Benedicto XVI presenta a Cirilo y Metodio, apóstoles de los eslavos
CIUDAD DEL VATICANO. Intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general de este miércoles, dedicada a presentar la figura de los santos hermanos Cirilo y Metodio.
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy quisiera hablar de los santos Cirilo y Metodio, hermanos en la sangre y en la fe,
llamados apóstoles de
los eslavos. Cirilo
nació Tesalónica hijo
del magistrado imperial
León en 826-827: era el
más joven de siete
hijos. De niño aprendió
la lengua eslava. A la
edad de catorce años fue
enviado a Constantinopla
para educarse y estuvo
acompañado por el joven
emperador Miguel III. En
aquellos años fue
introducido en las
diferentes disciplinas
universitarias, entre
otras la dialéctica,
teniendo como maestro a
Focio. Después de haber
rechazado un brillante
matrimonio, decidió
recibir las órdenes
sagradas y se convirtió
en bibliotecario en el
Patriarcado. Poco
después, deseando
retirarse en la soledad,
se escondió en un
monasterio, pero pronto
fue descubierto y se le
encomendó la enseñanza
de las ciencias sagradas
y profanas, tarea que
desempeñó tan bien que
se ganó el apelativo de
"filósofo".
Mientras tanto, el
hermano Miguel (nacido
en torno al año 815),
tras una carrera en la
administración pública
en Macedonia, hacia el
año 850 abandonó el
mundo para retirarse a
la vida monástica en el
monte Olimpo, en
Bitinia, donde recibió
el nombre de Metodio (el
nombre monástico debía
comenzar por la misma
letra del de bautismo) y
se convirtió en egúmeno
del monasterio de de
Polychron.
Atraído por el
ejemplo de su hermano,
Cirilo también decidió
dejar la enseñanza para
dedicarse a meditar y
rezar en el monte
Olimpo. Ahora bien, años
después (en torno al
861), el gobierno
imperial le encargó una
misión entre los cázaros
del mar de Azov, quienes
pidieron que se les
enviara un literato que
supiera discutir con los
judíos y los sarracenos.
Cirilo, acompañado por
su hermano Metodio,
vivió durante largo
tiempo en Crimea, donde
aprendió hebreo. Allí
buscó también el cuerpo
del Papa Clemente I, que
en ese lugar había sido
desterrado. Encontró su
tumba y, cuando regresó
con su hermano, trajo
las preciosas reliquias.
Al llegar a
Constatinopla, los dos
hermanos fueron enviados
a Moravia por el
emperador Miguel III, a
quien el príncipe de
Moravia, Ratislao, había
hecho una petición
precisa: "Nuestro pueblo
--le había dicho--,
desde que ha rechazado
el paganismo, observa la
ley cristiana; pero no
tenemos un maestro que
sea capaz de explicarnos
la verdadera fe en
nuestro idioma". La
misión tuvo muy pronto
un insólito éxito. Al
traducir la liturgia en
la lengua eslava, los
dos hermanos se ganaron
una gran simpatía entre
el pueblo.
Esto, sin embargo,
suscitó la hostilidad
contra ellos del clero
franco, que había
llegado precedentemente
a Moravia y consideraba
el territorio como
perteneciente a la
propia jurisdicción
eclesial. Para
justificarse, en el año
867, los dos hermanos
viajaron a Roma. Durante
el viaje, se detuvieron
en Venecia, donde tuvo
lugar una acalorada
discusión con los que
defendían la así llamada
"herejía trilingüe":
consideraban que había
sólo tres idiomas en los
que se podía alabar
lícitamente a Dios:
hebreo, griego y latín.
Obviamente los dos
hermanos se opusieron a
esto con fuerza. En
Roma, Cirilo y Metodio
fueron recibidos por el
Papa Adriano II, que les
salió al encuentro en
procesión para acoger
dignamente las reliquias
de san Clemente. El Papa
también había
comprendido la gran
importancia de su
excepcional misión.
Desde la mitad del
primer milenio, de
hecho, los eslavos se
habían asentado en gran
número en aquellos
territorios situados
entre las dos partes del
Imperio Romano, el
oriental y el
occidental, que
experimentaban tensiones
entre sí. El Papa intuyó
que los pueblos eslavos
podrían desempeñar el
papel de puente,
contribuyendo de este
modo a conservar la
unión entre los
cristianos de una y otra
parte del Imperio. Por
tanto, no dudó en
aprobar la misión de los
dos hermanos en la Gran
Moravia, acogiendo y
aprobando el uso del
eslavo en la liturgia.
Los libros eslavos
fueron colocados en el
altar de Santa María de
Phatmé (Santa María la
Mayor) y se celebró la
liturgia eslava en las
basílicas de San Pedro,
San Andrés, San Pablo.
Por desgracia, en
Roma, Cirilo enfermó
gravemente. Al sentir
que se acercaba la
muerte, quiso
consagrarse totalmente a
Dios como monje en uno
de los monasterios
griegos de la ciudad
(probablemente en Santa
Práxedes) y tomó el
nombre monástico de
Cirilo (su nombre de
bautismo era
Constantino). Luego
pidió con insistencia a
su hermano Metodio,
quien mientras tanto
había sido consagrado
obispo, que no
abandonara la misión en
Moravia y que regresara
entre aquellas
poblaciones. Dirigió
esta invocación a Dios:
"Señor, Dios mío...,
escucha mi oración y
custodia en la fidelidad
a ti al rebaño que
habías dispuesto para
mí... Libéralos de la
herejía de los tres
idiomas, reúne a todos
en la unidad, y haz que
el pueblo que has
elegido viva la
concordia en la
auténtica fe y en la
recta confesión".
Falleció el 14 de
febrero del año 869.
Fiel al compromiso
asumido con su hermano,
al año siguiente, 870,
Metodio regresó a
Moravia y a Panonia (hoy
Hungría), donde afrontó
nuevamente la violenta
animadversión de los
misioneros francos que
le encarcelaron. No se
desalentó y cuando en el
año 873 fue liberado se
entregó activamente a la
organización de la
Iglesia, atendiendo a la
formación de un grupo de
discípulos. El mérito de
estos discípulos estuvo
en superar la crisis que
se desencadenó tras la
muerte de Metodio, que
tuvo lugar el 6 de abril
de 885: perseguidos y
encarcelados, algunos de
estos discípulos fueron
vendidos como esclavos y
llevados a Venecia,
donde fueron rescatados
por un funcionario de
Constantinopla, quien
les permitió regresar a
los países de los
eslavos balcánicos.
Acogidos en Bulgaria,
pudieron continuar la
misión comenzada por
Metodio, difundiendo el
Evangelio en la "tierra
de Rus". Dios, en su
misteriosa providencia
se servía de este modo
de la persecución para
salvar la obra de los
santos hermanos. De
ella, queda también la
documentación literaria.
Basta pensar en obras
como el
Evangeliario (perícopas
litúrgicas del Nuevo
Testamento), el
Salterio, varios
textos litúrgicos en
eslavo, en los que
trabajaron los dos
hermanos. Tras la muerte
de Cirilo, se debe a
Metodio y sus
discípulos, entre otras
cosas, la traducción de
toda la Sagrada
Escritura, el Nomocanon
y el
Libro de los Padres.
Resumiendo brevemente
el perfil espiritual de
los dos hermanos, hay
que constatar ante todo
la pasión con la que
Cirilo se acercó a los
escritos de san Gregorio
Nazianceno, aprendiendo
de él el valor del
idioma en la transmisión
de la Revelación. San
Gregorio había expresado
el deseo de que Cristo
hablara a través de él:
"Soy siervo del Verbo,
por eso me pongo al
servicio de la Palabra".
Queriendo imitar a
Gregorio en este
servicio, Cirilo pidió a
Cristo hablar en eslavo
por él. Introduce su
obra de traducción con
la invocación solemne:
"Escuchad, eslavos,
escuchad la Palabra que
procede de Dios, la
Palabra que alimenta las
almas, la Palabra que
lleva al conocimiento de
Dios". En realidad, ya
años antes de que el
príncipe de Moravia
pidiera al emperador
Miguel III el envío de
misioneros a su tierra,
parece que Cirilo y el
hermano Metodio,
rodeados por un grupo de
discípulos, estaban
trabajando en el
proyecto de recoger los
dogmas cristianos en
libros escritos en
eslavo. Entonces se
constató con claridad la
necesidad de contar con
nuevos signos gráficos,
que fueran más adecuados
a la lengua hablada:
nació así el alfabeto
glagolítico que,
posteriormente
modificado, fue
designado con el nombre
de "cirílico" en honor
de su inspirador. Fue un
hecho decisivo para el
desarrollo de la
civilización eslava en
general. Cirilo y
Metodio estaban
convencidos de que los
diferentes pueblos no
podían considerar que
habían recibido
plenamente la Revelación
hasta que no la hubieran
escuchado en su propio
idioma y leído en los
caracteres propios de su
alfabeto.
A Metodio le
corresponde el mérito de
permitir que la obra
emprendida por su
hermano no quedara
bruscamente
interrumpida. Mientras
Cirilo, el "filósofo",
tendía a la
contemplación, él se
orientaba más bien a la
vida activa. De este
modo, pudo sentar los
cimientos de la sucesiva
afirmación de lo que
podríamos llamar la
"idea cirilo-metodiana",
que acompañó en los
diferentes períodos
históricos a los pueblos
eslavos, favoreciendo el
desarrollo cultural,
nacional y religioso. Lo
reconoció ya el Papa Pío
XI con la carta
apostólica
Quod Sanctum Cyrillum,
en la que calificaba a
los dos hermanos "hijos
de Oriente, bizantinos
de patria, griegos de
origen, romanos por su
misión, eslavos por los
frutos apostólicos" (AAS
19 [1927] 93-96). El
papel histórico que
ellos desempeñaron fue
después oficialmente
proclamado por el Papa
Juan Pablo II quien, con
la carta apostólica
Egregiae virtutis viri,
les declaró copatronos
de Europa junto a san
Benito (AAS
73 [1981] 258-262).
En efecto, Cirilo y
Metodio constituyen un
ejemplo clásico de lo
que hoy se indica con el
término "enculturación":
cada pueblo debe hacer
que penetre en la propia
cultura el mensaje
revelado y expresar la
verdad salvífica con su
propio lenguaje. Esto
supone un trabajo de
"traducción" muy
empeñativo, pues exige
encontrar términos
adecuados para volver a
proponer, sin
traicionarla, la riqueza
de la Palabra revelada.
Los dos santos hermanos
han dejado en este
sentido un testimonio
particularmente
significativo que la
Iglesia sigue mirando
hoy para inspirarse y
orientarse.