirantes al sacerdocio ministerial están llamados a una profunda
relación personal con la Palabra de Dios, especialmente en la lectio
divina, porque de dicha relación se alimenta la propia vocación: con
la luz y la fuerza de la Palabra de Dios, la propia vocación puede
descubrirse, entenderse, amarse, seguirse, así como cumplir la propia
misión, guardando en el corazón el designio de Dios, de modo que la fe,
como respuesta a la Palabra, se convierta en el nuevo criterio de juicio
y apreciación de los hombres y las cosas, de los acontecimientos y los
problemas.[274]
Esta atención a la lectura orante de la Escritura en modo alguno debe
significar una dicotomía respecto al estudio exegético requerido en el
tiempo de la formación. El Sínodo ha encomendado que se ayude
concretamente a los seminaristas a ver la relación entre el estudio
bíblico y el orar con la Escritura. El estudio de las Escrituras les
ha de hacer más conscientes del misterio de la revelación divina,
alimentando una actitud de respuesta orante a Dios que habla. Por otro
lado, una auténtica vida de oración hará también crecer necesariamente
en el alma del candidato el deseo de conocer cada vez más al Dios que se
ha revelado en su Palabra como amor infinito. Por tanto, se deberá poner
el máximo cuidado para que en la vida de los seminaristas se cultive
esta reciprocidad entre estudio y oración. Para esto, hace
falta que se oriente a los candidatos a un estudio de la Sagrada
Escritura mediante métodos que favorezcan este enfoque integral.
c) Palabra de Dios y vida consagrada
83. Por lo que se refiere a la vida consagrada, el
Sínodo ha recordado ante todo que «nace de la escucha de la Palabra de
Dios y acoge el Evangelio como su norma de vida».[275]
En este sentido, el vivir siguiendo a Cristo casto, pobre y obediente,
se convierte «en “exegesis” viva de la Palabra de Dios».[276]
El Espíritu Santo, en virtud del cual se ha escrito la Biblia, es el
mismo que «ha iluminado con luz nueva la Palabra de Dios a los
fundadores y fundadoras. De ella ha brotado cada carisma y de ella
quiere ser expresión cada regla»,[277]
dando origen a itinerarios de vida cristiana marcados por la radicalidad
evangélica.
Quisiera recordar que la gran tradición monástica ha tenido siempre
como elemento constitutivo de su propia espiritualidad la meditación de
la Sagrada Escritura, particularmente en la modalidad de la lectio
divina. También hoy, las formas antiguas y nuevas de especial
consagración están llamadas a ser verdaderas escuelas de vida
espiritual, en las que se leen las Escrituras según el Espíritu Santo en
la Iglesia, de manera que todo el Pueblo de Dios pueda beneficiarse. El
Sínodo, por tanto, recomienda que nunca falte en las comunidades de vida
consagrada una formación sólida para la lectura creyente de la Biblia.[278]
Deseo hacerme eco una vez más de la gratitud y el interés que el
Sínodo ha manifestado por las formas de vida contemplativa, que
por su carisma específico dedican mucho tiempo de la jornada a imitar a
la Madre de Dios, que meditaba asiduamente las palabras y los hechos de
su Hijo (cf. Lc 2,19.51), así como a María de Betania que, a los
pies del Señor, escuchaba su palabra (cf. Lc 10,38). Pienso
particularmente en las monjas y los monjes de clausura, que con su
separación del mundo se encuentran más íntimamente unidos a Cristo,
corazón del mundo. La Iglesia tiene necesidad más que nunca del
testimonio de quien se compromete a «no anteponer nada al amor de
Cristo».[279] El mundo de
hoy está con frecuencia demasiado preocupado por las actividades
exteriores, en las que corre el riesgo de perderse. Los contemplativos y
las contemplativas, con su vida de oración, escucha y meditación de la
Palabra de Dios, nos recuerdan que no sólo de pan vive el hombre, sino
de toda palabra que sale de la boca de Dios (cf. Mt 4,4). Por
tanto, todos los fieles han de tener muy presente que una forma de vida
como ésta «indica al mundo de hoy lo más importante, más aún, en
definitiva, lo único decisivo: existe una razón última por la que vale
la pena vivir, es decir, Dios y su amor inescrutable».[280]
d) Palabra de Dios y fieles laicos
84. El Sínodo ha dirigido muchas veces su atención a
los fieles laicos, dándoles las gracias por su generoso compromiso en la
difusión del Evangelio en los diferentes ámbitos de la vida cotidiana,
del trabajo, la escuela, la familia y la educación.[281]
Esta tarea, que proviene del bautismo, ha de desarrollarse mediante una
vida cristiana cada vez más consciente, capaz de dar «razón de la
esperanza que tenemos» (cf. 1 P 3,15). Jesús, en el Evangelio
de Mateo, dice que «el campo es el mundo. La buena semilla son los
ciudadanos del Reino» (13,38). Estas palabras valen
particularmente para los laicos cristianos, que viven su propia vocación
a la santidad con una existencia según el Espíritu, y que se expresa
particularmente «en su inserción en las realidades temporales y
en su participación en las actividades terrenas».[282]
Se ha de formar a los laicos a discernir la voluntad de Dios mediante
una familiaridad con la Palabra de Dios, leída y estudiada en la
Iglesia, bajo la guía de sus legítimos Pastores. Pueden adquirir esta
formación en la escuela de las grandes espiritualidades eclesiales, en
cuya raíz está siempre la Sagrada Escritura. Y, según sus posibilidades,
las diócesis mismas brinden oportunidades formativas en este sentido
para los laicos con particulares responsabilidades eclesiales.[283]
e) Palabra de Dios, matrimonio y familia
85. El Sínodo ha sentido también la necesidad de
subrayar la relación entre Palabra de Dios, matrimonio y familia
cristiana. En efecto, «con el anuncio de la Palabra de Dios, la Iglesia
revela a la familia cristiana su verdadera identidad, lo que es y debe
ser según el plan del Señor».[284]
Por tanto, nunca se pierda de vista que la Palabra de Dios está en el
origen del matrimonio (cf. Gn 2,24) y que Jesús mismo ha
querido incluir el matrimonio entre las instituciones de su Reino (cf.
Mt 19,4-8), elevando a sacramento lo que originariamente está
inscrito en la naturaleza humana. «En la celebración sacramental, el
hombre y la mujer pronuncian una palabra profética de recíproca entrega,
el ser “una carne”, signo del misterio de la unión de Cristo con la
Iglesia (cf. Ef 5,32)».[285]
La fidelidad a la Palabra de Dios lleva a percibir cómo esta institución
está amenazada también hoy en muchos aspectos por la mentalidad común.
Frente al difundido desorden de los afectos y al surgir de modos de
pensar que banalizan el cuerpo humano y la diferencia sexual, la Palabra
de Dios reafirma la bondad originaria del hombre, creado como varón y
mujer, y llamado al amor fiel, recíproco y fecundo.
Del gran misterio nupcial, se desprende una imprescindible
responsabilidad de los padres respecto a sus hijos. En efecto, a la
auténtica paternidad y maternidad corresponde la comunicación y el
testimonio del sentido de la vida en Cristo; mediante la fidelidad y la
unidad de la vida de familia, los esposos son los primeros anunciadores
de la Palabra de Dios ante sus propios hijos. La comunidad eclesial ha
de sostenerles y ayudarles a fomentar la oración en familia, la escucha
de la Palabra y el conocimiento de la Biblia. Por eso, el Sínodo desea
que cada casa tenga su Biblia y la custodie de modo decoroso, de
manera que se la pueda leer y utilizar para la oración. Los sacerdotes,
diáconos o laicos bien preparados pueden proporcionar la ayuda necesaria
para ello. El Sínodo ha encomendado también la formación de pequeñas
comunidades de familias, en las que se cultive la oración y la
meditación en común de pasajes adecuados de la Escritura.[286]
Los esposos han de recordar, además, que «la Palabra de Dios es una
ayuda valiosa también en las dificultades de la vida conyugal y
familiar».[287]
En este contexto, deseo subrayar lo que el Sínodo ha recomendado
sobre el cometido de las mujeres respecto a la Palabra de Dios.
La contribución del «genio femenino», como decía el Papa Juan Pablo II,[288]
al conocimiento de la Escritura, como también a toda la vida de la
Iglesia, es hoy más amplia que en el pasado, y abarca también el campo
de los estudios bíblicos. El Sínodo se ha detenido especialmente en el
papel indispensable de las mujeres en la familia, la educación, la
catequesis y la transmisión de los valores. En efecto, «ellas saben
suscitar la escucha de la Palabra, la relación personal con Dios y
comunicar el sentido del perdón y del compartir evangélico»,[289]
así como ser portadoras de amor, maestras de misericordia y
constructoras de paz, comunicadoras de calor y humanidad, en un mundo
que valora a las personas con demasiada frecuencia según los criterios
fríos de explotación y ganancia.
Lectura orante de la Sagrada Escritura y «lectio divina»
86. El Sínodo ha vuelto a insistir más de una vez en
la exigencia de un acercamiento orante al texto sagrado como factor
fundamental de la vida espiritual de todo creyente, en los diferentes
ministerios y estados de vida, con particular referencia a la lectio
divina.[290] En
efecto, la Palabra de Dios está en la base de toda espiritualidad
auténticamente cristiana. Con ello, los Padres sinodales han seguido la
línea de lo que afirma la Constitución dogmática
Dei Verbum: «Todos los fieles... acudan de buena gana al texto
mismo: en la liturgia, tan llena del lenguaje de Dios; en la lectura
espiritual, o bien en otras instituciones u otros medios, que para dicho
fin se organizan hoy por todas partes con aprobación o por iniciativa de
los Pastores de la Iglesia. Recuerden que a la lectura de la Sagrada
Escritura debe acompañar la oración».[291]
La reflexión conciliar pretendía retomar la gran tradición patrística,
que ha recomendado siempre acercarse a la Escritura en el diálogo con
Dios. Como dice san Agustín: «Tu oración es un coloquio con Dios. Cuando
lees, Dios te habla; cuando oras, hablas tú a Dios».[292]
Orígenes, uno de los maestros en este modo de leer la Biblia, sostiene
que entender las Escrituras requiere, más incluso que el estudio, la
intimidad con Cristo y la oración. En efecto, está convencido de que la
vía privilegiada para conocer a Dios es el amor, y que no se da una
auténtica scientia Christi sin enamorarse de Él. En la Carta a
Gregorio, el gran teólogo alejandrino recomienda: «Dedícate a la
lectio de las divinas Escrituras; aplícate a esto con perseverancia.
Esfuérzate en la lectio con la intención de creer y de agradar a
Dios. Si durante la lectio te encuentras ante una puerta cerrada,
llama y te abrirá el guardián, del que Jesús ha dicho: “El guardián se
la abrirá”. Aplicándote así a la lectio divina, busca con lealtad
y confianza inquebrantable en Dios el sentido de las divinas Escrituras,
que se encierra en ellas con abundancia. Pero no has de contentarte con
llamar y buscar. Para comprender las cosas de Dios te es absolutamente
necesaria la oratio. Precisamente para exhortarnos a ella, el
Salvador no solamente nos ha dicho: “Buscad y hallaréis”, “llamad y se
os abrirá”, sino que ha añadido: “Pedid y recibiréis”».[293]
A este propósito, no obstante, se ha de evitar el riesgo de un
acercamiento individualista, teniendo presente que la Palabra de
Dios se nos da precisamente para construir comunión, para unirnos en la
Verdad en nuestro camino hacia Dios. Es una Palabra que se dirige
personalmente a cada uno, pero también es una Palabra que construye
comunidad, que construye la Iglesia. Por tanto, hemos de acercarnos
al texto sagrado en la comunión eclesial. En efecto, «es muy
importante la lectura comunitaria, porque el sujeto vivo de la Sagrada
Escritura es el Pueblo de Dios, es la Iglesia... La Escritura no
pertenece al pasado, dado que su sujeto, el Pueblo de Dios inspirado por
Dios mismo, es siempre el mismo. Así pues, se trata siempre de una
Palabra viva en el sujeto vivo. Por eso, es importante leer la Sagrada
Escritura y escuchar la Sagrada Escritura en la comunión de la Iglesia,
es decir, con todos los grandes testigos de esta Palabra, desde los
primeros Padres hasta los santos de hoy, hasta el Magisterio de hoy».[294]
Por eso, en la lectura orante de la Sagrada Escritura, el lugar
privilegiado es la Liturgia, especialmente la Eucaristía, en
la cual, celebrando el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el Sacramento, se
actualiza en nosotros la Palabra misma. En cierto sentido, la lectura
orante, personal y comunitaria, se ha de vivir siempre en relación a la
celebración eucarística. Así como la adoración eucarística prepara,
acompaña y prolonga la liturgia eucarística,[295]
así también la lectura orante personal y comunitaria prepara, acompaña y
profundiza lo que la Iglesia celebra con la proclamación de la Palabra
en el ámbito litúrgico. Al poner tan estrechamente en relación lectio
y liturgia, se pueden entender mejor los criterios que han de orientar
esta lectura en el contexto de la pastoral y la vida espiritual del
Pueblo de Dios.
87. En los documentos que han preparado y acompañado
el Sínodo, se ha hablado de muchos métodos para acercarse a las Sagradas
Escrituras con fruto y en la fe. Sin embargo, se ha prestado una mayor
atención a la lectio divina, que es verdaderamente «capaz de
abrir al fiel no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino también de
crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente».[296]
Quisiera recordar aquí brevemente cuáles son los pasos fundamentales: se
comienza con la lectura (lectio) del texto, que suscita la
cuestión sobre el conocimiento de su contenido auténtico: ¿Qué dice
el texto bíblico en sí mismo? Sin este momento, se corre el riesgo
de que el texto se convierta sólo en un pretexto para no salir nunca de
nuestros pensamientos. Sigue después la meditación (meditatio) en
la que la cuestión es: ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros?
Aquí, cada uno personalmente, pero también comunitariamente, debe
dejarse interpelar y examinar, pues no se trata ya de considerar
palabras pronunciadas en el pasado, sino en el presente. Se llega
sucesivamente al momento de la oración (oratio), que supone la
pregunta: ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra?
La oración como petición, intercesión, agradecimiento y alabanza, es el
primer modo con el que la Palabra nos cambia. Por último, la lectio
divina concluye con la contemplación (contemplatio), durante
la cual aceptamos como don de Dios su propia mirada al juzgar la
realidad, y nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón
y de la vida nos pide el Señor? San Pablo, en la Carta a los
Romanos, dice: «No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por
la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la
voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto» (12,2). En
efecto, la contemplación tiende a crear en nosotros una visión
sapiencial, según Dios, de la realidad y a formar en nosotros «la mente
de Cristo» (1 Co 2,16). La Palabra de Dios se presenta aquí como
criterio de discernimiento, «es viva y eficaz, más tajante que la espada
de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y
espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del
corazón» (Hb 4,12). Conviene recordar, además, que la lectio
divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción (actio),
que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por
la caridad.
Encontramos sintetizadas y resumidas estas fases de manera sublime en
la figura de la Madre de Dios. Modelo para todos los fieles de acogida
dócil de la divina Palabra, Ella «conservaba todas estas cosas,
meditándolas en su corazón» (Lc 2,19; cf. 2,51). Sabía encontrar
el lazo profundo que une en el gran designio de Dios acontecimientos,
acciones y detalles aparentemente desunidos.[297]
Quisiera mencionar también lo recomendado durante el Sínodo sobre la
importancia de la lectura personal de la Escritura como práctica que
contempla la posibilidad, según las disposiciones habituales de la
Iglesia, de obtener indulgencias, tanto para sí como para los difuntos.[298]
La práctica de la indulgencia[299]
implica la doctrina de los méritos infinitos de Cristo, que la Iglesia
como ministra de la redención dispensa y aplica, pero implica también la
doctrina de la comunión de los santos, y nos dice «lo íntimamente unidos
que estamos en Cristo unos con otros y lo mucho que la vida sobrenatural
de uno puede ayudar a los demás».[300]
En esta perspectiva, la lectura de la Palabra de Dios nos ayuda en el
camino de penitencia y conversión, nos permite profundizar en el sentido
de la pertenencia eclesial y nos sustenta en una familiaridad más grande
con Dios. Como dice San Ambrosio, cuando tomamos con fe las Sagradas
Escrituras en nuestras manos, y las leemos con la Iglesia, el hombre
vuelve a pasear con Dios en el paraíso.[301]
Palabra de Dios y oración mariana
88. Al recordar la relación inseparable entre la
Palabra de Dios y María de Nazaret, junto con los Padres sinodales,
invito a promover entre los fieles, sobre todo en la vida familiar, las
plegarias marianas, como una ayuda para meditar los santos misterios
narrados por la Escritura. Un medio de gran utilidad, por ejemplo, es el
rezo personal y comunitario del santo Rosario,[302]
que recorre junto a María los misterios de la vida de Cristo,[303]
y que el Papa Juan Pablo II ha querido enriquecer con los misterios de
la luz.[304] Es
conveniente que se acompañe el anuncio de cada misterio con breves
pasajes de la Biblia relacionados con el misterio enunciado, para
favorecer así la memorización de algunas expresiones significativas de
la Escritura relacionadas con los misterios de la vida de Cristo.
El Sínodo, además, ha recomendado promover entre los fieles el rezo
del Angelus Domini. Es una oración sencilla y profunda que nos
permite «rememorar cotidianamente el misterio del Verbo Encarnado».[305]
Es conveniente, además, que el Pueblo de Dios, las familias y las
comunidades de personas consagradas, sean fieles a esta plegaria
mariana, que la tradición nos invita a recitar por la mañana, a mediodía
y en el ocaso. En el rezo del Angelus Domini pedimos a Dios que,
por intercesión de María, nos sea dado también a nosotros el cumplir
como Ella la voluntad de Dios y acoger en nosotros su Palabra. Esta
práctica puede ayudarnos a reforzar un auténtico amor al misterio de la
Encarnación.
Merecen también ser conocidas, estimadas y difundidas algunas
antiguas plegarias del oriente cristiano que, refiriéndose a la
Theotokos, a la Madre de Dios, recorren toda la historia de la
salvación. Nos referimos especialmente al Akathistos y a la
Paraklesis. Son himnos de alabanza cantados en forma de letanía,
impregnados de fe eclesial y de referencias bíblicas, que ayudan a los
fieles a meditar con María los misterios de Cristo. En particular, el
venerable himno a la Madre de Dios, llamado Akathistos –es decir,
cantado permaneciendo en pie–, representa una de las más altas
expresiones de piedad mariana de la tradición bizantina.[306]
Orar con estas palabras ensancha el alma y la dispone para la paz que
viene de lo alto, de Dios, esa paz que es Cristo mismo, nacido de María
para nuestra salvación.
Palabra de Dios y Tierra Santa
89. Al considerar que el Verbo de Dios se hizo carne
en el seno de María de Nazaret, nuestro corazón se vuelve ahora a
aquella Tierra en la que se ha cumplido el misterio de nuestra
redención, y desde la que se ha difundido la Palabra de Dios hasta los
confines del mundo. En efecto, el Verbo se ha encarnado por obra del
Espíritu Santo en un momento preciso y en un lugar concreto, en una
franja de tierra fronteriza del imperio romano. Por tanto, cuanto más
vemos la universalidad y la unicidad de la persona de Cristo, tanto más
miramos con gratitud aquella Tierra, en la que Jesús ha nacido, ha
vivido y se ha entregado a sí mismo por todos nosotros. Las piedras
sobre las que ha caminado nuestro Redentor están cargadas de memoria
para nosotros y siguen “gritando” la Buena Nueva. Por eso, los Padres
sinodales han recordado la feliz expresión en la que se llama a Tierra
Santa «el quinto Evangelio».[307]
Es muy importante que, no obstante las dificultades, haya en aquellos
lugares comunidades cristianas. El Sínodo de los Obispos expresa su
profunda cercanía a todos los cristianos que viven en la Tierra de
Jesús, testimoniando la fe en el Resucitado. En ella, los cristianos
están llamados no sólo a servir como «un faro de fe para la Iglesia
universal, sino también levadura de armonía, sabiduría y equilibrio en
la vida de una sociedad que tradicionalmente ha sido, y sigue siendo,
pluralista, multiétnica y multirreligiosa».[308]
La Tierra Santa sigue siendo todavía hoy meta de peregrinación del
pueblo cristiano, como gesto de oración y penitencia, como atestiguan ya
en la antigüedad autores como san Jerónimo.[309]
Cuanto más dirigimos la mirada y el corazón a la Jerusalén terrenal, más
se inflama en nosotros tanto el deseo de la Jerusalén celestial,
verdadera meta de toda peregrinación, como la pasión de que el nombre de
Jesús, el único que puede salvar, sea reconocido por todos (cf. Hch
4,12).
VERBUM MUNDO
«A Dios nadie le ha visto
jamás:
El Hijo único, que está en el seno del Padre,
es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1,18)
La misión de la Iglesia:
anunciar la palabra de Dios al mundo
La Palabra del Padre y hacia el Padre
90. San Juan destaca con fuerza la paradoja
fundamental de la fe cristiana: por un lado afirma que «a Dios, nadie lo
ha visto jamás» (Jn1,18; cf. 1 Jn 4,12). Nuestras
imágenes, conceptos o palabras, en modo alguno pueden definir o medir la
realidad infinita del Altísimo. Él permanece siendo el Deus semper
maior. Por otro lado, afirma que realmente el Verbo «se hizo carne»
(Jn1,14). El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, ha
revelado al Dios que «nadie ha visto jamás» (cf. Jn 1,18).
Jesucristo acampa entre nosotros «lleno de gracia y de verdad» (Jn1,14),
que recibimos por medio de Él (cf. Jn 1,17); en efecto, «de su
plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia» (Jn1,16). De
este modo, el evangelista Juan, en el Prólogo, contempla al Verbo desde
su estar junto a Dios hasta su hacerse carne y su vuelta al seno del
Padre, llevando consigo nuestra misma humanidad, que Él ha asumido para
siempre. En este salir del Padre y volver a Él (cf. Jn 13,3;
16,28; 17,8.10), el Verbo se presenta ante nosotros como «Narrador» de
Dios (cf. Jn 1,18). En efecto, dice san Ireneo de Lyon, el Hijo
es el «Revelador del Padre».[310]
Jesús de Nazaret, por decirlo así, es el «exegeta» de Dios que «nadie ha
visto jamás». «Él es imagen del Dios invisible» (Col 1,15). Se
cumple aquí la profecía de Isaías sobre la eficacia de la Palabra del
Dios: como la lluvia y la nieve bajan desde el cielo para empapar la
tierra y hacerla germinar, así la Palabra de Dios «no volverá a mí
vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo» (Is
55,10s). Jesucristo es esta Palabra definitiva y eficaz que ha salido
del Padre y ha vuelto a Él, cumpliendo perfectamente en el mundo su
voluntad.
Anunciar al mundo el «Logos» de la esperanza
91. El Verbo de Dios nos ha comunicado la vida
divina que transfigura la faz de la tierra, haciendo nuevas todas las
cosas (cf. Ap 21,5). Su Palabra no sólo nos concierne como
destinatarios de la revelación divina, sino también como sus
anunciadores. Él, el enviado del Padre para cumplir su voluntad (cf.
Jn 5,36-38; 6,38-40; 7,16-18), nos atrae hacia sí y nos hace
partícipes de su vida y misión. El Espíritu del Resucitado
capacita así nuestra vida para el anuncio eficaz de la Palabra en todo
el mundo. Ésta es la experiencia de la primera comunidad cristiana, que
vio cómo iba creciendo la Palabra mediante la predicación y el
testimonio (cf. Hch 6,7). Quisiera referirme aquí, en particular,
a la vida del apóstol Pablo, un hombre poseído enteramente por el Señor
(cf. Flp 3,12) –«vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en
mí» (Ga 2,20)– y por su misión: «¡Ay de mí si no anuncio el
Evangelio!» (1 Co 9,16), consciente de que en Cristo se ha
revelado realmente la salvación de todos los pueblos, la liberación de
la esclavitud del pecado para entrar en la libertad de los hijos de
Dios.
En efecto, lo que la Iglesia anuncia al mundo es el Logos de la
esperanza (cf. 1 P 3,15); el hombre necesita la «gran
esperanza» para poder vivir el propio presente, la gran esperanza que es
«el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo
(Jn13,1)».[311]
Por eso la Iglesia es misionera en su esencia. No podemos guardar para
nosotros las palabras de vida eterna que hemos recibido en el encuentro
con Jesucristo: son para todos, para cada hombre. Toda persona de
nuestro tiempo, lo sepa o no, necesita este anuncio. El Señor mismo,
como en los tiempos del profeta Amós, suscita entre los hombres nueva
hambre y nueva sed de las palabras del Señor (cf. Am 8,11). Nos
corresponde a nosotros la responsabilidad de transmitir lo que, a su
vez, hemos recibido por gracia.
De la Palabra de Dios surge la misión de la Iglesia
92. El Sínodo de los Obispos ha reiterado con
insistencia la necesidad de fortalecer en la Iglesia la conciencia
misionera que el Pueblo de Dios ha tenido desde su origen. Los primeros
cristianos han considerado el anuncio misionero como una necesidad
proveniente de la naturaleza misma de la fe: el Dios en que creían era
el Dios de todos, el Dios uno y verdadero que se había manifestado en la
historia de Israel y, de manera definitiva, en su Hijo, dando así la
respuesta que todos los hombres esperan en lo más íntimo de su corazón.
Las primeras comunidades cristianas sentían que su fe no pertenecía a
una costumbre cultural particular, que es diferente en cada pueblo, sino
al ámbito de la verdad que concierne por igual a todos los hombres.
Es de nuevo san Pablo quien, con su vida, nos aclara el sentido de la
misión cristiana y su genuina universalidad. Pensemos en el episodio del
Areópago de Atenas narrado por los Hechos de los Apóstoles (cf.
17,16-34). En efecto, el Apóstol de las gentes entra en diálogo con
hombres de culturas diferentes, consciente de que el misterio de Dios,
conocido o desconocido, que todo hombre percibe aunque sea de manera
confusa, se ha revelado realmente en la historia: «Eso que adoráis sin
conocerlo, os lo anuncio yo» (Hch 17,23). En efecto, la novedad
del anuncio cristiano es la posibilidad de decir a todos los pueblos:
«Él se ha revelado. Él personalmente. Y ahora está abierto el camino
hacia Él. La novedad del anuncio cristiano no consiste en un pensamiento
sino en un hecho: Él se ha revelado».[312]
Palabra y Reino de Dios
93. Por lo tanto, la misión de la Iglesia no puede
ser considerada como algo facultativo o adicional de la vida eclesial.
Se trata de dejar que el Espíritu Santo nos asimile a Cristo mismo,
participando así en su misma misión: «Como el Padre me ha enviado, así
también os envío yo» (Jn20,21), para comunicar la Palabra con
toda la vida. Es la Palabra misma la que nos lleva hacia los hermanos;
es la Palabra que ilumina, purifica, convierte. Nosotros no somos más
que servidores.
Es necesario, pues, redescubrir cada vez más la urgencia y la belleza
de anunciar la Palabra para que llegue el Reino de Dios, predicado por
Cristo mismo. Renovamos en este sentido la conciencia, tan familiar a
los Padres de la Iglesia, de que el anuncio de la Palabra tiene como
contenido el Reino de Dios (cf. Mc 1,14-15), que es la persona
misma de Jesús (la Autobasileia), como recuerda
sugestivamente Orígenes.[313]
El Señor ofrece la salvación a los hombres de toda época. Todos nos
damos cuenta de la necesidad de que la luz de Cristo ilumine todos los
ámbitos de la humanidad: la familia, la escuela, la cultura, el trabajo,
el tiempo libre y los otros sectores de la vida social.[314]
No se trata de anunciar una palabra sólo de consuelo, sino que
interpela, que llama a la conversión, que hace accesible el encuentro
con Él, por el cual florece una humanidad nueva.
Todos los bautizados responsables del anuncio
94. Puesto que todo el Pueblo de Dios es un pueblo
«enviado», el Sínodo ha reiterado que «la misión de anunciar la Palabra
de Dios es un cometido de todos los discípulos de Jesucristo, como
consecuencia de su bautismo».[315]
Ningún creyente en Cristo puede sentirse ajeno a esta responsabilidad
que proviene de su pertenencia sacramental al Cuerpo de Cristo. Se debe
despertar esta conciencia en cada familia, parroquia, comunidad,
asociación y movimiento eclesial. La Iglesia, como misterio de comunión,
es toda ella misionera y, cada uno en su propio estado de vida, está
llamado a dar una contribución incisiva al anuncio cristiano.
Los Obispos y sacerdotes, por su propia misión, son los
primeros llamados a una vida dedicada al servicio de la Palabra, a
anunciar el Evangelio, a celebrar los sacramentos y a formar a los
fieles en el conocimiento auténtico de las Escrituras. También los
diáconos han de sentirse llamados a colaborar, según su misión, en
este compromiso de evangelización.
La vida consagrada brilla en toda la historia de la Iglesia
por su capacidad de asumir explícitamente la tarea del anuncio y la
predicación de la Palabra de Dios, tanto en la missio ad gentes
como en las más difíciles situaciones, con disponibilidad también para
las nuevas condiciones de evangelización, emprendiendo con ánimo y
audacia nuevos itinerarios y nuevos desafíos para anunciar eficazmente
la Palabra de Dios.[316]
Los laicos están llamados a ejercer su tarea profética, que se
deriva directamente del bautismo, y a testimoniar el Evangelio en la
vida cotidiana dondequiera que se encuentren. A este propósito, los
Padres sinodales han expresado «la más viva estima y gratitud, junto con
su aliento, por el servicio a la evangelización que muchos laicos, y en
particular las mujeres, ofrecen con generosidad y tesón en las
comunidades diseminadas por el mundo, a ejemplo de María Magdalena,
primer testigo de la alegría pascual».[317]
El Sínodo reconoce con gratitud, además, que los movimientos eclesiales
y las nuevas comunidades son en la Iglesia una gran fuerza para la obra
evangelizadora en este tiempo, impulsando a desarrollar nuevas formas de
anunciar el Evangelio.[318]
Necesidad de la «missio ad gentes»
95. Al exhortar a todos los fieles al anuncio de la
Palabra divina, los Padres sinodales han reiterado también la necesidad
en nuestro tiempo de un compromiso decidido en la missio ad gentes.
La Iglesia no puede limitarse en modo alguno a una pastoral de
«mantenimiento» para los que ya conocen el Evangelio de Cristo. El
impulso misionero es una señal clara de la madurez de una comunidad
eclesial. Además, los Padres han manifestado su firme convicción de que
la Palabra de Dios es la verdad salvadora que todo hombre necesita en
cualquier época. Por eso, el anuncio debe ser explícito. La Iglesia ha
de ir hacia todos con la fuerza del Espíritu (cf. 1 Co 2,5), y
seguir defendiendo proféticamente el derecho y la libertad de las
personas de escuchar la Palabra de Dios, buscando los medios más
eficaces para proclamarla, incluso con riesgo de sufrir persecución.[319]
La Iglesia se siente obligada con todos a anunciar la Palabra que salva
(cf. Rm 1,14).
Anuncio y nueva evangelización
96. El Papa Juan Pablo II, en la línea de lo que el
Papa Pablo VI dijo en la Exhortación apostólica
Evangelii nuntiandi, llamó de muchas maneras la atención de los
fieles sobre la necesidad de un nuevo tiempo misionero para todo el
Pueblo de Dios.[320] Al
alba del tercer milenio, no sólo hay todavía muchos pueblos que no han
conocido la Buena Nueva, sino también muchos cristianos necesitados de
que se les vuelva a anunciar persuasivamente la Palabra de Dios, de
manera que puedan experimentar concretamente la fuerza del Evangelio.
Tantos hermanos están «bautizados, pero no suficientemente
evangelizados».[321] Con
frecuencia, naciones un tiempo ricas en fe y vocaciones van perdiendo su
propia identidad, bajo la influencia de una cultura secularizada.[322]
La exigencia de una nueva evangelización, tan fuertemente sentida por mi
venerado Predecesor, ha de ser confirmada sin temor, con la certeza de
la eficacia de la Palabra divina. La Iglesia, segura de la fidelidad de
su Señor, no se cansa de anunciar la Buena Nueva del Evangelio e invita
a todos los cristianos a redescubrir el atractivo del seguimiento de
Cristo.
Palabra de Dios y testimonio cristiano
97. El inmenso horizonte de la misión eclesial, la
complejidad de la situación actual, requieren hoy nuevas formas para
poder comunicar eficazmente la Palabra de Dios. El Espíritu Santo,
protagonista de toda evangelización, nunca dejará de guiar a la Iglesia
de Cristo en este cometido. Sin embargo, es importante que toda
modalidad de anuncio tenga presente, ante todo, la intrínseca relación
entre comunicación de la Palabra de Dios y testimonio
cristiano. De esto depende la credibilidad misma del anuncio. Por
una parte, se necesita la Palabra que comunique todo lo que el Señor
mismo nos ha dicho. Por otra, es indispensable que, con el testimonio,
se dé credibilidad a esta Palabra, para que no aparezca como una bella
filosofía o utopía, sino más bien como algo que se puede vivir y que
hace vivir. Esta reciprocidad entre Palabra y testimonio vuelve a
reflejar el modo con el que Dios mismo se ha comunicado a través de la
encarnación de su Verbo. La Palabra de Dios llega a los hombres «por el
encuentro con testigos que la hacen presente y viva».[323]
De modo particular, las nuevas generaciones necesitan ser introducidas a
la Palabra de Dios «a través del encuentro y el testimonio auténtico del
adulto, la influencia positiva de los amigos y la gran familia de la
comunidad eclesial».[324]
Hay una estrecha relación entre el testimonio de la Escritura, como
afirmación de la Palabra que Dios pronuncia por sí mismo, y el
testimonio de vida de los creyentes. Uno implica y lleva al otro. El
testimonio cristiano comunica la Palabra confirmada por la Escritura. La
Escritura, a su vez, explica el testimonio que los cristianos están
llamados a dar con la propia vida. De este modo, quienes encuentran
testigos creíbles del Evangelio se ven movidos así a constatar la
eficacia de la Palabra de Dios en quienes la acogen.
98. En esta circularidad entre testimonio y Palabra
comprendemos las afirmaciones del Papa Pablo VI en la Exhortación
apostólica
Evangelii nuntiandi. Nuestra responsabilidad no se limita a
sugerir al mundo valores compartidos; hace falta que se llegue al
anuncio explícito de la Palabra de Dios. Sólo así seremos fieles al
mandato de Cristo: «La Buena Nueva proclamada por el testimonio de vida
deberá ser pues, tarde o temprano, proclamada por la palabra de vida. No
hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la
doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de
Nazaret, Hijo de Dios».[325]
Que el anuncio de la Palabra de Dios requiere el testimonio de la
propia vida es algo que la conciencia cristiana ha tenido bien presente
desde sus orígenes. Cristo mismo es testigo fiel y veraz (cf. Ap
1,5; 3,14), testigo de la Verdad (cf. Jn 18,37). A este respecto,
quisiera hacerme eco de los innumerables testimonios que hemos tenido la
gracia de escuchar durante la Asamblea sinodal. Nos hemos sentido muy
conmovidos ante las intervenciones de los que han sabido vivir la fe y
dar también testimonio espléndido del Evangelio, incluso bajo regímenes
adversos al cristianismo o en situaciones de persecución.
Todo esto no nos debe dar miedo. Jesús mismo dijo a sus discípulos:
«No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a
vosotros os perseguirán» (Jn15,20). Por tanto, deseo elevar a
Dios con toda la Iglesia un himno de alabanza por el testimonio de
muchos hermanos y hermanas que también en nuestro tiempo han dado la
vida para comunicar la verdad del amor de Dios, que se nos ha revelado
en Cristo crucificado y resucitado. Además, manifiesto la gratitud de
toda la Iglesia por los cristianos que no se rinden ante los obstáculos
y las persecuciones a causa del Evangelio. Y nos unimos estrechamente,
con afecto profundo y solidario, a los fieles de todas aquellas
comunidades cristianas, que en estos tiempos, especialmente en Asia y en
África, arriesgan la vida o son marginados de la sociedad a causa de la
fe. Vemos realizarse aquí el espíritu de las bienaventuranzas del
Evangelio, para los que son perseguidos a causa del Señor Jesús (cf.
Mt 5,11). Al mismo tiempo, no dejamos de levantar nuestra voz para
que los gobiernos de las naciones garanticen a todos la libertad de
conciencia y religión, así como el poder testimoniar también
públicamente su propia fe.[326]
Palabra de Dios y compromiso en el mundo
Servir a Jesús en sus «humildes hermanos» (Mt 25,40)
99. La Palabra divina ilumina la existencia humana y
mueve a la conciencia a revisar en profundidad la propia vida, pues toda
la historia de la humanidad está bajo el juicio de Dios: «Cuando venga
en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará
en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones» (Mt
25,31-32). En nuestro tiempo, con frecuencia nos detenemos
superficialmente ante el valor del instante que pasa, como si fuera
irrelevante para el futuro. Por el contrario, el Evangelio nos recuerda
que cada momento de nuestra existencia es importante y debe ser vivido
intensamente, sabiendo que todos han de rendir cuentas de su propia
vida. En el capítulo veinticinco del Evangelio de Mateo, el Hijo del
hombre considera que todo lo que hacemos o dejamos de hacer a uno sólo de sus
«humildes hermanos» (25,41.45), se lo hacemos o dejamos de hacérselo a Él: «Tuve
hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me
hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la
cárcel y vinisteis a verme» (25,35-36). Así pues, la misma Palabra de Dios
reclama la necesidad de nuestro compromiso en el mundo y de nuestra
responsabilidad ante Cristo, Señor de la Historia. Al anunciar el Evangelio,
démonos ánimo mutuamente para hacer el bien y comprometernos por la justicia, la
reconciliación y la paz
Palabra de Dios y compromiso por la justicia en la sociedad
100. La Palabra de Dios impulsa al hombre a
entablar relaciones animadas por la rectitud y la justicia; da fe del
valor precioso ante Dios de todos los esfuerzos del hombre por construir
un mundo más justo y más habitable.[327]
La misma Palabra de Dios denuncia sin ambigüedades las injusticias y
promueve la solidaridad y la igualdad.[328]
Por eso, a la luz de las palabras del Señor, reconocemos los «signos de
los tiempos» que hay en la historia y no rehuimos el compromiso en favor
de los que sufren y son víctimas del egoísmo. El Sínodo ha recordado que
el compromiso por la justicia y la transformación del mundo forma parte
de la evangelización. Como dijo el Papa Pablo VI, se trata «de alcanzar
y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los
valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento,
las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que
están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de
salvación».[329]
A este respecto, los Padres sinodales han pensado particularmente en
los que están comprometidos en la vida política y social. La
evangelización y la difusión de la Palabra de Dios han de inspirar su
acción en el mundo en busca del verdadero bien de todos, en el respeto y
la promoción de la dignidad de cada persona. Ciertamente, no es una
tarea directa de la Iglesia el crear una sociedad más justa, aunque le
corresponde el derecho y el deber de intervenir sobre las cuestiones
éticas y morales que conciernen al bien de las personas y los pueblos.
Es sobre todo a los fieles laicos, educados en la escuela del Evangelio,
a quienes corresponde la tarea de intervenir directamente en la acción
social y política. Por eso, el Sínodo recomienda promover una adecuada
formación según los principios de la Doctrina social de la Iglesia.[330]
101. Además, deseo llamar la atención de todos
sobre la importancia de defender y promover los derechos humanos de
cada persona, fundados en la ley natural inscrita en el corazón del
hombre y que, como tales, son «universales, inviolables, inalienables».[331]
La Iglesia espera que, mediante la afirmación de estos derechos, se
reconozca más eficazmente y se promueva universalmente la dignidad
humana,[332] como
característica impresa por Dios Creador en su criatura, asumida y
redimida por Jesucristo por su encarnación, muerte y resurrección. Por
eso, la difusión de la Palabra de Dios refuerza la afirmación y el
respeto de estos derechos.[333]
Anuncio de la Palabra de Dios, reconciliación y paz entre los
pueblos
102. Entre los múltiples ámbitos de compromiso, el
Sínodo ha recomendado ardientemente la promoción de la reconciliación y
la paz. En el contexto actual, es necesario más que nunca redescubrir la
Palabra de Dios como fuente de reconciliación y paz, porque en ella Dios
reconcilia en sí todas las cosas (cf. 2 Co 5,18-20; Ef
1,10): Cristo «es nuestra paz» (Ef 2,14), que derriba los
muros de división. En el Sínodo, muchos testimonios han documentado los
graves y sangrientos conflictos, así como las tensiones que hay en
nuestro planeta. A veces, dichas hostilidades parecen tener un aspecto
de conflicto interreligioso. Una vez más, deseo reiterar que la religión
nunca puede justificar intolerancia o guerras. No se puede utilizar la
violencia en nombre de Dios.[334]
Toda religión debería impulsar un uso correcto de la razón y promover
valores éticos que edifican la convivencia civil.
Fieles a la obra de reconciliación consumada por Dios en Jesucristo,
crucificado y resucitado, los católicos y todos los hombres de buena
voluntad han de comprometerse a dar ejemplo de reconciliación para
construir una sociedad justa y pacífica.[335]
Nunca olvidemos que «donde las palabras humanas son impotentes, porque
prevalece el trágico estrépito de la violencia y de las armas, la fuerza
profética de la Palabra de Dios actúa y nos repite que la paz es posible
y que debemos ser instrumentos de reconciliación y de paz».[336]
La Palabra de Dios y la caridad efectiva
103. El compromiso por la justicia, la
reconciliación y la paz tiene su última raíz y su cumplimiento en el
amor que Cristo nos ha revelado. Al escuchar los testimonios aportados
en el Sínodo, hemos prestado más atención a la relación que hay entre la
escucha amorosa de la Palabra de Dios y el servicio desinteresado a los
hermanos; todos los creyentes han de comprender «la necesidad de
traducir en gestos de amor la Palabra escuchada, porque sólo así se
vuelve creíble el anuncio del Evangelio, a pesar de las fragilidades
humanas que marcan a las personas».[337]
Jesús pasó por este mundo haciendo el bien (cf. Hch 10,38).
Escuchando con disponibilidad la Palabra de Dios en la Iglesia, se
despierta «la caridad y la justicia para todos, sobre todo para los
pobres».[338] Nunca se ha
de olvidar que «el amor –caritas– siempre será necesario, incluso
en la sociedad más justa... Quien intenta desentenderse del amor se
dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre».[339]
Exhorto, por tanto, a todos los fieles a meditar con frecuencia el himno
a la caridad escrito por el Apóstol Pablo, y a dejarse inspirar por él:
«el amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el
amor no presume ni se engríe; no es mal educado, ni egoísta; no se
irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino
que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera
sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca» (1 Co
13,4-8).
Por tanto, el amor al prójimo, enraizado en el amor de Dios, nos debe
tener constantemente comprometidos, personalmente y como comunidad
eclesial, local y universal. Dice san Agustín: «La plenitud de la Ley y
de todas las divinas Escrituras es el amor... El que cree, pues, haber
entendido las Escrituras, o alguna parte de ellas, y con esta
comprensión no edifica este doble amor de Dios y del prójimo, aún no las
entendió».[340]
Anuncio de la Palabra de Dios y los jóvenes
104. El Sínodo ha prestado una atención particular
al anuncio de la Palabra divina a las nuevas generaciones. Los jóvenes
son ya desde ahora miembros activos de la Iglesia y representan su
futuro. En ellos encontramos a menudo una apertura espontánea a la
escucha de la Palabra de Dios y un deseo sincero de conocer a Jesús.
En efecto, en la edad de la juventud, surgen de modo incontenible y
sincero preguntas sobre el sentido de la propia vida y sobre qué
dirección dar a la propia existencia. A estos interrogantes, sólo Dios
sabe dar una respuesta verdadera. Esta atención al mundo juvenil implica
la valentía de un anuncio claro; hemos de ayudar a los jóvenes a que
adquieran confianza y familiaridad con la Sagrada Escritura, para que
sea como una brújula que indica la vía a seguir.[341]
Para ello, necesitan testigos y maestros, que caminen con ellos y los
lleven a amar y a comunicar a su vez el Evangelio, especialmente a sus
coetáneos, convirtiéndose ellos mismos en auténticos y creíbles
anunciadores.[342]
Es preciso que se presente la divina Palabra también con sus
implicaciones vocacionales, para ayudar y orientar así a los jóvenes en
sus opciones de vida, incluida la de una consagración total.[343]
Auténticas vocaciones a la vida consagrada y al sacerdocio encuentran
terreno propicio en el contacto fiel con la Palabra de Dios. Repito
también hoy la invitación que hice al comienzo de mi pontificado de
abrir las puertas a Cristo: «Quien deja entrar a Cristo no pierde nada,
nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande.
¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con
esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la
condición humana... Queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no
quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno.
Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la
verdadera vida».[344]
Anuncio de la Palabra de Dios y los emigrantes
105. La Palabra de Dios nos hace estar atentos a la
historia y a todo lo nuevo que brota en ella. Por eso, el Sínodo, en
relación con la misión evangelizadora de la Iglesia, ha querido prestar
atención también al complejo fenómeno de la emigración, que en estos
años ha adquirido proporciones inéditas. En este punto se plantean
cuestiones sumamente delicadas sobre la seguridad de las naciones
y la acogida que se ha de ofrecer a los que buscan refugio,
mejores condiciones de vida, salud y trabajo. Gran número de personas,
que no conocen a Cristo o tienen una imagen suya inadecuada, se
establecen en países de tradición cristiana. Al mismo tiempo, otras
procedentes de pueblos profundamente marcados por la fe cristiana
emigran a países donde se necesita llevar el anuncio de Cristo y de una
nueva evangelización. Estas situaciones ofrecen nuevas posibilidades
para la difusión de la Palabra de Dios. A este propósito, los Padres
sinodales han afirmado que los emigrantes tienen el derecho de escuchar
el kerigma, que se les ha de proponer, pero nunca imponer. Si son
cristianos, necesitan una asistencia pastoral adecuada para reforzar su
fe y para que ellos mismos sean portadores del anuncio evangélico.
Conscientes de la complejidad del fenómeno, es preciso que las diócesis
interesadas se movilicen, con el fin de que los movimientos migratorios
sean considerados también una ocasión para descubrir nuevas modalidades
de presencia y anuncio, y se proporcione, según las propias
posibilidades, una adecuada acogida y animación de estos hermanos
nuestros para que, tocados por la Buena Nueva, se hagan ellos mismos
anunciadores de la Palabra de Dios y testigos de Jesús Resucitado,
esperanza del mundo.[345]
Anuncio de la Palabra de Dios y los que sufren
106. Durante los trabajos sinodales, los Padres han
puesto su atención también en la necesidad de anunciar la Palabra de
Dios a todos los que padecen sufrimiento físico, psíquico o espiritual.
En efecto, en el momento del dolor es cuando surgen de manera más aguda
en el corazón del hombre las preguntas últimas sobre el sentido de la
propia vida. Mientras la palabra del hombre parece enmudecer ante el
misterio del mal y del dolor, y nuestra sociedad parece valorar la
existencia sólo cuando ésta tiene un cierto grado de eficiencia y
bienestar, la Palabra de Dios nos revela que también las circunstancias
adversas son misteriosamente «abrazadas» por la ternura de Dios. La fe
que nace del encuentro con la divina Palabra nos ayuda a considerar
la vida humana como digna de ser vivida en plenitud también cuando está
aquejada por el mal. Dios ha creado al hombre para la felicidad y
para la vida, mientras que la enfermedad y la muerte han entrado en el
mundo como consecuencia del pecado (cf. Sb 2,23-24). Pero el
Padre de la vida es el médico del hombre por excelencia y no deja de
inclinarse amorosamente sobre la humanidad afligida. El culmen de la
cercanía de Dios al sufrimiento del hombre lo contemplamos en Jesús
mismo, que es «Palabra encarnada. Sufrió con nosotros y murió. Con su
pasión y muerte asumió y transformó hasta el fondo nuestra debilidad».[346]
La cercanía de Jesús a los que sufren no se ha interrumpido,
se prolonga en el tiempo por la acción del Espíritu Santo en la misión
de la Iglesia, en la Palabra y en los sacramentos, en los hombres de
buena voluntad, en las actividades de asistencia que las comunidades
promueven con caridad fraterna, enseñando así el verdadero rostro de
Dios y su amor. El Sínodo da gracias a Dios por estos testimonios
espléndidos, a menudo escondidos, de tantos cristianos –sacerdotes,
religiosos y laicos– que han prestado y siguen prestando sus manos, sus
ojos y su corazón a Cristo, verdadero médico de los cuerpos y las almas.
El Sínodo exhorta a continuar prestando ayuda a las personas enfermas,
llevándoles la presencia vivificante del Señor Jesús en la Palabra y en
la Eucaristía. Que se les ayude a leer la Escritura y a descubrir que,
precisamente en su condición, pueden participar de manera particular en
el sufrimiento redentor de Cristo para la salvación del mundo (cf. 2
Co 4,8-11.14).[347]
Anuncio de la Palabra de Dios y los pobres
107. La Sagrada Escritura manifiesta la
predilección de Dios por los pobres y necesitados (cf. Mt
25,31-46). Frecuentemente, los Padres sinodales han vuelto a recordar la
necesidad de que el anuncio evangélico y el esfuerzo de los pastores y
las comunidades se dirija a estos hermanos nuestros. En efecto, «los
primeros que tienen derecho al anuncio del Evangelio son precisamente
los pobres, no sólo necesitados de pan, sino también de palabras
de vida».[348] La
diaconía de la caridad, que nunca ha de faltar en nuestras Iglesias, ha
de estar siempre unida al anuncio de la Palabra y a la celebración de
los sagrados misterios.[349]
Al mismo tiempo, se ha de reconocer y valorar el hecho de que los mismos
pobres son también agentes de evangelización. En la Biblia, el verdadero
pobre es el que se confía totalmente a Dios, y Jesús mismo llama en el
Evangelio bienaventurados a los pobres, «porque de ellos es el
Reino de los cielos» (Mt 5,3; cf. Lc 6,20). El Señor
ensalza la sencillez de corazón de quien reconoce a Dios como la
verdadera riqueza, pone en Él la propia esperanza, y no en los bienes de
este mundo. La Iglesia no puede decepcionar a los pobres: «Los pastores
están llamados a escucharlos, a aprender de ellos, a guiarlos en su fe y
a motivarlos para que sean artífices de su propia historia».[350]
La Iglesia es también consciente de que existe una pobreza
como virtud, que se ha de ejercitar y elegir libremente, como lo han
hecho muchos santos; y de que existe una miseria, que con
frecuencia es el resultado de injusticias y provocada por el egoísmo,
que comporta indigencia y hambre, y favorece los conflictos. Cuando la
Iglesia anuncia la Palabra de Dios, sabe que se ha de favorecer un
«círculo virtuoso» entre la pobreza «que conviene elegir» y la
pobreza «que es preciso combatir», redescubriendo «la sobriedad y
la solidaridad, como valores evangélicos y al mismo tiempo universales…
Esto implica opciones de justicia y de sobriedad».[351]
Palabra de Dios y salvaguardia de la Creación
108. El compromiso en el mundo requerido por la
divina Palabra nos impulsa a mirar con ojos nuevos el cosmos que, creado
por Dios, lleva en sí la huella del Verbo, por quien todo fue hecho (cf.
Jn 1,2). En efecto, como creyentes y anunciadores del Evangelio
tenemos también una responsabilidad con respecto a la creación. La
revelación, a la vez que nos da a conocer el plan de Dios sobre el
cosmos, nos lleva también a denunciar las actitudes equivocadas del
hombre cuando no reconoce todas las cosas como reflejo del Creador, sino
como mera materia para manipularla sin escrúpulos. De este modo, el
hombre carece de esa humildad esencial que le permite reconocer la
creación como don de Dios, que se ha de acoger y usar según sus
designios. Por el contrario, la arrogancia del hombre que vive «como si
Dios no existiera», lleva a explotar y deteriorar la naturaleza, sin
reconocer en ella la obra de la Palabra creadora. En esta perspectiva
teológica, deseo retomar las afirmaciones de los Padres sinodales, que
han recordado que «acoger la Palabra de Dios atestiguada en la sagrada
Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia da lugar a un nuevo modo
de ver las cosas, promoviendo una ecología auténtica, que tiene su raíz
más profunda en la obediencia de la fe..., desarrollando una renovada
sensibilidad teológica sobre la bondad de todas las cosas creadas en
Cristo».[352] El hombre
necesita ser educado de nuevo en el asombro y el reconocimiento de la
belleza auténtica que se manifiesta en las cosas creadas.[353]
El valor de la cultura para la vida del hombre
109. El anuncio joánico referente a la encarnación
del Verbo, revela la unión indisoluble entre la Palabra divina y
las palabras humanas, por las cuales se nos comunica. En el marco
de esta consideración, el Sínodo de los Obispos se ha fijado en la
relación entre Palabra de Dios y cultura. En efecto, Dios no se revela
al hombre en abstracto, sino asumiendo lenguajes, imágenes y expresiones
vinculadas a las diferentes culturas. Es una relación fecunda,
atestiguada ampliamente en la historia de la Iglesia. Hoy, esta relación
entra también en una nueva fase, debido a que la evangelización se
extiende y arraiga en el seno de las diferentes culturas, así como a los
más recientes avances de la cultura occidental. Esto exige, ante todo,
que se reconozca la importancia de la cultura para la vida de todo
hombre. En efecto, el fenómeno de la cultura, en sus múltiples aspectos,
se presenta como un dato constitutivo de la experiencia humana: «El
hombre vive siempre según una cultura que le es propia, y que, a su vez
crea entre los hombres un lazo que les es también propio, determinando
el carácter inter-humano y social de la existencia humana».[354]
La Palabra de Dios ha inspirado a lo largo de los siglos las
diferentes culturas, generando valores morales fundamentales,
expresiones artísticas excelentes y estilos de vida ejemplares.[355]
Por tanto, en la perspectiva de un renovado encuentro entre Biblia y
culturas, quisiera reiterar a todos los exponentes de la cultura que no
han de temer abrirse a la Palabra de Dios; ésta nunca destruye la
verdadera cultura, sino que representa un estímulo constante en la
búsqueda de expresiones humanas cada vez más apropiadas y
significativas. Toda auténtica cultura, si quiere ser realmente para el
hombre, ha de estar abierta a la transcendencia, en último término, a
Dios.
La Biblia como un gran códice para las culturas
110. Los Padres sinodales ha subrayado la
importancia de favorecer entre los agentes culturales un conocimiento
adecuado de la Biblia, incluso en los ambientes secularizados y entre
los no creyentes;[356] la
Sagrada Escritura contiene valores antropológicos y filosóficos que han
influido positivamente en toda la humanidad.[357]
Se ha de recobrar plenamente el sentido de la Biblia como un gran códice
para las culturas.
El conocimiento de la Biblia en la escuela y la universidad
111. Un ámbito particular del encuentro entre
Palabra de Dios y culturas es el de la escuela y la
universidad. Los Pastores han de prestar una atención especial a
estos ámbitos, promoviendo un conocimiento profundo de la Biblia que
permita captar sus fecundas implicaciones culturales también para
nuestro tiempo. Los centros de estudio promovidos por entidades
católicas dan una contribución singular –que ha de ser reconocida– a la
promoción de la cultura y la instrucción. Además, no se debe descuidar
la enseñanza de la religión, formando esmeradamente a los
docentes. Ésta representa en muchos casos para los estudiantes una
ocasión única de contacto con el mensaje de la fe. Conviene que en esta
enseñanza se promueva el conocimiento de la Sagrada Escritura, superando
antiguos y nuevos prejuicios, y tratando de dar a conocer su verdad.[358]
La Sagrada Escritura en las diversas manifestaciones artísticas
112. La relación entre Palabra de Dios y cultura se
ha expresado en obras de diversos ámbitos, en particular en el mundo
del arte. Por eso, la gran tradición de Oriente y Occidente ha
apreciado siempre las manifestaciones artísticas inspiradas en la
Sagrada Escritura como, por ejemplo, las artes figurativas y la
arquitectura, la literatura y la música. Pienso también en el antiguo
lenguaje de los iconos, que desde la tradición oriental se está
difundiendo por el mundo entero. Con los Padres sinodales, toda la
Iglesia manifiesta su consideración, estima y admiración por los
artistas «enamorados de la belleza», que se han dejado inspirar por los
textos sagrados; ellos han contribuido a la decoración de nuestras
iglesias, a la celebración de nuestra fe, al enriquecimiento de nuestra
liturgia y, al mismo tiempo, muchos de ellos han ayudado a reflejar de
modo perceptible en el tiempo y en el espacio las realidades invisibles
y eternas.[359] Exhorto a
los organismos competentes a que se promueva en la Iglesia una sólida
formación de los artistas sobre la Sagrada Escritura a la luz de la
Tradición viva de la Iglesia y el Magisterio.
Palabra de Dios y medios de comunicación social
113. A la relación entre Palabra de Dios y culturas
se corresponde la importancia de emplear con atención e inteligencia los
medios de comunicación social, antiguos y nuevos. Los Padres sinodales
han recomendado un conocimiento apropiado de estos instrumentos,
poniendo atención a su rápido desarrollo y alto grado de interacción,
así como a invertir más energías en adquirir competencia en los diversos
sectores, particularmente en los llamados new media como, por
ejemplo, internet. Existe ya una presencia significativa por
parte de la Iglesia en el mundo de la comunicación de masas, y también
el Magisterio eclesial se ha expresado más de una vez sobre este tema a
partir del Concilio Vaticano II.[360]
La adquisición de nuevos métodos para transmitir el mensaje evangélico
forma parte del constante impulso evangelizadora de los creyentes, y la
comunicación se extiende hoy como una red que abarca todo el globo, de
modo que el requerimiento de Cristo adquiere un nuevo sentido: «Lo que
yo os digo de noche, decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído
pregonadlo desde la azotea» (Mt 10,27). La Palabra divina debe
llegar no sólo a través del lenguaje escrito, sino también mediante las
otras formas de comunicación.[361]
Por eso, junto a los Padres sinodales, deseo agradecer a los católicos
que, con competencia, están comprometidos en una presencia significativa
en el mundo de los medios de comunicación, animándolos a la vez a un
esfuerzo más amplio y cualificado.[362]
Entre las nuevas formas de comunicación de masas, hoy se reconoce un
papel creciente a internet, que representa un nuevo foro para
hacer resonar el Evangelio, pero conscientes de que el mundo virtual
nunca podrá reemplazar al mundo real, y que la evangelización podrá
aprovechar la realidad virtual que ofrecen los new media
para establecer relaciones significativas sólo si llega al contacto
personal, que sigue siendo insustituible. En el mundo de internet,
que permite que millones y millones de imágenes aparezcan en un número
incontable de pantallas de todo el mundo, deberá aparecer el rostro
de Cristo y oírse su voz, porque «si no hay lugar para Cristo,
tampoco hay lugar para el hombre».[363]
Biblia e inculturación
114. El misterio de la Encarnación nos manifiesta,
por una parte, que Dios se comunica siempre en una historia concreta,
asumiendo las claves culturales inscritas en ella, pero, por otra, la
misma Palabra puede y tiene que transmitirse en culturas diferentes,
transfigurándolas desde dentro, mediante lo que el Papa Pablo VI llamó
la evangelización de las culturas.[364]
La Palabra de Dios, como también la fe cristiana, manifiesta así un
carácter intensamente intercultural, capaz de encontrar y de que
se encuentren culturas diferentes.[365]
En este contexto, se entiende también el valor de la inculturación
del Evangelio.[366] La
Iglesia está firmemente convencida de la capacidad de la Palabra de Dios
para llegar a todas las personas humanas en el contexto cultural en que
viven: «Esta convicción emana de la Biblia misma, que desde el libro del
Génesis toma una orientación universal (cf. Gn 1,27-28), la
mantiene luego en la bendición prometida a todos los pueblos gracias a
Abrahán y su descendencia (cf. Gn 12,3; 18,18) y la confirma
definitivamente extendiendo a “todas las naciones” la evangelización».[367]
Por eso, la inculturación no ha de consistir en procesos de adaptación
superficial, ni en la confusión sincretista, que diluye la originalidad
del Evangelio para hacerlo más fácilmente aceptable.[368]
El auténtico paradigma de la inculturación es la encarnación misma del
Verbo: «La “culturización” o “inculturación” que promovéis con razón
será verdaderamente un reflejo de la encarnación del Verbo, cuando una
cultura, transformada y regenerada por el Evangelio, genere de su propia
tradición viva expresiones originales de vida, celebración y pensamiento
cristianos»,[369]
haciendo fermentar desde dentro la cultura local, valorizando los
semina Verbi y todo lo que hay en ella de positivo, abriéndola a los
valores evangélicos.[370]
Traducciones y difusión de la Biblia
115. Si la inculturación de la Palabra de Dios es
parte imprescindible de la misión de la Iglesia en el mundo, un momento
decisivo de este proceso es la difusión de la Biblia a través del
valioso trabajo de su traducción en las diferentes lenguas. A este
propósito, se ha de tener siempre en cuenta que la traducción de las
Escrituras comenzó «ya en los tiempos del Antiguo Testamento, cuando se
tradujo oralmente el texto hebreo de la Biblia en arameo (Ne
8,8.12) y más tarde, por escrito, en griego. Una traducción, en efecto,
es siempre más que una simple trascripción del texto original. El paso
de una lengua a otra comporta necesariamente un cambio de contexto
cultural: los conceptos no son idénticos y el alcance de los símbolos es
diferente, ya que ellos ponen en relación con otras tradiciones de
pensamiento y otras maneras de vivir».[371]
Durante los trabajos sinodales se ha debido constatar que varias
Iglesias locales no disponen de una traducción integral de la Biblia en
sus propias lenguas. Cuántos pueblos tienen hoy hambre y sed de la
Palabra de Dios, pero, desafortunadamente, no tienen aún un «fácil
acceso a la sagrada Escritura»,[372]
como deseaba el Concilio Vaticano II. Por eso, el Sínodo considera
importante, ante todo, la formación de especialistas que se dediquen a
traducir la Biblia a las diferentes lenguas.[373]
Animo a invertir recursos en este campo. En particular, quisiera
recomendar que se apoye el compromiso de la Federación Bíblica Católica,
para que se incremente más aún el número de traducciones de la Sagrada
Escritura y su difusión capilar.[374]
Conviene que, dada la naturaleza de un trabajo como éste, se lleve a
cabo en lo posible en colaboración con las diversas Sociedades Bíblicas.
La Palabra de Dios supera los límites de las culturas
116. La Asamblea sinodal, en el debate sobre la
relación entre Palabra de Dios y culturas, ha sentido la exigencia de
reafirmar aquello que los primeros cristianos pudieron experimentar
desde el día de Pentecostés (cf. Hch 2,1-13). La Palabra divina
es capaz de penetrar y de expresarse en culturas y lenguas diferentes,
pero la misma Palabra transfigura los límites de cada cultura, creando
comunión entre pueblos diferentes. La Palabra del Señor nos invita a una
comunión más amplia. «Salimos de la limitación de nuestras experiencias
y entramos en la realidad que es verdaderamente universal. Al entrar en
la comunión con la Palabra de Dios, entramos en la comunión de la
Iglesia que vive la Palabra de Dios... Es salir de los límites de cada
cultura para entrar en la universalidad que nos relaciona a todos, que
une a todos, que nos hace a todos hermanos».[375]Por
tanto, anunciar la Palabra de Dios exige siempre que nosotros mismos
seamos los primeros en emprender un renovado éxodo, en dejar nuestros
criterios y nuestra imaginación limitada para dejar espacio en nosotros
a la presencia de Cristo.
Palabra de Dios y diálogo interreligioso
El valor del diálogo interreligioso
117. La Iglesia reconoce como parte esencial del
anuncio de la Palabra el encuentro y la colaboración con todos los
hombres de buena voluntad, en particular con las personas pertenecientes
a las diferentes tradiciones religiosas, evitando formas de sincretismo
y relativismo, y siguiendo los criterios indicados por la Declaración
Nostra aetate del Concilio Vaticano II, desarrollados por el
Magisterio sucesivo de los sumos pontífices.[376]
El rápido proceso de globalización, característico de nuestra época,
hace que se viva en un contacto más estrecho con personas de culturas y
religiones diferentes. Se trata de una oportunidad providencial para
manifestar cómo el auténtico sentido religioso puede promover entre los
hombres relaciones de hermandad universal. Es de gran importancia que
las religiones favorezcan en nuestras sociedades, con frecuencia
secularizadas, una mentalidad que vea en Dios Todopoderoso el fundamento
de todo bien, la fuente inagotable de la vida moral, sustento de un
sentido profundo de hermandad universal.
Por ejemplo, en la tradición judeocristiana se encuentra el sugestivo
testimonio del amor de Dios por todos los pueblos que, en la alianza
establecida con Noé, reúne en un único gran abrazo, simbolizado por el
«arco en el cielo» (Gn 9,13.14.16), y que, según las palabras de
los profetas, quiere recoger en una única familia universal (cf. Is
2,2ss; 42,6; 66,18-21; Jr 4,2; Sal 47). De hecho, en
muchas grandes tradiciones religiosas se encuentran testimonios de la
íntima unión entre la relación con Dios y la ética del amor por todos
los hombres.
Diálogo entre cristianos y musulmanes
118. Entre las diversas religiones, la Iglesia
«mira también con aprecio a los musulmanes, que reconocen la existencia
de un Dios único»;[377]
hacen referencia y dan culto a Dios, sobre todo con la plegaria, la
limosna y el ayuno. Reconocemos que en la tradición del Islam hay muchas
figuras, símbolos y temas bíblicos. En continuidad con la importante
obra del Venerable Juan Pablo II, confío en que las relaciones
inspiradas en la confianza, que se han establecido desde hace años entre
cristianos y musulmanes, prosigan y se desarrollen en un espíritu de
diálogo sincero y respetuoso.[378]
En este diálogo, el Sínodo ha expresado el deseo de que se profundice en
el respeto de la vida como valor fundamental, en los derechos
inalienables del hombre y la mujer y su igual dignidad. Teniendo en
cuenta la distinción entre el orden sociopolítico y el orden religioso,
las religiones han de ofrecer su aportación al bien común. El Sínodo
pide a las Conferencias Episcopales, donde sea oportuno y provechoso,
que favorezcan encuentros de conocimiento recíproco entre cristianos y
musulmanes, para promover los valores que necesita la sociedad para una
convivencia pacífica y positiva.[379]
Diálogo con las demás religiones
119. Además, deseo manifestar en esta circunstancia
el respeto de la Iglesia por las antiguas religiones y tradiciones
espirituales de los diversos Continentes; éstas contienen valores de
respeto y colaboración que pueden favorecer mucho la comprensión entre
las personas y los pueblos.[380]
Constatamos frecuentemente sintonías con valores expresados también en
sus libros religiosos como, por ejemplo, el respeto de la vida, la
contemplación, el silencio y la sencillez en el Budismo; el sentido de
lo sagrado, del sacrificio y del ayuno en el Hinduismo, como también los
valores familiares y sociales en el Confucianismo. Vemos además en otras
experiencias religiosas una atención sincera por la transcendencia de
Dios, reconocido como el Creador, así como también por el respeto de la
vida, del matrimonio y la familia, y un fuerte sentido de la
solidaridad.
Diálogo y libertad religiosa
120. Sin embargo, el diálogo no sería fecundo si
éste no incluyera también un auténtico respeto por cada persona, para
que pueda profesar libremente la propia religión. Por eso, el Sínodo, a
la vez que promueve la colaboración entre los exponentes de las diversas
religiones, recuerda también «la necesidad de que se asegure de manera
efectiva a todos los creyentes la libertad de profesar su propia
religión en privado y en público, además de la libertad de conciencia».[381]
En efecto «el respeto y el diálogo requieren, consiguientemente, la
reciprocidad en todos los terrenos, sobre todo en lo que concierne a las
libertades fundamentales, y en particular, a la libertad religiosa.
Favorecen la paz y el entendimiento entre los pueblos».[382]
La palabra definitiva de Dios
121. Al término de estas reflexiones con las que he
querido recoger y profundizar la riqueza de la
XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la
Palabra de Dios en la vida y la misión de la Iglesia, deseo exhortar una
vez más a todo el Pueblo de Dios, a los Pastores, a las personas
consagradas y a los laicos a esforzarse para tener cada vez más
familiaridad con la Sagrada Escritura. Nunca hemos de olvidar que el
fundamento de toda espiritualidad cristiana auténtica y viva es la
Palabra de Dios anunciada, acogida, celebrada y meditada en la Iglesia.
Esta relación con la divina Palabra será tanto más intensa cuanto más
seamos conscientes de encontrarnos ante la Palabra definitiva de Dios
sobre el cosmos y sobre la historia, tanto en la Sagrada Escritura como
en la Tradición viva de la Iglesia.
Como nos hace contemplar el Prólogo del Evangelio de Juan, todo el
ser está bajo el signo de la Palabra. El Verbo sale del Padre y viene a
vivir entre los suyos, y retorna al seno del Padre para llevar consigo a
toda la creación que ha sido creada en Él y para Él. La Iglesia vive
ahora su misión en expectante espera de la manifestación escatológica
del Esposo: «el Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven!» (Ap
22,17). Esta espera nunca es pasiva, sino impulso misionero para
anunciar la Palabra de Dios que cura y redime a cada hombre: también
hoy, Jesús resucitado nos dice: «Id al mundo entero y proclamad el
Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15).
Nueva evangelización y nueva escucha
122. Por eso, nuestro tiempo ha de ser cada día más
el de una nueva escucha de la Palabra de Dios y de una nueva
evangelización. Redescubrir el puesto central de la Palabra divina
en la vida cristiana nos hace reencontrar de nuevo así el sentido más
profundo de lo que el Papa Juan Pablo II ha pedido con vigor: continuar
la missio ad gentes y emprender con todas las fuerzas la nueva
evangelización, sobre todo en aquellas naciones donde el Evangelio se ha
olvidado o padece la indiferencia de cierta mayoría a causa de una
difundida secularización. Que el Espíritu Santo despierte en los hombres
hambre y sed de la Palabra de Dios y suscite entusiastas anunciadores y
testigos del Evangelio.
A imitación del gran Apóstol de los Gentiles, que fue transformado
después de haber oído la voz del Señor (cf. Hch 9,1-30),
escuchemos también nosotros la divina Palabra, que siempre nos interpela
personalmente aquí y ahora. Los Hechos de los Apóstoles nos dicen
que el Espíritu Santo «apartó» a Pablo y Bernabé para que predicaran y
difundieran la Buena Nueva (cf. 13,2). Así, también hoy el Espíritu
Santo llama incesantemente a oyentes y anunciadores convencidos y
persuasivos de la Palabra del Señor.
La Palabra y la alegría
123. Cuanto más sepamos ponernos a disposición de
la Palabra divina, tanto más podremos constatar que el misterio de
Pentecostés está vivo también hoy en la Iglesia de Dios. El Espíritu del
Señor sigue derramando sus dones sobre la Iglesia para que seamos
guiados a la verdad plena, desvelándonos el sentido de las Escrituras y
haciéndonos anunciadores creíbles de la Palabra de salvación en el
mundo. Volvemos así a la Primera carta de san Juan. En la Palabra
de Dios, también nosotros hemos oído, visto y tocado el Verbo de la
Vida. Por gracia, hemos recibido el anuncio de que la vida eterna se ha
manifestado, de modo que ahora reconocemos estar en comunión unos con
otros, con quienes nos han precedido en el signo de la fe y con todos
los que, diseminados por el mundo, escuchan la Palabra, celebran la
Eucaristía y dan testimonio de la caridad. La comunicación de este
anuncio –nos recuerda el apóstol Juan– se nos ha dado «para que nuestra
alegría sea completa» (1 Jn 1,4).
La Asamblea sinodal nos ha permitido experimentar también lo que dice
el mensaje joánico: el anuncio de la Palabra crea comunión y es
fuente de alegría. Una alegría profunda que brota del corazón
mismo de la vida trinitaria y que se nos comunica en el Hijo. Una
alegría que es un don inefable que el mundo no puede dar. Se pueden
organizar fiestas, pero no la alegría. Según la Escritura, la alegría es
fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22), que nos permite entrar en
la Palabra y hacer que la Palabra divina entre en nosotros trayendo
frutos de vida eterna. Al anunciar con la fuerza del Espíritu Santo la
Palabra de Dios, queremos también comunicar la fuente de la verdadera
alegría, no de una alegría superficial y efímera, sino de aquella que
brota del ser conscientes de que sólo el Señor Jesús tiene palabras de
vida eterna (cf. Jn 6,68).
Mater Verbi et Mater laetitiae
124. Esta íntima relación entre la Palabra de Dios
y la alegría se manifiesta claramente en la Madre de Dios. Recordemos
las palabras de santa Isabel: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que
te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1,45). María es dichosa
porque tiene fe, porque ha creído, y en esta fe ha acogido en el propio
seno al Verbo de Dios para entregarlo al mundo. La alegría que recibe de
la Palabra se puede extender ahora a todos los que, en la fe, se dejan
transformar por la Palabra de Dios. El Evangelio de Lucas nos
presenta en dos textos este misterio de escucha y de gozo. Jesús dice:
«Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la Palabra de Dios
y la ponen por obra» (8,21). Y, ante la exclamación de una mujer que
entre la muchedumbre quiere exaltar el vientre que lo ha llevado y los
pechos que lo han criado, Jesús muestra el secreto de la verdadera
alegría: «Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen»
(11,28). Jesús muestra la verdadera grandeza de María, abriendo así
también para todos nosotros la posibilidad de esa bienaventuranza que
nace de la Palabra acogida y puesta en práctica. Por eso, recuerdo a
todos los cristianos que nuestra relación personal y comunitaria con
Dios depende del aumento de nuestra familiaridad con la Palabra divina.
Finalmente, me dirijo a todos los hombres, también a los que se han
alejado de la Iglesia, que han abandonado la fe o que nunca han
escuchado el anuncio de salvación. A cada uno de ellos, el Señor les
dice: «Estoy a la puerta llamando: si alguien oye y me abre, entraré y
comeremos juntos» (Ap 3,20).
Así pues, que cada jornada nuestra esté marcada por el encuentro
renovado con Cristo, Verbo del Padre hecho carne. Él está en el
principio y en el fin, y «todo se mantiene en él» (Col 1,17).
Hagamos silencio para escuchar la Palabra de Dios y meditarla, para que
ella, por la acción eficaz del Espíritu Santo, siga morando, viviendo y
hablándonos a lo largo de todos los días de nuestra vida. De este modo,
la Iglesia se renueva y rejuvenece siempre gracias a la Palabra del
Señor que permanece eternamente (cf. 1 P 1,25; Is 40,8). Y
también nosotros podemos entrar así en el gran diálogo nupcial con que
se cierra la Sagrada Escritura: «El Espíritu y la Esposa dicen: “¡Ven!”.
Y el que oiga, diga: “¡Ven!”... Dice el que da testimonio de todo esto:
“Sí, vengo pronto”. ¡Amen! “Ven, Señor Jesús”» (Ap 22,17.20).
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 30 de septiembre, memoria de
san Jerónimo, del año 2010, sexto de mi Pontificado.
BENEDICTUS PP. XVI
Notas
[1] Cf. Propositio
1.
[2] Cf. XII Asamblea
General Ordinaria del Sínodo de los Obispos,
Instrumentum laboris, 27.
[3] Cf. León XIII,
Carta enc.
Providentissimus Deus (18 noviembre 1893): ASS 26
(1893-94, 269-292; Benedicto XV, Carta enc.
Spiritus Paraclitus (15 septiembre 1920): AAS 12
(1920), 385-422; Pío XII, Carta enc.
Divino afflante Spiritu (30 septiembre 1943): AAS
35 (1943), 297-325.
[4] Propositio
2.
[5] Ibíd.
[6] Conc. Ecum. Vat.
II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 2.
[7] Ibíd., 4.
[8] Cf. Entre otros
documentos de distinta naturaleza, véase: Pablo VI, Carta ap.
Summi Dei Verbum (4 noviembre 1963): AAS 55
(1963), 979-995; Id, Motu proprio
Sedula cura (27 junio 1971): AAS 63 (1971),
665-669; Juan Pablo II,
Audiencia General (1 mayo 1985): L’Osservatore Romano,
ed. en lengua española (5 mayo 1985), 3; Id., Discurso
sobre la interpretación de la Biblia en la Iglesia (23 abril
1993): AAS 86 (1994), 232-243; Benedicto XVI,
Discurso al Congreso Internacional por el 40 aniversario de la
Dei Verbum (16 septiembre 2005): AAS 97 (2005),
957; Id.,
Ángelus (6 noviembre 2005): L’Osservatore Romano,
ed. en lengua española (11 noviembre 2005), 6. Se tengan en
cuenta también los documentos de la Pontificia Comisión Bíblica,
De sacra Scriptura et Christologia (1984); Unidad y
diversidad en la Iglesia (11 abril 1988); La
interpretación de la Biblia en la Iglesia (15 abril 1993);
El pueblo judío y sus sagradas Escrituras en la Biblia cristiana
(24 mayo 2001); Biblia y moral. Raíces bíblicas del obrar
cristiano (11 mayo 2008).
[9] Cf.
Discurso a la Curia Romana (22 diciembre 2008): AAS
101 (2009), 49.
[10] Cf.
Propositio 37.
[11] Cf. Pontificia
Comisión Bíblica,
El pueblo judío y sus sagradas Escrituras en la Biblia cristiana
(24 mayo 2001).
[12]
Discurso a la Curia Romana (22 diciembre 2008): AAS
101 (2009), 5.
[13] Cf.
Ángelus (4 enero 2009): L’Osservatore Romano, ed.
en lengua española (9 enero 2009), 1.11.
[14] Cf. Relatio
ante disceptationem, I.
[15] Conc. Ecum.
Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum sobre la divina revelación, 2.
[16] Carta enc.
Deus caritas est (25 diciembre 2005), 1: AAS 98
(2006), 217-218.
[17]
Instrumentum laboris, 9.
[18] Credo
Niceno-Constantinopolitano: DS 150.
[19] San Bernardo,
Homilia super missus est, 4, 11: PL 183, 86 B.
[20] Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum sobre la divina revelación, 10.
[21] Cf.
Propositio 3.
[22] Cf.
Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl.
Dominus Iesus, sobre la unicidad y la universalidad
salvífica de Jesucristo y de la Iglesia (6 agosto 2000), 13-15:
AAS 92 (2000), 754-756.
[23] Cf. In
Hexaemeron, 20, 5: Opera Omnia, V, Quaracchi 1891, p.
425-426; Breviloquium, 1, 8: Opera Omnia, V, Quaracchi
1891, p. 216-217.
[24] Itinerarium
mentis in Deum, 2, 12: Opera Omnia, V, Quaracchi 1891, p.
302-303; Commentarius in librum Ecclesiastes, Cap. 1,
vers. 11, Quaestiones, 2, 3: Opera Omnia, VI, Quaracchi
1891, p. 16.
[25] Conc. Ecum.
Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 3; cf. Conc.
Ecum. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius, sobre la fe
católica, cap. 2, De revelatione: DS 3004.
[26] Cf.
Propositio 13.
[27] Comisión
Teológica Internacional, En busca de una ética universal:
nueva mirada sobre la ley natural (2009), 39.
[28] Cf. Summa
Theologiae, I-II, q. 94, a. 2.
[29] Cf. Pontificia
Comisión Bíblica, Biblia y moral. Raíces bíblicas del obrar
cristiano (11 mayo 2008), nn. 13. 32. 109.
[30] Cf. Comisión
Teológica Internacional, En busca de una ética universal:
nueva mirada sobre la ley natural, 102.
[31] Cf.
Homilía durante la Hora Tercia de la primera Congregación
general del Sínodo de los Obispos (6 octubre 2008):
AAS 100 (2008), 758-761.
[32] Conc. Ecum.
Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 14.
[33] Carta enc.
Deus caritas est (25 diciembre 2005), 1: AAS 98
(2006), 217-218.
[34] «Ho Logos
pachynetai (o brachynetai)»: cf. Orígenes, Peri archon,
1, 2, 8: SC 252, 127-129.
[35]
Homilía durante la misa de Nochebuena (24 diciembre
2006): AAS 99 (2007), 12.
[36] Cf.
Mensaje final.
[37] Máximo el
Confesor, Vida de María, 89: CSCO, 479, 77.
[38] Cf. Exhort.
ap. postsinodal
Sacramentum caritatis (22 febrero 2007), 9-10: AAS
99 (2007), 111-112.
[39]
Audiencia General (15 abril 2009): L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (17 abril 2009), 15.
[40] Cf.
Homilía en la solemnidad de la Epifanía (6 enero 2009):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (9 enero
2009), 7. 11.
[41] Conc. Ecum.
Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 4.
[42] Propositio
4.
[43] Subida del
Monte Carmelo, II, 22.
[44] Propositio
47.
[45]
Catecismo de la Iglesia Católica, 67.
[46] Cf.
Congregación para la Doctrina de la Fe,
El mensaje de Fátima (26 junio 2000): L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (30 junio 2000), 10.
[47] Adversus
haereses, IV, 7, 4: PG 7, 992-993; V, 1, 3: PG
7, 1123; V, 6, 1: PG 7, 1137; V, 28, 4: PG 7,
1200.
[48] Cf. Exhort.
ap. postsinodal
Sacramentum caritatis (22 febrero 2007), 12: AAS
99 (2007), 113-114.
[49] Cf.
Propositio 5.
[50] Adversus
haereses, III 24,1: PG7, 966.
[51] Homiliae in
Genesim, 22: PG53, 175.
[52] Epistula
120, 10: CSEL 55, 500-5006.
[53] Homilae in
Ezechielem, 1, 7, 17: CC 142, p. 94.
[54] «Oculi ergo
devotae animae sunt columbarum quia sensus eius per Spiritum
sanctum sunt illuminati et edocti, spiritualia sapientes… Nunc
quidem aperitur animae talis sensus, ut intellegat Scripturas»:
Ricardo de San Víctor, Explicatio in Cantica canticorum,
15: PL 196, 450 B. D.
[55]
Sacramentarium Serapionis II (XX): Didascalia et
Constitutiones apostolorum, ed. F.X. Funk, II, Paderborn
1906, p. 161.
[56] Conc. Ecum.
Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 7.
[57] Ibíd.,
8.
[58] Ibíd.
[59] Cf.
Propositio 3.
[60] Cf.
Mensaje final, II, 5.
[61] Expositio
Evangelii secundum Lucam 6, 33: PL 15, 1677.
[62] Conc. Ecum.
Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 13.
[63] Catecismo
de la Iglesia Católica, 102. Cf. Ruperto de Deutz, De
operibus Spiritus Sancti, I, 6: SC 131, 72-74.
[64]
Enarrationes in Psalmos, 103, IV, 1: PL37, 1378.
Afirmaciones semejantes en Orígenes, Iohannem V, 5-6:
SC 120, p. 380-384.
[65] Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 21.
[66] Ibíd.,
9.
[67] Cf.
Propositiones 5. 12.
[68] Cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 12.
[69] Cf.
Propositio 12.
[70] Conc. Ecum.
Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 11
[71] Propositio
4.
[72] Prol.:
Opera Omnia, V, Quaracchi 1891, p. 5, 201-202.
[73] Cf.
Discurso en el encuentro con el mundo de la cultura en el
Collège des Bernardins de París (12 septiembre
2008): AAS 100 (2008), 721-730.
[74] Cf.
Propositio 4.
[75] Cf. Relatio
post disceptationem, 12.
[76] Conc. Ecum.
Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 5.
[77] Propositio
4.
[78] Por ejemplo
Dt 28,1-2.15.45; 32,1; de los profetas cf. Jr
7,22-28; Ez 2,8; 3,10; 6,3; 13,2; hasta los últimos: cf.
Za 3,8. Para san Pablo, cf. Rm 10,14-18; 1 Ts
2,13.
[79] Propositio
55.
[80] Cf. Exhort.
ap. postsinodal
Sacramentum caritatis (22 febrero 2007), 33: AAS
99 (2007), 132-133.
[81] Carta. enc.
Deus caritas est (25 diciembre2005), 41: AAS 98
(2006), 251.
[82] Propositio
55.
[83] Cf.
Expositio Evangelii secundum Lucam 2, 19: PL 15,
1559-1560.
[84]
Breviloquium, Prol., Opera Omnia, V, Quaracchi
1891, p. 201-202.
[85] Summa
Theologiae, I-II, q. 106, a. 2.
[86] Pontificia
Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la
Iglesia (15 abril 1993), III, A, 3.
[87] Conc. Ecum.
Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 12.
[88] Contra
epistulam Manichaei quam vocant fundamenti, 5, 6: PL
42, 176.
[89] Cf.
Audiencia General (14 noviembre 2007): L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (16 noviembre 2007), 16.
[90]
Commentariorum in Isaiam libri, Prol.: PL 24,
17.
[91] Epistula
52, 7: CSEL 54, 426.
[92] Pontificia
Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la
Iglesia (15 abril 1993), II, A, 1.
[93] Ibíd.,
II, A, 2.
[94] Homiliae in
Ezechielem 1, 7, 8: PL 76, 843 D.
[95] Conc. Ecum.
Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 24; cf. León
XIII, Carta enc.
Providentissimus Deus (18 noviembre 1893), Pars II,
sub fine: ASS 26 (1893-94), 269-292; Benedicto XV,
Carta enc.
Spiritus Paraclitus (15 septiembre 1920), Pars III:
AAS 12 (1920), 385-422.
[96] Cf.
Propositio 26.
[97] Cf. Pontificia
Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la
Iglesia (15 abril 1993), A-B.
[98]
Intervención en la XIV Congregación General del Sínodo
(14 octubre 2008): L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (24 octubre 2008), 8; cf. Propositio 25.
[99]
Discurso en el encuentro con el mundo de la cultura en el
Collège des Bernardins de París (12 septiembre
2008): AAS 100 (2008): AAS 100 (2008), 722-723.
[100] Conc. Ecum.
Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 10.
[101] Cf. Juan
Pablo II, Discurso con motivo del 100 aniversario de la
Providentissimus Deus y del 50 aniversario de la Divino
afflante Spiritu (23 abril 1993): AAS 86 (1994),
232-243.
[102] Ibíd.,
n. 4: AAS 86 (1994), 235.
[103] Ibíd.,
n. 5: AAS 86 (1994), 235.
[104] Ibíd.,
n. 5: AAS 86 (1994), 236.
[105] Pontificia
Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la
Iglesia (15 abril 1993), III, C, 1.
[106] N. 12.
[107]
Intervención en la XIV Congregación General del Sínodo
(14 octubre 2008): L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (24 octubre 2008), 8; cf. Propositio 25.
[108] Cf.
Propositio 26.
[109]
Propositio 27.
[110]
Intervención en la XIV Congregación General del Sínodo
(14 octubre 2008): L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (24 octubre 2008), 8; cf. Propositio 26.
[111] Cf.
ibíd.
[112] Ibíd.
[113] Cf.
Propositio 27.
[114] Ibíd.
[115] Juan Pablo
II, Carta enc.
Fides et
ratio (14 septiembre 1998), 55: AAS 91 (1999),
49-50.
[116] Cf.
Discurso a la IV Asamblea nacional eclesial en Italia
(19 octubre 2006): AAS 98 (2006), 804-815.
[117] Cf.
Propositio 6.
[118] Cf. S.
Agustín, De libero arbitrio, 3, 21, 59: PL 32,
1300; De Trinitate, 2, 1, 2: PL 42, 845.
[119]
Congregación para la Educación Católica, Instr. Inspectis
dierum (10 noviembre 1989), 26: AAS 82 (1990), 618.
[120]
Catecismo de la Iglesia Católica, 116.
[121] Summa
Theologiae, I, q. 1, a. 10, ad 1.
[122]
Catecismo de la Iglesia Católica, 118.
[123] Pontificia
Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la
Iglesia (15 abril 1993), II, A, 2.
[124] Ibíd.,
II, B, 2.
[125]
Discurso al mundo de la cultura en el Collège des Bernardins
de París (12 septiembre 2008): AAS 100 (2008),
726.
[126] Ibíd.
[127] Cf.
Audiencia General (9 enero 2008): L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (11 enero 2008), 12.
[128] Cf.
Propositio 29.
[129] De arca
Noe, 2, 8: PL 176 C-D.
[130] Cf.
Discurso al mundo de la cultura en el Collège des Bernardins
de París (12 septiembre 2008): AAS 100
(2008), 725.
[131] Cf.
Propositio 10; Pontificia Comisión Bíblica,
El pueblo judío y sus sagradas Escrituras en la Biblia cristiana
(24 mayo 2001), 3-5.
[132] Cf.
Catecismo de la Iglesia Católica, 121-122.
[133]
Propositio 52.
[134] Cf.
Pontificia Comisión Bíblica,
El pueblo judío y sus sagradas Escrituras en la Biblia cristiana
(24 mayo 2001), 19; Orígenes, Homilía sobre Números
9,4: SC 415, 238-242.
[135]
Catecismo de la Iglesia Católica, 128.
[136] Ibíd.,
129.
[137]
Propositio 52.
[138]
Quaestiones in Heptateuchum, 2, 73: PL 34,623.
[139] Homiliae
in Ezechielem, I, VI, 15: PL 76, 836 B
[140]
Propositio 29.
[141] Juan Pablo
II,
Mensaje al rabino jefe de Roma (22 mayo 2004):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (28 mayo 2004),
1.
[142] Pontificia
Comisión Bíblica,
El pueblo judío y sus Escrituras sagradas en la Biblia cristiana
(24 mayo 2001), 87.
[143] Cf.
Discurso de despedida en el Aeropuerto de Tel Aviv (15
mayo 2009): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española
(16 mayo 2009), 11.
[144] Juan Pablo
II,
A los rabinos jefes de Israel: (23 marzo 2000):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (31 marzo
2000), 4.
[145]
Propositiones 46 y 47.
[146] Pontificia
Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la
Iglesia (15 abril 1993), I, F.
[147] Cf.
Discurso al mundo de la cultura en el Collège des Bernardins
de París (12 septiembre 2008): AAS 100 (2008),
726.
[148]
Propositio 46.
[149]
Propositio 28.
[150] Conc. Ecum.
Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 23.
[151] En todo
caso, se recuerda que, por lo que se refiere a los llamados
Libros Deuterocanónicos del Antiguo Testamento y su inspiración,
los católicos y ortodoxos no tienen exactamente el mismo canon
bíblico que los anglicanos y protestantes.
[152] Cf.
Relatio post disceptationem, 36.
[153]
Propositio 36.
[154] Cf.
Discurso al XI Consejo Ordinario de la Secretaría General del
Sínodo de los Obispos (25 enero 2007): AAS 99
(2007), 85-86.
[155] Conc. Ecum.
Vat. II, Decr.
Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 21.
[156] Cf.
Propositio 36.
[157] Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 10.
[158] Carta enc.
Ut
unum sint (25 mayo 1995), 44: AAS 87 (1995), 947.
[159] Conc. Ecum.
Vat.II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 10.
[160] Ibíd.
[161] Cf.
ibíd., 24.
[162] Cf.
Propositio, 22
[163] S. Gregorio
Magno, Moralia in Job 24, 8, 16: PL 76, 295.
[164] Cf. S.
Atanasio, Vita Antonii, 2: PG 26, 842.
[165] Moralia,
Regula, 80, 22: PG 31, 867.
[166] Regla,
73, 3: SC 182, 672.
[167] Tomás de
Celano, La vita prima di S. Francesco, X, 22: FF
356.
[168] Regla,
I, 1-2: FF 2750.
[169] B. Jordán
de Sajonia, Libellus de principiis Ordinis Praedicatorum,
104: Monumenta Fratrum Praedicatorum Historica, Roma
1935, 16, p. 75.
[170] Orden de
Hermanos Predicadores, Prime Costituzioni o
Consuetudines, II, XXXI.
[171] Libro de
la Vida, 40,1.
[172] Cf.
Historia de un alma, Ms B 3rº.
[173] Ibíd.,
Ms C, 35vº.
[174] In
Iohannis Evangelium Tractatus, 1, 12: PL 35, 1385.
[175] Carta enc.
Veritatis splendor (6 agosto 1993), 25: AAS 85
(1993), 1153.
[176] Conc. Ecum.
Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 8.
[177] Relatio
post disceptationem, 11.
[178] N. 1.
[179]
Discurso al Congreso «La Sagrada Escritura en la vida de la
Iglesia» (16 septiembre 2005): AAS 97 (2005),
956.
[180] Cf.
Relatio post disceptationem, 10.
[181]
Mensaje final, III, 6
[182] Conc. Ecum.
Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia,
24.
[183] Ibíd.,
7.
[184] Misal
Romano, Ordenación de las lecturas de la Misa, 4.
[185] Ibíd.,
9.
[186] Ibíd.,
3; cf. Lc4, 16-21; 24, 25-35.44-49.
[187] Conc. Ecum.
Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia,
102.
[188] Cf. Exhort.
ap. postsinodal
Sacramentum caritatis (22 febrero 2007) 44-45: AAS
99 (2007), 139-141.
[189] Pontificia
Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la
Iglesia (15 abril 1993), IV, C, 1.
[190] Ibíd.,
III, B, 3.
[191] Cf. Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia,
48.51.56; Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 21.26; Decr.
Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia,
6.15; Decr.
Presbyterorum ordinis, sobre el ministerio y vida de los
presbíteros 18; Decr. Perfectae caritatis, sobre
la adecuada renovación de la vida religiosa, 6. En la gran
tradición de la Iglesia encontramos expresiones significativas,
como: «Corpus Christi intelligitur etiam[...]
Scriptura Dei» (también la Escritura de Dios se considera
Cuerpo de Cristo): Waltramus, De unitate Ecclesiae
conservanda: 13, ed. W. Schwenkenbecher, Hannoverae 1883, p.
33; «La carne del Señor es verdadera comida y su sangre
verdadera bebida; éste es el verdadero bien que se nos da en la
vida presente, alimentarse de su carne y beber su sangre, no
sólo en la Eucaristía, sino también en la lectura de la Sagrada
Escritura. En efecto, lo que se obtiene del conocimiento de las
Escrituras es verdadera comida y verdadera bebida»: S. Jerónimo,
Commentarius in Ecclesiasten, 3: PL 23, 1092 A.
[192] J.
Ratzinger (Benedicto XVI), Jesús de Nazaret,
Madrid 2007, 316.
[193] Misal
Romano, Ordenación de las lecturas de la Misa, 10.
[194] Ibíd.
[195] Cf.
Propositio 7.
[196] Carta enc.
Fides
et ratio (14 septiembre 1998), 13: AAS 91 (1999),
16.
[197] Cf.
Catecismo de la Iglesia Católica, 1373-1374.
[198] Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia,
7.
[199] In
Psalmum 147: CCL 78, 337-338.
[200] Conc. Ecum.
Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 2.
[201] Cf. Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia,
107-108.
[202] Misal
Romano, Ordenación de las lecturas de la Misa, 66.
[203]
Propositio 16.
[204] Cf. Exhort.
ap. postsinodal
Sacramentum caritatis (22 febrero 2007) 45: AAS
99 (2007), 140-141.
[205] Cf.
Propositio 14.
[206] Cf.
Código de Derecho Canónico, can.
230
§ 2;
204 §1.
[207] Misal
Romano, Ordenación de las lecturas de la Misa, 55.
[208] Ibíd.,
8.
[209] N. 46:
AAS 99 (2007), 141.
[210] Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 25.
[211]
Propositio 15.
[212] Ibíd.
[213] Sermo
179,1: PL 38, 966.
[214] Cf. Exhort.
ap. postsinodal
Sacramentum caritatis (22 febrero 2007), 93: AAS
99 (2007), 177.
[215]
Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los
Sacramentos, Compendium Eucharisticum (25 marzo 2009),
Ciudad del Vaticano, 2009.
[216] Epistula
52,7: CSEL 54, 426-427.
[217]
Propositio 8.
[218] Rito de
la Penitencia. Prænotanda, 17.
[219] Ibíd.,
19.
[220]
Propositio 8.
[221]
Propositio 19.
[222]
Ordenación general de la Liturgia de las Horas, III, 15.
[223] Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 85.
[224] Cf.
Código de Derecho Canónico, cann.
276
§3;
1174 §1.
[225] Cf.
Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, cann. 377;
473, § 1 e 2, 1°; 538 §1; 881 § 1.
[226]
Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los
Sacramentos, Bendicional. Orientaciones generales (17
diciembre 2001), 21.
[227] Cf.
Propositio 18; Conc. Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 35.
[228] Cf. Exhort.
ap. postsinodal
Sacramentum caritatis (22 febrero 2007), 75; AAS
99 (207), 162-163.
[229] Ibíd.
[230]
Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los
Sacramentos,
Directorio sobre la piedad popular. Principios y orientaciones
(17 diciembre 2001), 87.
[231] Cf.
Propositio 14.
[232] Cf. S.
Ignacio de Antioquía, Ad Ephesios, 15, 2: Patres
Apostolici, ed. F.X. Funk, Tubingae 1901, 224.
[233] Cf. S.
Agustín, Sermo 288, 5: PL 38,1307; Sermo
120, 2: PL 38,677.
[234]
Ordenación general del Misal Romano, 56.
[235] Ibíd.,
45; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 30.
[236] Misal
Romano, Ordenación de las lecturas de la Misa, 13.
[237] Cf.
ibíd., 17.
[238]
Propositio 40.
[239] Cf.
Ordenación general del Misal Romano, 309.
[240] Cf.
Propositio 14.
[241] Cf. Exhort.
ap. postsinodal
Sacramentum caritatis (22 febrero 2007), 69; AAS
99 (2007), 157.
[242] Cf.
Ordenación General del Misal Romano, 57.
[243]
Propositio 14.
[244] Cf. El
canon 36 del Sínodo de Hipona del año 393: DS,
186.
[245] Cf. Juan
Pablo II, Carta ap.
Vicesimus quintus annus (4 diciembre 1988), 13: AAS
81 (1989), 910; Congregación para el Culto Divino y la
Disciplina de los Sacramentos, Instrucción
Redemptionis Sacramentum, sobre algunas cosas que se
deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía (25
marzo 2004), 62.
[246] Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 116;
Ordenación General del Misal Romano, 41.
[247] Cf.
Propositio 14.
[248]
Propositio 9.
[249] Epistula
30, 7: CSEL 54, 246.
[250] Id.,
Epistula 133, 13: CSEL 56, 260.
[251] Id.,
Epistula 107, 9.12: CSEL 55, 300.302.
[252] Id.,
Epistula 52, 7: CSEL 54, 426.
[253] Juan Pablo
II, Carta
Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 31: AAS 83
(2001), 287-288.
[254]
Propositio 30; Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 24.
[255] S.
Jerónimo, Commentariorum in Isaiam libri, Prol.: PL
24, 17 B.
[256]
Propositio 21.
[257] Cf.
Propositio 23.
[258] Cf.
Congregación para el Clero,
Directorio general para la catequesis (15 agosto 1997),
94-96; Juan Pablo II, Exhort. ap.
Catechesi tradendae (16 octubre 1979), 27: AAS 71
(1979), 1298-1299.
[259] Ibíd.,
127; cf. Juan Pablo II, Exhort. ap.
Catechesi tradendae (16 octubre 1979), 27: AAS 71
(1979), 1299.
[260] Ibíd.,
128.
[261] Cf.
Propositio 33.
[262] Cf.
Propositio 45.
[263] Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 39-42.
[264]
Propositio 31.
[265] N. 15:
AAS 96 (2004), 846-847.
[266] N. 26:
AAS 84 (1992), 698.
[267] Ibíd.
[268]
Homilía en la Misa Crismal (9 abril 2009): AAS
101 (2009), 355.
[269] Ibíd.,
356.
[270]
Congregación para la Educación Católica,
Normas básicas de la formación de los diáconos permanentes
(22 febrero 1998), 11.
[271] Ibíd.,
74.
[272] Cf.
ibíd., 81.
[273]
Propositio 32.
[274] Cf. Juan
Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 47: AAS 84
(1992), 740-742.
[275]
Propositio 24.
[276]
Homilía en la Jornada Mundial de la Vida Consagrada (2
febrero 2008): AAS 100 (2008), 133; cf. Juan Pablo II,
Exhort. ap. postsinodal
Vita consecrata (25 marzo 1996), 82; AAS 88
(1996), 458-460.
[277]
Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las
Sociedades de Vida Apostólica, Instrucción
Caminar desde Cristo: un renovado compromiso de la
Vida consagrada en el tercer milenio (19 mayo
2002), 24.
[278] Cf.
Propositio 24.
[279] S. Benito,
Regla, IV, 21: SC 181, 456-458.
[280]
Discurso a los monjes de la Abadía de «Heiligenkreuz» (9
septiembre 2007): AAS 99 (2007), 856.
[281] Cf.
Propositio 30.
[282] Juan Pablo
II, Exhort. ap. postsinodal
Christifideles laici (30 diciembre 1988), 17: AAS
81 (1989), 418.
[283] Cf.
Propositio 33
[284] Exhort. ap.
Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 49; AAS
74 (1982), 140-141.
[285]
Propositio 20.
[286] Cf.
Propositio 21.
[287]
Propositio 20.
[288] Cf. Carta
ap.
Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 31: AAS 80
(1988), 1728- 1729.
[289]
Propositio 17.
[290] Cf.
Propositiones 9. 22.
[291] N. 25.
[292]
Enarrationes in Psalmos, 85, 7: PL 37, 1086.
[293] Orígenes,
Epistola ad Gregorium, 3: PG 11, 92.
[294]
Discurso a los alumnos del Seminario Romano Mayor (19
febrero 2007): AAS 99 (2007), 253-254.
[295] Cf. Exhort.
ap. postsinodal
Sacramentum caritatis (22 febrero 2007), 66: AAS
99 (2007), 155-156.
[296]
Mensaje final, III, 9.
[297] Ibíd.
[298] «Plenaria
indulgentia conceditur christifideli qui Sacram Scripturam,
iuxta textum a competenti auctoritate adprobatum, cum
veneratione divino eloquio debita et ad modum lectionis
spiritalis, per dimidiam saltem horam legerit; si per minus
tempus id egerit indulgentia erit partialis»:
Paenitentiaria Apostolica,
Enchiridion indulgentiarum, Normae et concessiones
(16 julio 1999), 30 § 1.
[299] Cf.
Catecismo de la Iglesia Católica, 1471-1479.
[300] Pablo VI,
Const. ap.
Indulgentiarum doctrina (1 enero 1967): AAS 59
(1967), 18-19.
[301] Cf.
Epistula 49, 3: PL 16, 1204 A.
[302] Cf.
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos,
Directorio sobre la piedad popular. Principios y orientaciones
(17 diciembre 2002), 197-202.
[303] Cf.
Propositio 55.
[304] Cf. Juan
Pablo II, Carta ap.
Rosarium Virginis Mariae (16 octubre 2002); AAS
95 (2003), 5-36.
[305]
Propositio 55.
[306] Cf.
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos,
Directorio sobre la piedad popular. Principios y orientaciones
(17 diciembre 2002), 207.
[307] Cf.
Propositio 51.
[308] Cf.
Homilía en el Valle de Josafat,
Jerusalén (12 mayo 2009): AAS 101 (2009), 473.
[309] Cf.
Epistula 108, 14: CSEL 55, 324-325.
[310] Adversus
haereses, IV, 20, 7: PG 7, 1037.
[311] Carta enc.
Spe salvi (30 noviembre 2007), 31: AAS 99 (2007),
1010.
[312]
Discurso en el encuentro con el mundo de la cultura en el
Collège des Bernardins de París (12 septiembre 2008):
AAS 100 (2008), 730.
[313] Cf. In
Evangelium secundum Matthaeum 17, 7: PG 13, 1197 B;S.
Jerónimo, Translatio homiliarum Origenis in Lucam, 36:
PL 26, 324-325.
[314] Cf.
Homilía en la Eucaristía de la apertura de la
XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos
(5 octubre 2008): AAS 100 (2008), 757.
[315]
Propositio 38.
[316] Cf.
Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las
Sociedades de Vida Apostólica, Instrucción
Caminar desde Cristo: un renovado compromiso de la
Vida consagrada en el tercer milenio (19 mayo
2002), 36.
[317]
Propositio 30.
[318] Cf.
Propositio 38.
[319] Cf.
Propositio 49.
[320] Cf. Juan
Pablo II, Carta enc.
Redemptoris missio (7 diciembre 1990): AAS 83
(1991), 294-340; Id., Carta ap.
Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 40: AAS 93
(2001), 294-295.
[321]
Propositio 38.
[322] Cf.
Homilía en la Eucaristía de la apertura de la
XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos
(5 octubre 2008): AAS 100 (2008), 753-757.
[323]
Propositio 38.
[324]
Mensaje final, IV,12.
[325] Pablo VI,
Exhort. ap.
Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 22: AAS
68 (1976), 20.
[326] Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Decl.
Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, 2.7.
[327] Cf.
Propositio 39.
[328] Cf.
Mensaje para Jornada Mundial de la Paz 2009:
L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (12 diciembre
2008), 8-9.
[329] Exhort. ap.
Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 19: AAS
68 (1976), 18.
[330] Cf.
Propositio 39.
[331] Juan XXIII,
Carta enc.
Pacem in terris (11 abril 1963), I: AAS 55
(1963), 259.
[332] Cf. Juan
Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus (1 mayo 1991), 47: AAS 83
(1991), 851-852; Id.,
Discurso a la Asamblea general de las Naciones Unidas (2
octubre 1979), 13: AAS 71 (1979), 1152-1153.
[333] Cf.
Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 152-159.
[334] Cf.
Mensaje para Jornada Mundial de la Paz 2007 (8 diciembre
2006), 10: L’Osservatore Romano, ed. en lengua española
(15 diciembre 2006), 5-6.
[335] Cf.
Propositio 8.
[336]
Homilía al final de la Semana de oración por la unidad de los
cristianos (25 enero 2009): L’Osservatore Romano,
ed. en lengua española (30 enero 2009), 6.
[337]
Homilía en la conclusión de la XII Asamblea General Ordinaria
del Sínodo de los Obispos (26 octubre 2008): AAS
100 (2008), 779.
[338]
Propositio 11.
[339] Carta enc.
Deus caritas est (25 diciembre 2005), 28: AAS 98
(2006), 240.
[340] De
doctrina christiana, I, 35,39-36,40: PL 34, 34.
[341] Cf.
Mensaje para la XXI Jornada Mundial de la Juventud de 2006:
AAS 98 (2006), 282-286.
[342] Cf.
Propositio 34.
[343] Cf. ibíd.
[344]
Homilía en el solemne inicio del ministerio petrino (24
abril 2005): AAS 97 (2005), 712.
[345] Cf.
Propositio 38.
[346]
Homilía en ocasión de la XVII Jornada mundial del Enfermo
(11 febrero 2009): L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (120 febrero 2009), 7.
[347] Cf.
Propositio 35.
[348]
Propositio11.
[349] Cf. Carta
enc.
Deus caritas est(25 diciembre 2005), 25: AAS 98
(2006), 236-237.
[350]
Propositio11.
[351]
Homilía en la XLII Jornada Mundial de la Paz 2009 (1
enero 2009): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española
(9 enero 2009), 6.
[352]
Propositio54.
[353] Cf. Exhort.
ap. postsinodal
Sacramentum caritatis (22 febrero 2007), 92: AAS
99 (2007), 176-177.
[354] Juan Pablo
II,
Discurso a la UNESCO (2 junio 1980), 6: AAS 72
(1980), 738.
[355] Cf.
Propositio 41.
[356] Cf. ibíd.
[357] Cf. Juan
Pablo II, Carta enc.
Fides et
ratio (14 septiembre 1998), 80: AAS 91 (1999),
67-68.
[358] Cf.
Lineamenta 23.
[359] Cf.
Propositio 40.
[360] Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Decr.
Inter mirifica, sobre los medios de comunicación social;
Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales, Instr.
past.
Communio et progressio, sobre los medios de comunicación
social, preparada por mandato especial del Concilio Ecuménico
Vaticano II (23 mayo 1971): AAS 63 (1971), 593-656; Juan
Pablo II, Carta ap.
El rápido desarrollo (24 enero 2005): AAS 97
(2005), 265-274; Consejo Pontificio para las Comunicaciones
Sociales, Instr. past.
Aetatis novae, sobre las comunicaciones sociales en el
vigésimo aniversario de la Communio et progressio (22
febrero 1992): AAS 84 (1992), 447-468; Id.,
La Iglesia e internet (22 septiembre
2002).
[361] Cf.
Mensaje final, IV,11; Benedicto XVI,
Mensaje para la XLIII Jornada mundial de las
comunicaciones sociales 2009 (24 enero 2009):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (30 enero
2009), 3.
[362] Cf.
Propositio 44.
[363] Juan Pablo
II,
Mensaje para la XXXVI Jornada mundial de las comunicaciones
sociales 2002 (24 enero 2002), 6: L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (25 enero 2002), p. 5.
[364] Cf. Exhort.
ap.
Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 20: AAS
68 (1976), 18-19.
[365] Cf. Exhort.
ap. postsinodal
Sacramentum caritatis (22 febrero 2007), 78: AAS
99 (2007), 165.
[366] Cf.
Propositio 48.
[367] Pontificia
Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la
Iglesia (15 abril 1993), IV, B.
[368] Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Decr.
Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia,
22; Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la
Biblia en la Iglesia (15 abril 1993), IV, B.
[369] Juan Pablo
II,
Discurso a los Obispos de Kenya (7 mayo 1980), 6: AAS
72 (1980), 497.
[370] Cf.
Instrumentum laboris, 56.
[371] Pontificia
Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la
Iglesia (15 abril 1993), IV, B.
[372] Conc. Ecum.
Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 22.
[373] Cf.
Propositio 42.
[374] Cf.
Propositio 43.
[375] Benedicto
XVI,
Homilía durante la Hora Tercia de la primera Congregación
general del Sínodo de los Obispos (6 octubre 2008):
AAS (2008), 760.
[376] Entre las
numerosas intervenciones de diverso tipo, recuérdese: Juan Pablo
II, Carta enc.
Dominum
et vivificantem (18 mayo 1986): AAS 78 (1986),
809-900; Id., Carta enc.
Redemptoris missio (7 diciembre 1990): AAS 83
(1991), 249-340; Id., Discursos y Homilías en Asís con ocasión
de la Jornada de oración por la paz, el 27 de octubre de 1986:
L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (2 noviembre
1986), 1-2. 11-12;
Jornada de oración por la paz el mundo (24 enero 2002):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (1 febrero
2002), 5-8; Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl.
Dominus Iesus, sobre la unicidad y la universalidad
salvífica de Jesucristo y de la Iglesia (6 agosto 2000): AAS
92 (2000), 742-765.
[377] Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Decl.
Nostra aetate, sobre las relaciones de la Iglesia con
las religiones no cristianas, 3.
[378] Cf.
Discurso a los Embajadores de los Países de mayoría musulmana
acreditados ante la Santa Sede (25 septiembre 2006):
AAS 98 (2006), 704-706.
[379] Cf.
Propositio 53.
[380] Cf.
Propositio 50.
[381] Ibíd.
[382] Juan Pablo
II, Discurso en el encuentro con los jóvenes musulmanes en
Casablanca, Marruecos (19 agosto 1985), 5: AAS 78
(1986), 99.